Desmontando a Heriberto

Heriberto llevaba una mala racha, bueno, peor que de costumbre, pues él era de aquellos que no nacen con estrella sino estrellados. Sin embargo, con los años se había acostumbrado a que las cosas nunca salieran como él quería. Pero lo de ahora era diferente, no había solución posible, se había muerto y de la forma más tonta posible y todo por hacer difícil lo fácil.

Pero mejor será empezar por el principio. Heriberto era el octavo hijo del matrimonio entre Dagoberto Naufrago y Filiberta Sindestino. Actualmente cuarentón, culto, de gusto fino pero sin un jodido chavo. A pesar de su cualificación, se dedicaba a dar sombra al botijo y lo digo de forma literal, estaba contratado por una empresa para ir dando sombra a los distintos botijos del resto de compañeros. Estamos en la época actual, donde existen neveras, que digo yo, más barato y eficaz sería invertir en un frigorífico, aunque sea de esos de una estrellita, que tener en plantilla a un señor que de sombra… pero será por eso por lo que mi puesto es de paleador de nubes en vez de director de empresa…

Como se podrán imaginar, Heriberto no se realizaba como sombreador de botijos, por ello dirigía todas sus cualidades a la horticultura, la presidencia de su comunidad y la archienemistad con Floro Cilla, su vecino del cuarto y según Heriberto, espía internacional peligroso y loco.

Heriberto vivía en un hermoso bajo con un fabuloso patio que dedicaba a sus hortalizas, el problema es que siempre que salía para disfrutar de ellas se sentía vigilado por Floro Cilla, el espía internacional peligroso y loco. Nunca había sido santo de su devoción, había algo extraño en el sujeto en cuestión (quizás aquello de peligroso y loco…) pero además habían tenido ciertos encontronazos, el más gordo y el que rompió definitivamente las pocas convenciones sociales que existían entre ambos fue cuando Heriberto subió hecho un basilisco a casa de Floro Cilla al descubrir su toldo quemado, este intentó por todos los medios explicar que no tenía ni pajolera de lo que le hablaba sin embargo, Heriberto sin atender a razones le escupió en un ojo. Floro Cilla, como era de esperar se lo tomó así como que un poco mal y juró venganza. Dos horas más tarde Heriberto descubría que su toldo se había quemado por su culpa, al colocar una especie de lupa para achicharrar al gusano que se comía sus escarolas (mecanismo complicado donde los haya pero Heriberto no gustaba de utilizar productos nocivos para el medioambiente). Sin embargo ya era tarde para recular y ese fue el principio de su fin.

Tras ese juramento de vendetta, Heriberto actuaba con mucha cautela pues estaba temeroso de que Floro Cilla, con toda esa experiencia en espionaje internacional y esa peligrosidad y locura, atentase contra su integridad física y/o psíquica. Pero las semanas transcurrían de forma inexorable sin que el espía moviera ficha.

Sin embargo todo se precipitó un aciago lunes. Heriberto estaba orgulloso de ostentar la presidencia de su comunidad y por ello intentaba actuar siempre de la forma más diligente posible. Ese lunes ya había hablado con Rosario para terminar de acordar el aumento del año que viene, había leído los contadores y solo faltaba abrir la trampilla que llevaba al tejado para que el martes el antenista pudiera acceder a, valga la redundancia, la antena y habilitar los nuevos canales para la resintonización que anuncian a todas horas.

Pero había un problema con la trampilla, esta estaba ubicada justo encima de la puerta de Floro Cilla y Heriberto no quería poner su pellejo en bandeja, desde la promesa de venganza hacía fu como el gato cada vez que notaba su presencia. Así que esperó a que Floro Cilla abandonara sus dominios y subió sigilosamente con su taburete para poder acceder a la trampilla pero comprobó que no era lo suficientemente alto para poder alcanzarla, por lo que bajó de nuevo silencioso y trajo consigo una de las sillas del comedor pero para su desgracia, seguía sin alcanzar la manilla. Se le ocurrió la feliz idea de colocar el taburete encima de la silla y ¡bingo! llegaba a la perfección a pesar de que el equilibrio era algo precario. Cogió la manilla pero la trampilla no cedía, tiró un poco más y se abrió de golpe, desplomándose la escalera que había en su interior, haciendo un ruido ensordecedor y una grieta descomunal en la puerta de Floro Cilla. Se iba a bajar Heriberto de la silla-taburete para hacer una evaluación de daños cuando escuchó la puerta de la calle, ¡maldición, Floro Cilla! pensó y del susto Heriberto trastabilló en el taburete-silla (el orden de factores en este caso no altera mi producto) y se precipitó al vacío. Murió en el acto.

Echando la vista atrás, Heriberto sentado en el banco a la espera de que le vengan a buscar para llevarle al limbo por gilipollas, medita sobre los últimos acontecimientos. Al final iba a tener razón el gato de la tienda de la equina “Heriberto, a veces me preocupas, un día de estos tu paranoia te va a jugar una mala pasada pero bueno, tú mismo chatín”. En fin, él, hijo de Dagoberto Naufrago y Filiberta Sindestino había nacido destrellado y estrellado pero “que me quiten lo bailao, Floro Cilla espía internacional peligroso y loco tiene una grieta en la puerta del tamaño del Mississippi. Jajajajajajajaja”.

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7 pensamientos en “Desmontando a Heriberto

  1. INSOMNE

    No sé donde leí, a finales de octubre creo, que alguien se lamentaba de tener al muso en horas bajas. Pues menos mal, solamente para buscarle nombre a tus protas hay que tener un máster.
    😉

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    1. elcuadernodeclara Autor de la entrada

      Jajajjajajaja. El santoral que a veces puede ser muy cruel, cierto que los apellidos son cosecha propia 😝. Y si yo también leí por ahí eso de un muso pero tengo entendido que es algo casquibano… Y tiene a la que transcribe sus ideas como puta por rastrojo 😝. Me ha encantado el comentario, por cierto!

      Responder

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