De dictadores, capitanes y otros hijos de puta

Hace muchos años yo formaba parte del escuadrón…, pensándolo mejor, prefiero omitir su nombre. Digamos que formé parte de un escuadrón en alguna parte del mundo cuya misión era salvar a sus ciudadanos de malvados dictadores que pretendían someterlos a su dominio. No era empresa sencilla ni mucho menos, pero cuando nos lo propusieron mostramos un gran entusiasmo ante la idea de llegar a ser salvadores de una patria que no era nuestra.

Durante un tiempo mis compañeros y el que suscribe estás palabras dimos todo por nuestro capitán y más importante aún, por aquellos ciudadanos que necesitaban nuestra ayuda. Sin embargo a medida que transcurrían los meses nos íbamos percatando que el plan no era salvar al individuo de la dictadura, sino salvarle del dictador de la competencia.

Esto era malo pero las cosas se pusieron peor, el dictador era un hijo de puta, eso estaba claro, pero dentro de lo malo malísimo respetaba en cierta manera la dignidad tanto física como moral de los ciudadanos “salvados” sin embargo, a mi capitán se le fue la olla de un modo atroz, con tal de conseguir galones, hacía lo que estuviera en su mano para conseguir el ganado que requería el dictador. Desconozco si este estaba al corriente de las artes que utilizaba el capitán, imagino que no pero tampoco interesaba indagar, lo único cierto es que estaba ganando terreno a otros dictadores que ansiaban el control absoluto del país.

El caso es que esto hizo mucha mella en nuestro equipo, Copito de Nieve desertó prefiriendo la cárcel y la tortura que se imponía por dicha conducta, Recluta Patoso calló en combate al igual que O’Neill y a Patton lo degolló nuestro propio sargento. El resto de compañeros sobrevivió pero a un precio muy alto a excepción del maldito Judas que disfrutaba con toda la mierda que hacíamos.

Yo fui uno de aquellos que sobrevivió pero rocé la locura extrema en varias ocasiones, mi inconsciente creaba fantasías para no tener que enfrentarme a aquella truculenta farsa. Sin embargo, un buen día, con una lucidez que creo que no se ha vuelto a repetir, me juré que todos mis esfuerzos se dirigirían a reventar el puto plan del capitán, del dictador o de la madre que los pariera a todos. El resto del equipo, a excepción del capitán, el sargento y Judas, me apoyaron pero como no, desde la distancia.

Conseguí sabotear varias “salvaciones” pero no fue suficiente, el capitán estaba bien anclado y yo solo era un insignificante recluta. Nunca cejé en mi empeño así que me queda la agridulce sensación que al menos conseguí que ciertos individuos fueran libres y huyeran de las garras de los dictadores varios que acechaban. Sin embargo, como digo, no fue suficiente.

Mi capitán se fue dando cuenta de los sabotajes por mi parte ya que cada vez era más descuidado, nada me importaba ya un carajo, las cosas como son. Y por supuesto llegó el día de mi consejo de guerra. Allí salió mucha mierda, demasiada y gracias a eso, seguramente, conseguí librarme de todo cargo pero con deshonor, ya ves tú. Desde entonces he llevado una apacible vida con mis demonios, mis perros y mi pequeño huerto.

Como ya voy viendo que el tiempo apremia he decidido plasmar aquella terrible experiencia por escrito. Con un poco de suerte, caerá en manos de alguien noble que decida investigar y así conseguir que salga a la luz aquel periodo para olvidar pero que debe recordarse a fin de que no vuelva a ocurrir, ilusiones de un pobre y viejo soldado…

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