Ante el fragor de la batalla, pies en polvorosa

Era el momento de apagar las linternas que nos habían acompañado hasta ese momento, nos acercábamos a nuestro objetivo y debíamos pasar sin ser descubiertos. La respiración cada vez más agitada, un sudor frío recorría mi espalda y los sentidos cada vez más agudizados. La oscuridad era absoluta y lo que nos iba a deparar aquella misión, completamente desconocido.

Hacía relativamente poco que me había incorporado al comando, en parte porque cabalgaba con sus ideas, en parte porque me había prendado hasta los huesos del líder. Su carisma, sus tatuajes y esos ojos penetrantes y decididos no dejaban indiferentes a nadie y la competencia por sus “favores” era feroz. Pero ahí estaba yo, con mis botas militares, unos vaqueros rotos y la tan manida guerrera absorbiendo toda la información que íbamos a necesitar para entrar pronto en acción y demostrar así, mi absoluto compromiso con la causa.

La cosa se estaba poniendo fea, el terreno conllevaba cada vez más dificultad, seguía sin verse un pijo, hacía un frío del carajo y el segundo de abordo había encontrado los primeros huesos, las sospechas parecían confirmarse aunque siempre podría tratarse de algún animal salvaje.

Todo lo que duró el aprendizaje y entrenamiento fue cojonudo, el líder y sus acólitos más antiguos nos transmitieron todo el entusiasmo por su lucha, nos relataron misiones anteriores, nos enseñaron heridas de guerra… Yo me sentía importante, orgullosa de ser parte de la asociación y consideraba a todo aquel que no perteneciera como enemigo, si estaba contra nosotros y en su defecto, si no lo estaba, como una triste alma conformista carente de cualquier valor.

Ya en la zona Zero, los huesos seguían apareciendo, al principio de forma dispersa, fémures, cráneos… pero a medida que avanzábamos el paisaje se volvía más desolador. Esqueletos enteros a los que le faltaba la cabeza porque había sido cortada, otros con todas las patitas rotas, también cuerpos semicalcinados… la visón era de auténtico horror y espanto.

El día anterior a la misión creo, fue el mejor de mi vida. Repartieron la especie de uniforme que llevaríamos como auténticos soldados de élite, entregaron a cada uno un espray de pimienta por si las cosas se torcían y repasamos una y otra vez el plan a seguir. Dos equipos (Alfa y Beta) de cuatro personas en dos todoterrenos, el grupo Alfa dirigido por el líder y el Beta por el segundo de abordo. Tras llegar al punto H, seguiríamos a pie con linternas hasta el punto J y a partir de allí a oscuras hasta la zona Zero, el área que se sospechaba, estaba siendo utilizado como fosa común para los perros.

Me cago en la madre que me parió que a gusto se quedó, en qué momento me mofaría yo de las almas tristes carentes de valor, joder que esto es peligroso de cojones, no me jodas. Que son mafias pero mafias de verdad, de esas con pistolas y las que no le tiembla la mano a la hora de volar la tapa de los sesos. Verás cómo muera hoy mi madre como se va a poner, hay que ser gilipollas por meterse en una de estas por unos tatuajes y unos ojos intensos, pero en que estabas pensando. Estos y otros muchos eran los pensamientos que me invadían cuando salíamos de naja tras haber escuchado los disparos.

Y llegaba el día D como me gustaba llamarlo, las 21:00 y ya en los todoterrenos, la excitación invadía todo mi ser. Iba como no podía ser de otra forma en el grupo Alfa y el líder, que conducía y mostraba sus tatuajes en los antebrazos, nos daba los últimos consejos. Tal y como se había calculado, llegamos al punto H en 40 minutos, tocaba ir a pata. Las tornas comenzaban a tomar un cariz algo más siniestro, el silencio era sepulcral y la oscuridad casi total a excepción de las linternas. El miedo se abría paso a codazos en mi interior e intentaba no quedarme muy atrás pero el ritmo era alto y mi fondo físico nulo. Tras 20 minutos alcanzábamos el Punto J lo que implicaba dejar atrás la poca luz que iluminaba el camino.

Todos estábamos sanos y salvos, al menos en lo que se refería a la parte física, la mental por el contrario fluctuaba entre el estado de sock, la crisis de ansiedad y puede que hasta la psicosis. El líder, el segundo de abordo y dos acólitos mantenían la calma pues eran perros, nunca mejor dicho, viejos, el resto, una panda de novatos estúpidos que habíamos leído cuatro cosas, visto otras tantas y creído que nos comeríamos el mundo, temblábamos cual flan de vainilla, que es aún menos consistente que el de huevo.

La misión había sido un éxito pues habíamos localizado el cementerio, la asociación llevaba varios meses detrás de una mafia dedicada a las peleas de perros con apuestas y utilizaba ese lugar para desprenderse de los sparrings, los perros que habían perecido en la pelea, aquellos con los que se les había ido la mano e incluso aquellos que habían matado por diversión. Y todo ello había sido transmitido a la policía. Pero lo que yo desconocía es que estas mafias estaban organizadas, tenían gente importante detrás y movía mucha pero que mucha pasta. Por lo que los riesgos de la asociación a la que en buena hora me uní, eran muy altos. Así que abandoné, una cosa es hacer algún grafiti, informar a todo aquel que desconoce que estas prácticas existen y no solo que existen, sino que están en auge y que coño, reunirse, vociferar y planear en abstracto y otra muy distinta, jugarse el pescuezo. Nadie puso objeción, ni siquiera me hicieron sentir, como realmente me sentía, muy al contrario, entendían perfectamente que no todo el mundo está dispuesto a asumir el peligro de tal empresa sin que ello implique que los perros dejen de importar. Pero yo me sentía como una auténtica mierda, pero una auténtica mierda incapaz de correr por unos montes llenos de obstáculos perseguidos por dos matones pegando tiros.

Afortunadamente aunque el valor escasea, esté sigue presente en alguna persona. Y el líder, el segundo de abordo y aquellos acólitos que superaron esa primera vez no dudan en poner en juego sus vidas por defender su causa.

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