Archivos Mensuales: marzo 2015

Tribulaciones de Fucsia. Nueva temporada

Corrían malos tiempos para Fucsia y sus tribulaciones pues Cobalto ya no estaba en el mercado. Este, tras los persistentes envites de Magenta, su ex novia, había claudicado y se había arrojado de nuevo a sus brazos.

A fucsia le había hecho la misma gracia que si alguien le hubiera abofeteado y escupido en un ojo, consideraba que Cobalto era suyo y de nadie más. Por su parte, Beige respiraba más tranquilo, las bromas con respecto a la fidelidad de su novia habían disminuido considerablemente, lo que le estaba suponiendo un incremento de confianza en su ya casi perdida hombría.

Sin embargo, era obvio que Fucsia no se iba a quedar de brazos cruzados, lucharía por el amor, no, no estaba enamorada, lucharía por, no se le ocurría, el caso es que le gustaba el juego que habían tenido durante el último año y pico. Jueves de confidencias y cerveza hasta las tantas, algún que otro desayuno el domingo de madrugada tras un buen pedo y mucho mensaje subido, pelín, de tono. No, no estaba dispuesta a renunciar a todo aquello.

Sin embargo, debía decidir qué táctica seguir. El “acoso y derribo” estaba descartado, no era su estilo en absoluto ya que ella era de las que se hacía desear, pero la sutileza tampoco era su fuerte ni serviría con este mentecato, y menos ahora que había recuperado a la golfa de su ex, la misma, por cierto, a la que había odiado por dejarle abandonado como a un perro e irse con un fotógrafo de poca monta, o lo que es lo mismo, un salido con una cara como un piano de cola que con la disculpa de su supuesto arte, desnudaba a todo lo que tenía tetas.

Un “cara a cara” era imprescindible para desplegar sus armas de seducción masiva, por lo que debía conseguir pillarle de nuevo por banda ya que no habían vuelto a verse desde que hizo su aparición la zorra esa. No sería demasiado difícil habida cuenta de que él se había emperrado en prestarle su libro favorito, un coñazo auténtico sobre la levedad del ser o algo por el estilo, y todavía no se lo había devuelto. Quedaría con Cobalto con el pretexto de darle el libro y una vez allí, como caída de un guindo, le propondría ir a tomar algo, luego hablarían de las múltiples interpretaciones del libro en cuestión, de la vida en general y finalmente, de que Magenta era una mala puta que le abandonaría esta vez por un mediocre aspirante a escritor de poesía dadaísta.

Tras varias tentativas, la primera fase del plan se completó con éxito, Cobalto había accedido a quedar. Se verían el jueves sobre las ocho de la tarde, le devolvería esa castaña de libro, se sentarían en una terraza y tras la tercera cerveza, no, cerveza no, mejor vino, más glamuroso, atacaría cautelosamente. Algo así como, ¿qué tal la correa, te aprieta mucho?, ¿Cómo? respondería él, sí, la correa que te ha puesto Magenta, que tonterías dices, pues bien que ya no me mandas esos mensajes de buenas noches y sueña con, ya sabes… ¿estás celosa?, ¿quién yo? Ahora eres tú quien dices estupideces… y tras la quinta copa de vino, se las apañaría para arrastrarlo de allí. Un paseo sería el siguiente paso y mientras tanto, miradas cómplices, algún roce y finalmente él se pararía, la miraría a los ojos, le confesaría su ferviente amor y la besaría apasionadamente. Era un plan maestro.

El jueves llegó y con ello los nervios a flor de piel. Desde las dos de la tarde Fucsia llevaba encerrada en su dormitorio, que si esta falda me hace mucho culo, que si este vestido no enseña lo suficiente, que si el corsé quizás es excesivo… Finalmente, sobre aquello de las cinco, se decantó por un look roquero; leggins negros bien ajustados, botines de tachuelas, camiseta de licra con escote considerable y una cazadora de cuero minúscula que llenaba en exceso debido a su voluptuosa figura, vamos, lo que viene a ser la típica butifarra en plan años 80. La melena, como no, suelta, hora y media que le había costado conseguir unos bucles perfectamente definidos a la par que naturales y con respecto al maquillaje, no había duda, mucho rimmel y unos labios jugosos en rojo pasión. Pero la guinda del pastel era la ropa interior, no es que fuera a ocurrir nada pero había que ser precavida, si la cosa se iba de madre, quién sabe, las transparencias escuetas y encarnadas le pondrían más a tono que unas bragas enormes color carne.

Cuando el reloj marcó las 8, Fucsia estaba que se subía por las paredes. Y si se ponía como un tomate, o empezaba a balbucear, o yo que sé. Puede que les viera alguien, aunque no sería la primera vez, pero ahora que Beige estaba todo ufano, le daba algo de lástima. Sería mejor dejarlo para otro día pero cuanto más tardara en reaccionar, más difícil sería reconducir a Cobalto. No, no se vendría abajo, estaba arrebatadora y Cobalto se rendiría a sus pies.

Y allí estaba él, tan guapo como recordada, realmente solo hacía cuatro meses que no se veían pero a Fucsia le habían parecido una eternidad. El pulsó se le aceleró y notó como el rubor invadía sus mejillas, suerte que estaba oscuro y no lo apreciaría. Llegó a su altura y con todo el aplomo del que pudo hacer acopio le rozó el brazo, Cobalto se giró y ella le plantificó un casto y nervioso beso en la mejilla. Este sonrió y Fucsia creyó desfallecer. Se recompuso del sofocón y con lo que ella creía una mirada intensa, le devolvió el libro. – ¿Te ha gustado?- Cobalto preguntó. –Mucho- dijo Fucsia. Pero antes de que pudiera continuar, prorrumpió en escena Magenta que asió a Cobalto con ahínco y tras catorce o quince besos, dejó claro a Fucsia quien ostentaba la propiedad allí.

Fucsia se rehízo como pudo y con la mayor de sus sonrisas, hipócritas, se despidió de los dos alegando que tenía un compromiso inexcusable. El camino de vuelta con el rabo entre las piernas fue largo y deprimente, en su cabeza se reproducía una y otra vez la escena que había tenido lugar apenas unos minutos antes. Maldijo a Cobalto, cómo era posible que a una cita con ella se presentara con esa, en qué coño estaba pensando. En esas estaba cuando escuchó su nombre por la espalda, ansiosa de que fuera un arrepentido Cobalto, tras recapacitar sobre lo fea y espantosa a la par que imbécil era Magenta, se volvió. Ni rastro de Cobalto, sin embargo, el hombre que tenía enfrente no le era desconocido, Gris Marengo, cuánto tiempo… pensó. Fucsia se atusó la cabellera, se colocó disimuladamente ese par tetas que tanto furor provocaban y con su aire cándido a la par que sensual se encaminó a donde estaba el recién llegado.

Continuará, como siempre con Fucsia.

Las vueltas que da la vida. Y bueno, la muerte. (Final GC)

Allí estaba, tan gordo y asqueroso como recordaba. Era la hora de ajustar cuentas, sin embargo, llegar a este momento me había pasado demasiada factura.

He de confesar que mi salida del psiquiátrico fue algo más compleja de lo que tenía planeado, y no es que deba confidencialidad a nadie como manifesté en su momento, simplemente no deseaba contarlo porque me daba una vergüenza atroz. Pero hay que tener en cuenta que fingir una muerte no es tan sencillo, se suele fracasar estrepitosamente, más, cuando se disponen de tan pocos medios como yo por aquel entonces.

El plan inicial era conseguir un cuerpo, meterlo en la caseta donde estaban los útiles de jardinería y prenderle fuego. Y dado lo que importan los locos abandonados a su suerte en este país, mi muerte no trascendería, otro accidente de una mente perturbada más. El problema, de dónde coño sacaba yo un cuerpo. Pensé en darle matarile a alguno de los pacientes, sin embargo, esto conllevaba cierto riesgo, ¿dos pacientes y un solo cuerpo?, por soplapollas que fueran en el centro, los números no cuadraban. No me quedó más remedio que desechar mi brillante idea.

El tiempo transcurría y la bombilla no me se encendía pero cierto lunes, caí en la cuenta de que Lobato, un antiguo compañero de aquellos locos y peligrosos, se supone era chamán. El fulano en cuestión estaba como una auténtica regadera pero tenía un vasto conocimiento sobre todo tipo de hierbajos. Y aunque solía pasar grandes temporadas en aislamiento, yo, por aquello de ganar puntos y vivir mejor, prestaba mi ayuda de forma voluntaria al personal, con los pacientes del sector del que había formado parte apenas hacía unos meses. Por lo que acercarme a él no me supuso grandes complicaciones.

Otra cosa fue entenderme con Lobato, cuando no divagaba sobre el dios H o la diosa Z, lo hacía sobre las brujas de Salem o la calidad de las medias de nylon en la actualidad. Pero quien la sigue la consigue y tras decenas de jornadas infructuosas, logré que me desvelara las magníficas propiedades de la mandrágora. La alegría no duró, porque nuevamente, de dónde puñetas iba yo a sacar mandrágora, no obstante, el hado quiso que Lobato dispusiera de un elixir listo para tomar. Qué sonaba sospechoso, no lo discuto, pero tenía tantas ganas de salir que no sopesé los posibles riesgos que implicaba fiarse de un sádico con delirios de grandeza, lo dicho, era mucho el tiempo que llevaba entre las cuatro paredes del manicomio y la cosa empezaba a afectarme y mucho.

Como era de esperar, el hijo puta no tenía elixir de mandrágora a lo “Romeo y Julieta” para simular mi muerte, lo que tenía era un frasquito con matarratas que me liquidó prácticamente en el acto. El caso es que la palmé de verdad, pero regresé de entre los muertos, o quizás no llegué a irme del todo, para zanjar mis asuntos vengativos pendientes, así, en plan “El Cuervo”, la película, la primera, el resto deja mucho que desear. Lo que pasa es que en vez de tener un majestuoso cuervo “poeiano” a mi lado, el hado guasón quiso asignarme una rata medio tuerta y sucia, a la que por cierto, llamé Clotilde.

Tardé en acostumbrarme a mi nuevo estado, es una sensación extraña, sigues siendo tú pero no exactamente, no sé si me explico. Los recuerdos, los sentimientos y más importante aun cuando eres un espíritu vengativo, los resentimientos, siguen estando ahí, incluso la apariencia es la misma aunque algo más liviana, pero hay algo que falla, estás muerto. De todos modos, Clotilde me ayudó mucho en mi proceso de adaptación, cualquier reticencia que pudiera haber tenido por el hecho de que fuera una rata medio tuerta y sucia, se disipó por completo, y dio paso a una sólida y muerta amistad.

Tuve que ponerme al día sobre numerosas cuestiones. Para empezar, existen diversos tipos de espíritus en función del asunto pendiente a resolver, no es lo mismo algo que te queda por decir, el final de una partida de dominó o el deseo ardiente de que GC sufra una muerte entre terribles sufrimientos. Asimismo, existe un código de conducta común que no se puede infringir de ninguna forma o deberás atenerte a las consecuencias. Y además, otro en función de la categoría espiritual asignada, que regula básicamente las normas que deben acatarse a la hora de resolver el asunto pendiente.

En mi caso, como espíritu vengativo lo tenía jodido, muchas reglas que seguir y poca libertad de movimientos. Sin embargo, había una posibilidad de que GC recibiera lo suyo, cumpliendo a rajatabla los códigos de conducta. Debía recabar las firmas necesarias para que este sufriera como un cabrón, vamos, que para conseguir justicia, debía convertirme en una “Erin Brockovich” en versión fantasma.

Durante varios días, supongo, los muertos no llevamos el tema del tiempo demasiado bien, Clotilde y yo nos dedicamos a vagar por esa dimensión que parece ser la antesala de vaya usted a saber, para conseguir las firmas necesarias. En un principio me parecía algo imposible de lograr, pero cual virus letal, mis intenciones se fueron difundiendo y centenares de espíritus, la mayoría catalogados como almas en pena, se avinieron a mi causa.

Objetivo conseguido, GC se iba a cagar. Antes de salir del psiquiátrico, pensaba en cortarle por la mitad, literalmente, con una sierra eléctrica. Sin embargo, ahora era un “caspercito” por lo que no disponía de esa posibilidad, pero el odio cerval acumulado entre tanta alma en pena y otro tanto espíritu vengativo, le harían reventar e ir derecho, creo, al infierno. Valido también.

Y aquí estoy, con Clotilde, viendo a ese gordo cabrón al que no le queda ni un telediario, pues mi ejército de ánimas entrará en acción en pocos minutos. Y en lo que mi respecta, he decidido que la justicia está bien y reconforta, y como en vida no suele ser habitual, la lograremos una vez muertos. Así que he hablado con las autoridades de estos lares y me han otorgado una licencia especial para que lleve a cabo campañas como la de GC, siempre y cuando cumpla con las normas. Y que quieres que te diga, tras muchos tumbos, creo haber encontrado por fin mi lugar. No en vano, a quién no le gusta que un verdadero hijo de puta se lleve al fin su merecido.

FIN.

Al final del túnel. (GC II parte)

Las cosas iban mejorando y ya empezaba a atisbar cierta luz al final del túnel. De hecho, si todo iba según lo previsto, mi sed de venganza se vería saciada muy pronto. Pero el camino había sido tortuoso, demasiado, cuestión que pagaría muy caro GC, demasiado.

Los primeros dos años en la institución fueron de pesadilla, perdía la razón por momentos, las imágenes de aquel horror seguían grabadas a fuego en mi memoria pero el límite entre realidad e irrealidad se resquebrajaba cada vez más, y el hecho de que me atiborraran de pastillas varias, empeoraba la situación. Solo el dolor de la pierna y el colmillo que guardaba en la zapatilla izquierda, impedían que olvidase definitivamente que la masacre perpetrada por GC y sus secuaces había tenido lugar.

El gilipollas del Doctor Pereira me había diagnosticado como sujeto demente y desquiciado, a medio camino entre la esquizofrenia y la psicopatía. He de decir, a pesar de mi ignorancia en este ámbito, que yo era un leve síndrome de estrés postraumático cabreado de manual, si el mentecato hubiera ojeado el DSM-V en vez de intentar follarse a uno de los pacientes, yo no hubiera perdido más de cuatro años de mi vida.

Pero poco a poco me fui reafirmando en mi cordura e ideando un plan para salir de allí. Luchar contracorriente no iba a servir de nada, al contrario, más pastillas, más aislamiento y alguna que otra descarga, por lo que asumí el papel sumiso y colaborador que se me requería. Fue relativamente fácil engañar a casi a todo el personal, incluida a la lumbrera del Doctor Pereira, pero no así a la enfermera Galindo, mala puta y reencarnación de la enfermera Ratched en “Alguien voló sobre el nido del cuco”.

En el sanatorio había tres clases de usuarios, los pacientes ambulatorios, los que estaban como un cencerro pero no eran peligrosos y, aquellos que encima suponían un grave peligro para ellos mismos y los demás. Yo todavía formaba parte de este último grupo, pues mi caso aunque en revisión, estaba siendo paralizado por la enfermera Galindo, de la que empezaba a tener sospechas de una posible conchabanza con GC. Por aquel entonces, mi agudeza mental no era la que había sido, pero más de dos años en el manicomio, el litio y la madre que parió a GC, me habían reblandecido las meninges.

Como decía, yo aún formaba parte de la creme de la creme, un atajo de tarados, en su mayoría con tendencias homicidas. Entre ellos, destacaba Antúnez, un fulano de treinta y tantos que deseaba encarnar a Hannibal Lecter en una película de bajo presupuesto, el problema, había llevado demasiado lejos el Sistema Stanislavski y se había comido a su padre. La sufrida madre aunque siempre le había apoyado, lo vio desmesurado esta vez y le mandó por el procedimiento de urgencia al manicomio. Sería perfecto para el plan que rondaba por mi cabeza.

Dado que provoca una gran inquietud y excitación en los pacientes, elegí una noche de tormenta, propicia para que ni mis movimientos ni los de Antúnez llamaran la atención. Sin embargo, nada sale tal y como se planean las cosas. La idea era dejar inconsciente a la enfermera Galindo y como en la película “Hannibal”, ocurrencia de Antúnez, serrarle la parte de arriba del cráneo y que este se cenara sus sesos con jerez. No hizo falta y Antúnez se quedó sin cena. A Vallejo, otro de lo mejorcito de la verbena, le dio un brote de cuidado, se creyó un pitbull entrenado para matar, confundió a la enfermera Galindo con un fila brasileño y le desgarró la yugular. En fin, me dio pena el pobre Antúnez, se había metido tanto en el personaje, que hubiera estado bien haberle visto en todo su esplendor con la mala puta de Galindo, pero el apaño que necesitaba ya estaba hecho. Así que con la enfermera fuera de escena, el traslado al módulo de baja seguridad estaba hecho. Efectivamente, tras dos semanas de cierto revuelo por lo ocurrido, todo volvió a la normalidad, mi diagnóstico se revisó y el traslado se aprobó.

La estancia en el módulo A era muy diferente, cierto que de diez de la noche a siete de la mañana permanecíamos encerrados en las habitaciones y por supuesto, las sesiones de terapia eran obligatorias, pero el resto de tiempo podía ocuparse, bajo una supervisión relativa, en los diversos talleres que el centro ofrecía, dar paseos por el jardín o leer los libros de la biblioteca. Yo me inscribí en el taller de jardinería, en parte porque siempre me ha gustado y me relaja, y en parte y vital, para encontrar un modo de salir de allí.

Mi huida se demoró quizás en demasía, cuatro años y cinco meses transcurrieron desde mi internamiento forzoso hasta mi salida. Hubiera podido largarme algo antes pero, no quería pasar el resto de lo que me quedaba de mi maltrecha vida mirando atrás. Era necesario salir de allí con certificado de defunción, sí el mundo creía que había muerto, el mundo no me tocaría los cojones. Además, aunque no viene mucho a cuento, debía terminar la rosaleda del jardín cuyo resultado fue fantástico.

No voy a contar como logré salir de allí, prometí guardar el secreto. Lo único realmente importante es que ya era libre, pero de forma absoluta, había desaparecido de la faz de la tierra y había confirmación. Aunque igual se me fue un poco demasiado la mano con aquello de desaparecer, pero se abre el coto de caza, especialidad: GC y secuaces.

Esta vez puedo afirmar que continuará, cuándo, no prometo nada. Es por hacerme de rogar y esas cosas…

GC

Conocí a GC hace años, cuando tuve la puta desgracia de dar con mis huesos en cierto equipo de operaciones especiales. Un poco antes, yo prestaba mis servicios como detective privado, pero digamos que la cosa no iba muy allá, las infidelidades y los fraudes al seguro daban para llegar a fin de mes pero justito, muy justito. Además, aquello empezaba a ser un coñazo supino y tanta foto de mamadas, empezaba a revolverme el estómago.

El aburrimiento y la desesperación al verme sin alternativa, hizo que comenzara a darle a la bebida, primero una copa, solo para relajarme, luego dos, por aquello de alcanzar un alivio mayor y así, hasta que empecé a perder prácticamente el sentido por aquello de no pensar en mi patética vida.

Aunque nunca he sido muy sociable, todavía conservo un par de amigos que consiguieron sacarme del pozo de mierda en el que me sumergía a pasos agigantados. Me mandaron de una patada en el culo a desintoxicación y tras la rehabilitación, me concertaron una entrevista en una multinacional dedicada a ofrecer ciertos servicios delicados, de aquellos que deben hacerse bajo cuerda.

Gustaron bastante mis aptitudes y ese mismo día conseguí el trabajo, agente especial de operaciones encubiertas, la cosa no sonaba mal. Empezaba al día siguiente y allí estuve a la hora convenida. Tras enseñarme las instalaciones, me presentaron al equipo del que iba a formar parte, era reducido, cuatro agentes especiales sin incluirme, un supervisor de campo y GC. Mi primera impresión, he de confesar, no fue mala, a pesar de que siempre he alardeado de una intuición rayana en la “paranormalidad”. Craso error, si llego a saber lo que se me venía encima, salgo de allí por patas.

Los primeros meses transcurrieron a una velocidad vertiginosa, eran muchos los conceptos, procedimientos y vericuetos que había que automatizar, pero me gustaba. Nunca he sido gilipollas y sabía que aquello que hacíamos ni era ético, ni era legal. Pero GC lo vendía de tal manera, que terminabas por creer que eras parte de algo grande, de algo importante. Sin embargo, poco a poco las cosas se fueron torciendo.

Operaciones encubiertas sufrió un par de batacazos, dos misiones que salieron rematadamente mal, tan mal, que hasta perdimos a un agente. He de decir y de ningún modo para escurrir el bulto, que todo fue culpa de GC. Si el hijo de la gran puta en vez de actuar sin pensar y de intentar adelantarse a todo para ganar puntos con la directiva de la compañía, hubiera sentado su enorme culo y hubiera planificado el asunto, otro gallo nos hubiera cantado, no habríamos perdido al objetivo y lo que es más importante, Márquez seguiría vivo.

Pero no, GC en vez de asumir la responsabilidad de lo ocurrido, en primer lugar porque la tenía y en segundo, porque era su deber como superior, puso nuestras cabezas en una bandeja de cartón barato ante la plana mayor. Afortunadamente, la sangre no llegó al río, un mes de suspensión de empleo y sueldo y la advertencia de que aquello no se repetiría jamás.

Tras la incidencia, GC estuvo de lo más delicado, sabía que nos había vendido y que la rebelión era posible. Sin embargo, con esas artes suyas que tanto he llegado a envidiar y detestar a la par, consiguió que el equipo volviera al trabajo olvidándose de la puñalada trapera.

Fue un periodo tranquilo, entró un nuevo agente pero no llegó a cuajar del todo, este tenía ideas propias y eso no gustaba ni a GC, ni al supervisor de campo ni a los otros tres agentes, digamos, que se tenía en cuenta aquello del corporativismo y había mucho trepa suelto. En mi caso, la ilusión inicial dejó paso al escepticismo que terminaría por convertirse en absoluta apatía. Era como un fantasma, llegaba, cumplía con las órdenes y me iba. Sin embargo, esto sería la calma que precedería a la tormenta.

Tuvo lugar hará cuatro años más o menos. La misión era sencilla, entrar, neutralizar y salir. El problema es que carecíamos de la información completa de la que si disponía GC. La amenaza no era un solo sujeto como creíamos, o mejor dicho, nos había hecho creer, eran cientos de personas, desde hombres y mujeres hasta niños y ancianos. Lo que tendría que haber sido algo relativamente sencillo, puede que execrable, pero sencillo a fin de cuentas, terminó resultando una auténtica masacre.

Estaba con los infrarrojos y el fusil en la mano, cuando detecté más movimiento del previsto, intenté abortar la misión pero GC no había dejado ningún cabo suelto, sabía que yo no podría abrir fuego a discreción contra población civil sin un motivo, así que el supervisor me encañonó por la espalda para que cumpliera las órdenes, pero no podía, no por valentía, sino por propio egoísmo, era consciente de que si abatía aquellas personas, mis demonios me fulminarían. Le rompí el cuello aquel bastardo soplapollas de encefalograma plano y antes de que este tocara el suelo, el infierno se desató.

El horror que vi a continuación no puede describirse con palabras. No supe reaccionar, solo miraba como los agentes de operaciones encubiertas, equipo del cual yo formaba parte, y el apoyo aéreo, iban masacrando a diestro y siniestro con saña, una saña que jamás supuse que tuvieran y que no entendía de ningún modo. Los cuerpos iban cayendo sin vida, de cualquier forma. Pequeños, grandes, a trozos. El olor a sangre y pólvora lo invadía todo. Muerte, todo a mi alrededor era muerte y destrucción.

Seguí allí como un pasmarote hasta que Ferro, aquel que no encajaba del todo, me cogió de un brazo y me puso a cubierto, a cubierto de qué, pensé… Lo que acababa de presenciar se había quedado grabado a fuego en mis retinas.

Pero todo esto que acabo de narrarles, solo es fruto de mi malsana psique. Hace también cuatro años, ingresé, mejor dicho, me ingresaron en una institución psiquiátrica por haber sufrido un brote psicótico. Según GC, Trujillo, Álvarez y Fontenla, ninguna de las atrocidades que yo denunciaba, habían tenido lugar, simple y llanamente había perdido la chaveta. Tampoco existieron nunca un tal Ferro ni un supervisor de campo. Y por supuesto, yo no era agente especial de operaciones encubiertas sino analista de datos.

Desde entonces le he estado dando vueltas una y otra vez, y a la única conclusión que llego es que el brote debió ser de puto campeonato. Tan colosal fue, que conservo metralla en la pierna derecha, una cicatriz de bala en el hombro, también derecho y el colmillo de un perro valiente al que Trujillo reventó la cabeza con la culata del fusil, por defender aquel a su amito de seis o siete años, hasta las últimas consecuencias.

Podría continuar….