El día en que morí

Pretendo que el cuaderno de Clara, como su propio nombre indica, esté compuesto por esas ideas embrolladas de las que ya he hablado. Sin embargo hay ocasiones en las que un texto hace que se remuevan todas tus entrañas y este es uno de esos casos.

El 11 de marzo de este año estaba como de costumbre en la oficina, y también como de costumbre me encontraba ojeando brevemente los titulares del periódico, por la fecha estaba lleno de menciones a la jodida tragedia que tuvimos que vivir, desgraciadamente unos de forma más directa que otros, sin olvidarnos por supuesto de los que no tuvieron la suerte para recordarlo diez años más tarde. Y de repente me fijé en el siguiente título “El día en que morí”, evidentemente mi dedo hizo clic en el ratón y en breves segundos apareció lo que ha continuación paso a mostrarles.

 

Ese día yo iba a cometer un crimen. Todo estaba arreglado previamente: la víctima elegida, la ocasión buscada, el precio pactado. Sí, siempre hay un precio. De un tiempo a esta parte, será cosa de las películas, las novelas o los programas televisivos que explotan hasta la náusea los despojos de esos crímenes mediáticos (casi siempre con niña o muchacha en el papel de víctima), se ha extendido por ahí la idea del crimen gratuito, ese que brota de una pasión incontrolable o de un oscuro arrebato del alma. 

Lo que no deja de ser una pamplina: todos los criminales, cuando actuamos, lo hacemos para ganar algo. Que ese algo sea razonable, o se lo parezca a quien no comete el crimen, es otra consideración que nada tiene que ver con el asunto. El que aprieta el gatillo, en ese justo instante, siente que obtiene un beneficio. Y ese día, lo aseguro, yo no iba a ser menos.
Llevaba semanas planeándolo. Mi acción me exigía trasladarme desde una ciudad de la periferia de Madrid hasta otra situada en la costa cuyo nombre no daré para no ofrecer más pistas de las imprescindibles. Había estado estudiando las posibilidades y en un principio me decanté, por discreción y economía, por la opción ferroviaria. Un tren de cercanías hasta Atocha y otro de larga distancia hasta mi destino. Incluso llegué a mirar los horarios, para ver la forma de combinarlos. Mi intención era no llegar demasiado tarde pero, si era posible, tampoco madrugar en exceso. El día en que vas a enfrentarte a un acto tan comprometido como el que yo me proponía conviene estar descansado. Sin embargo, prácticamente a última hora, y por este mismo motivo, cambié de idea. Decidí que era mejor viajar en mi coche la víspera, y dormir ya en el lugar donde iba a perpetrar la acción. Gracias a eso estoy hoy aquí, contándolo.

Sí, de no haberse producido este súbito (y no sé muy bien a qué debido) cambio de planes, yo debería haber estado bajándome en los andenes de la estación de Atocha Cercanías el 11 de marzo de 2004, más o menos a la hora en que empezaron a explotar las bombas. Incluso he pensado alguna vez que la población mundial habría mejorado en su composición si, en lugar de alguno de esos 192 inocentes, los explosivos depositados en las mochilas se me hubieran llevado a mí, que de tantas cosas soy culpable, por delante. Pero el hecho cierto es que el 11 de marzo de 2004, sobre las siete y media de la mañana, después de un sueño reparador en un hotel cómodo y poco llamativo, no me encontraba en la estación, sino a cientos de kilómetros de allí, saboreando un café con leche y tomándome unas tostadas con aceite, mientras pensaba en los detalles del crimen que me disponía a cometer. Desayunaba en un bar, como todos los bares españoles presidido por un gran aparato de televisión. No recuerdo muy bien qué hora sería cuando empezaron a aparecer las noticias. Una explosión, otra. Un tren, otro. En El Pozo, en Santa Eugenia, en Atocha, unos metros antes. Y luego aquellas imágenes, que resultaban tan horrendas como hipnóticas.

Confieso que fui incapaz de moverme de aquel taburete. Yo, un criminal curtido, convencido hasta ese momento de mi condición y, si no de su bondad absoluta, sí de la necesidad justificable, ante mí mismo, del papel que había elegido en la vida. Yo, que tantas veces había tomado sobre la marcha o tras meditarla la decisión de dañar o asustar a otra persona, sin arrepentirme ni conmoverme jamás, de pronto, al ver la devastación causada en la vida de tanta gente por alguien como yo, alguien que seguramente creía tener razones para dinamitar a sus semejantes, y que sin duda sentía, como yo había sentido tantas veces, que ganaba algo con ello, tuve la sensación de que algo se rajaba de parte a parte dentro de mí y, por más que quise, fui literalmente incapaz de despegarme durante horas de aquella pantalla.

Quienes decidieron sembrar de muerte aquellos trenes, sin otra mira que la destrucción indiscriminada, procuraron sin quererlo un bien colateral. La víctima con la que esa mañana yo estaba determinado a encontrarme no me conoció jamás, y se libró de lo que le habría deparado nuestro encuentro. Y no sólo ella: también todas las que en estos 10 años, de no haberse truncado de aquella forma mi disposición a herir a otros, me habrían conocido y habrían lamentado que me cruzara en sus vidas. Aun antes de saber lo que ahora sé, y que quizá explique misteriosamente lo que me sucedió (lo contaré al final del cuento, tengan paciencia) en los días y meses sucesivos me admiró que hubiera personas, en el propio país donde había acontecido aquello, y fueran cuales fueran sus motivaciones, que conservaran la capacidad de urdir y cometer crímenes, y especialmente homicidios. Qué clase de cabeza podía contemplar, sin sufrir un colapso absoluto e instantáneo, la posibilidad de atentar contra otra persona, con la coartada que fuera, después de haber asistido a semejante orgía de muerte y desolación, semejante reducción al absurdo de las ideas que llevan a un ser humano a creerse autorizado a disponer de la vida de otro ser humano.

Regresé a Madrid esa misma tarde, conduciendo muy despacio. Diría que no pasé de 100 por hora, y diría también que muchos de los que me encontré en la autovía avanzaban presos de una ralentización semejante. Recuerdo los meses que siguieron, donde incluso hubo una boda real, sin que la ciudad saliera de aquel estado de shock, de la especie de letargo que sobrevino tras la conmoción que le había reventado el corazón, esa estación en la que todas las mañanas se cruzaban cientos de miles de sus habitantes. Fueron los meses que destiné a buscarme otra forma de vivir, y no estoy tratando de decir que me volviera bueno, o mejor de lo que era: sencillamente había perdido la aptitud para mi oficio, y si este hubiera estado regulado por las leyes habría podido pedirle una pensión de incapacidad a la Seguridad Social. Como no era el caso, hube de buscarme otra manera de estar en el mundo y ganarme la vida. Hasta hoy.

Sin embargo, la historia no se agota aquí. Varios años después descubrí algo que me sobrecogió y dotó de un extraño sentido a la transformación instantánea que en mi interior produjo aquel suceso. Por razones que no son del caso, regresé a mi viejo barrio, me reencontré con algunos conocidos de mi juventud y uno de ellos fue quien me dio la noticia: el 11 de marzo de 2004, en uno de aquellos trenes, viajaba un antiguo compañero de instituto. Lo recordaba de forma imprecisa: un chaval de aspecto bonachón, sociable, que nunca daba problemas. De pronto me acordé de que habíamos llegado a jugar al fútbol en el mismo equipo, y de cómo me dio, más de una vez, un pase de gol.

Entonces lo supe, y entendí lo que había sucedido conmigo aquel 11 de marzo, mientras me disponía a cometer un crimen a cientos de kilómetros de Madrid. Aquella masacre se llevó por delante al criminal que yo era, y me cargó con el deber, que al principio me desconcertó, y que ahora que lo sé todo acepto, de reemplazar, en lo que me quede y en lo que me sea posible, al tipo decente que fue mi compañero de instituto y que esa mañana no tuvo la suerte, como yo, de cambiar de planes y abstenerse de tomar el tren donde alguien, por motivos que debían de parecerle suficientes, y con la sensación de estar ganando algo, había preparado todo para alcanzar el logro más estúpido e imperdonable al que puede aspirar, mientras esté en condiciones de evitarlo, un ser vivo que piensa: impedir que otro ser vivo y pensante siga recorriendo el camino que ante él se abre en el mundo.
Nota: Este relato, por supuesto, es una ficción, pero también quiere servir, desde esa condición, como homenaje a mi compañero del I.B. (hoy I.E.S.) García Morato Juan Alberto Alonso Rodríguez, fallecido el 11 de marzo de 2004 en un tren de cercanías de Madrid.

El día en que morí. Lorenzo Silva

Publicado en El Mundo, como no el 11 de marzo de 2014

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5 pensamientos en “El día en que morí

  1. navidalex

    (Ok, en la vista previa del comentario apareció otro vídeo que no era, por alguna mística razón…así que va de nuevo)

    Este texto me hizo llorar.
    Me recordó mucho a esta canción, sobre el mismo lamentable incidente (y que también me sacó lágrimas):
    Jueves, de la Oreja de Van Gogh:

    Saludos, un abrazo y buenos deseos.~ (:

    Responder
    1. elcuadernodeclara Autor de la entrada

      Tranquila, a mi la tecnología me parece magia, jajajaja. Lo del texto me paso lo mismo, leyéndolo en la ofi se me saltaban las lagrimas y con respecto al premio, me alegro que te haya hecho ilusión, si, ahora debes, cuando buenamente puedas, dárselo a 15 blogs que tu consideres. Un tanto arduo el trabajito, jajjajaj.

      Nos seguimos leyendo!!!

      Un abrazo muy fuerte!

      Responder

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