La historia de un viejecito despechado

Le había estado aguantando durante doce malditos años, sus inseguridades, sus cambios de humor, sus “bajones”, sus “subidones”, sus rarezas, su obsesión por no aumentar de peso, aunque esto lo compartíamos, sus “no tengo tiempo”, en fin, había estado aguantado todo eso y más hasta que me cambió por otro más joven.

Sí, eso que dicen es verdad. Por guapo y esbelto que sea uno, la juventud siempre se impone. Ella me dijo que necesitaba emprender una nueva vida lejos del pueblo, que le quedaba pequeño, que se asfixiaba. Tenía sueños… y ¿yo?, yo ¿qué? Claro, como ya tenía una edad, ella no contaba conmigo. Decía -estarás más a gusto en tu entorno, tienes que entenderlo, la gran ciudad es dura, estresante y tu nos estas hecho para ello pero tranquilo vendré mucho a visitarte, será casi como antes, tampoco estaba tanto en casa, tu eres muy casero…-

Me partió el corazón, para que negarlo pero al fin y al cabo lo entendía, ella tenía toda la vida por delante y yo empezaba a ser un viejecito con múltiples manías, manías que siempre tuve pero quizás, un tanto más marcadas. Me conservaba bien cuando se fue y aún lo hago pero la edad no en vano es la edad.

Me dejó en octubre hará ya algún que otro año, siempre con la promesa de que me regresaría siempre que pudiera. Lo lleve mal pero pensar en su felicidad me reconfortaba en cierto modo. Aquellos días fueron duros pero se iba acercando la Navidad, fiesta que a ella le entusiasmaba, lo que significaba que estaríamos juntos de nuevo, al menos durante unos días.

El día de su regreso llegó, lo había preparado todo, me había puesto mis mejores galas y una gran excitación invadía todo mi cuerpo. Ruido de llaves, ya llegaba, la vi, tan guapa como siempre, extasiado me hallaba que no caí en la cuenta de que venía con bicho, si ¡con bicho! Un moreno zangolotino de ojos verdes se encontraba a su lado. Yo no entendía nada, me daba vueltas la cabeza, -no puede ser- me repetía, -no puede ser….

En un principio me mentí a mí mismo, el zangolotino no podía ser de ella, no, yo era suyo y no él pero pronto me di cuenta. Me había sustituido, me había sustituido por uno más joven. Desde ese momento mi relación cambió completamente con ella, era fría y distante aunque en este último periodo quizás me he dulcificado por aquello de la senectud, tengo principio de alzhéimer y a veces se me olvida la terrible afrenta a la que me vi sometido.

Sin embargo la sigo queriendo y nunca he dejado de quererla, el que se fuera tenía sentido y más aún que yo me quedara con todos los míos pero la aparición de “ese” fue un golpe muy difícil de superar. Con el tiempo hasta le he pillado cariño, al zangolotino digo. Es un buenazo en el fondo, me respeta como viejo que soy. Sin embargo le seguiré mordiendo las orejas hasta que se me caiga el último diente, seguiré metiendo el hocico en su comida y por supuesto y más placentero, seguiré orinando y defecando en su cajoncito hasta que el cuerpo aguante. Que se joda, siempre seré el gato de la casa y ese será el “otro”.

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