Al final del túnel. (GC II parte)

Las cosas iban mejorando y ya empezaba a atisbar cierta luz al final del túnel. De hecho, si todo iba según lo previsto, mi sed de venganza se vería saciada muy pronto. Pero el camino había sido tortuoso, demasiado, cuestión que pagaría muy caro GC, demasiado.

Los primeros dos años en la institución fueron de pesadilla, perdía la razón por momentos, las imágenes de aquel horror seguían grabadas a fuego en mi memoria pero el límite entre realidad e irrealidad se resquebrajaba cada vez más, y el hecho de que me atiborraran de pastillas varias, empeoraba la situación. Solo el dolor de la pierna y el colmillo que guardaba en la zapatilla izquierda, impedían que olvidase definitivamente que la masacre perpetrada por GC y sus secuaces había tenido lugar.

El gilipollas del Doctor Pereira me había diagnosticado como sujeto demente y desquiciado, a medio camino entre la esquizofrenia y la psicopatía. He de decir, a pesar de mi ignorancia en este ámbito, que yo era un leve síndrome de estrés postraumático cabreado de manual, si el mentecato hubiera ojeado el DSM-V en vez de intentar follarse a uno de los pacientes, yo no hubiera perdido más de cuatro años de mi vida.

Pero poco a poco me fui reafirmando en mi cordura e ideando un plan para salir de allí. Luchar contracorriente no iba a servir de nada, al contrario, más pastillas, más aislamiento y alguna que otra descarga, por lo que asumí el papel sumiso y colaborador que se me requería. Fue relativamente fácil engañar a casi a todo el personal, incluida a la lumbrera del Doctor Pereira, pero no así a la enfermera Galindo, mala puta y reencarnación de la enfermera Ratched en “Alguien voló sobre el nido del cuco”.

En el sanatorio había tres clases de usuarios, los pacientes ambulatorios, los que estaban como un cencerro pero no eran peligrosos y, aquellos que encima suponían un grave peligro para ellos mismos y los demás. Yo todavía formaba parte de este último grupo, pues mi caso aunque en revisión, estaba siendo paralizado por la enfermera Galindo, de la que empezaba a tener sospechas de una posible conchabanza con GC. Por aquel entonces, mi agudeza mental no era la que había sido, pero más de dos años en el manicomio, el litio y la madre que parió a GC, me habían reblandecido las meninges.

Como decía, yo aún formaba parte de la creme de la creme, un atajo de tarados, en su mayoría con tendencias homicidas. Entre ellos, destacaba Antúnez, un fulano de treinta y tantos que deseaba encarnar a Hannibal Lecter en una película de bajo presupuesto, el problema, había llevado demasiado lejos el Sistema Stanislavski y se había comido a su padre. La sufrida madre aunque siempre le había apoyado, lo vio desmesurado esta vez y le mandó por el procedimiento de urgencia al manicomio. Sería perfecto para el plan que rondaba por mi cabeza.

Dado que provoca una gran inquietud y excitación en los pacientes, elegí una noche de tormenta, propicia para que ni mis movimientos ni los de Antúnez llamaran la atención. Sin embargo, nada sale tal y como se planean las cosas. La idea era dejar inconsciente a la enfermera Galindo y como en la película “Hannibal”, ocurrencia de Antúnez, serrarle la parte de arriba del cráneo y que este se cenara sus sesos con jerez. No hizo falta y Antúnez se quedó sin cena. A Vallejo, otro de lo mejorcito de la verbena, le dio un brote de cuidado, se creyó un pitbull entrenado para matar, confundió a la enfermera Galindo con un fila brasileño y le desgarró la yugular. En fin, me dio pena el pobre Antúnez, se había metido tanto en el personaje, que hubiera estado bien haberle visto en todo su esplendor con la mala puta de Galindo, pero el apaño que necesitaba ya estaba hecho. Así que con la enfermera fuera de escena, el traslado al módulo de baja seguridad estaba hecho. Efectivamente, tras dos semanas de cierto revuelo por lo ocurrido, todo volvió a la normalidad, mi diagnóstico se revisó y el traslado se aprobó.

La estancia en el módulo A era muy diferente, cierto que de diez de la noche a siete de la mañana permanecíamos encerrados en las habitaciones y por supuesto, las sesiones de terapia eran obligatorias, pero el resto de tiempo podía ocuparse, bajo una supervisión relativa, en los diversos talleres que el centro ofrecía, dar paseos por el jardín o leer los libros de la biblioteca. Yo me inscribí en el taller de jardinería, en parte porque siempre me ha gustado y me relaja, y en parte y vital, para encontrar un modo de salir de allí.

Mi huida se demoró quizás en demasía, cuatro años y cinco meses transcurrieron desde mi internamiento forzoso hasta mi salida. Hubiera podido largarme algo antes pero, no quería pasar el resto de lo que me quedaba de mi maltrecha vida mirando atrás. Era necesario salir de allí con certificado de defunción, sí el mundo creía que había muerto, el mundo no me tocaría los cojones. Además, aunque no viene mucho a cuento, debía terminar la rosaleda del jardín cuyo resultado fue fantástico.

No voy a contar como logré salir de allí, prometí guardar el secreto. Lo único realmente importante es que ya era libre, pero de forma absoluta, había desaparecido de la faz de la tierra y había confirmación. Aunque igual se me fue un poco demasiado la mano con aquello de desaparecer, pero se abre el coto de caza, especialidad: GC y secuaces.

Esta vez puedo afirmar que continuará, cuándo, no prometo nada. Es por hacerme de rogar y esas cosas…

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