Las vueltas que da la vida. Y bueno, la muerte. (Final GC)

Allí estaba, tan gordo y asqueroso como recordaba. Era la hora de ajustar cuentas, sin embargo, llegar a este momento me había pasado demasiada factura.

He de confesar que mi salida del psiquiátrico fue algo más compleja de lo que tenía planeado, y no es que deba confidencialidad a nadie como manifesté en su momento, simplemente no deseaba contarlo porque me daba una vergüenza atroz. Pero hay que tener en cuenta que fingir una muerte no es tan sencillo, se suele fracasar estrepitosamente, más, cuando se disponen de tan pocos medios como yo por aquel entonces.

El plan inicial era conseguir un cuerpo, meterlo en la caseta donde estaban los útiles de jardinería y prenderle fuego. Y dado lo que importan los locos abandonados a su suerte en este país, mi muerte no trascendería, otro accidente de una mente perturbada más. El problema, de dónde coño sacaba yo un cuerpo. Pensé en darle matarile a alguno de los pacientes, sin embargo, esto conllevaba cierto riesgo, ¿dos pacientes y un solo cuerpo?, por soplapollas que fueran en el centro, los números no cuadraban. No me quedó más remedio que desechar mi brillante idea.

El tiempo transcurría y la bombilla no me se encendía pero cierto lunes, caí en la cuenta de que Lobato, un antiguo compañero de aquellos locos y peligrosos, se supone era chamán. El fulano en cuestión estaba como una auténtica regadera pero tenía un vasto conocimiento sobre todo tipo de hierbajos. Y aunque solía pasar grandes temporadas en aislamiento, yo, por aquello de ganar puntos y vivir mejor, prestaba mi ayuda de forma voluntaria al personal, con los pacientes del sector del que había formado parte apenas hacía unos meses. Por lo que acercarme a él no me supuso grandes complicaciones.

Otra cosa fue entenderme con Lobato, cuando no divagaba sobre el dios H o la diosa Z, lo hacía sobre las brujas de Salem o la calidad de las medias de nylon en la actualidad. Pero quien la sigue la consigue y tras decenas de jornadas infructuosas, logré que me desvelara las magníficas propiedades de la mandrágora. La alegría no duró, porque nuevamente, de dónde puñetas iba yo a sacar mandrágora, no obstante, el hado quiso que Lobato dispusiera de un elixir listo para tomar. Qué sonaba sospechoso, no lo discuto, pero tenía tantas ganas de salir que no sopesé los posibles riesgos que implicaba fiarse de un sádico con delirios de grandeza, lo dicho, era mucho el tiempo que llevaba entre las cuatro paredes del manicomio y la cosa empezaba a afectarme y mucho.

Como era de esperar, el hijo puta no tenía elixir de mandrágora a lo “Romeo y Julieta” para simular mi muerte, lo que tenía era un frasquito con matarratas que me liquidó prácticamente en el acto. El caso es que la palmé de verdad, pero regresé de entre los muertos, o quizás no llegué a irme del todo, para zanjar mis asuntos vengativos pendientes, así, en plan “El Cuervo”, la película, la primera, el resto deja mucho que desear. Lo que pasa es que en vez de tener un majestuoso cuervo “poeiano” a mi lado, el hado guasón quiso asignarme una rata medio tuerta y sucia, a la que por cierto, llamé Clotilde.

Tardé en acostumbrarme a mi nuevo estado, es una sensación extraña, sigues siendo tú pero no exactamente, no sé si me explico. Los recuerdos, los sentimientos y más importante aun cuando eres un espíritu vengativo, los resentimientos, siguen estando ahí, incluso la apariencia es la misma aunque algo más liviana, pero hay algo que falla, estás muerto. De todos modos, Clotilde me ayudó mucho en mi proceso de adaptación, cualquier reticencia que pudiera haber tenido por el hecho de que fuera una rata medio tuerta y sucia, se disipó por completo, y dio paso a una sólida y muerta amistad.

Tuve que ponerme al día sobre numerosas cuestiones. Para empezar, existen diversos tipos de espíritus en función del asunto pendiente a resolver, no es lo mismo algo que te queda por decir, el final de una partida de dominó o el deseo ardiente de que GC sufra una muerte entre terribles sufrimientos. Asimismo, existe un código de conducta común que no se puede infringir de ninguna forma o deberás atenerte a las consecuencias. Y además, otro en función de la categoría espiritual asignada, que regula básicamente las normas que deben acatarse a la hora de resolver el asunto pendiente.

En mi caso, como espíritu vengativo lo tenía jodido, muchas reglas que seguir y poca libertad de movimientos. Sin embargo, había una posibilidad de que GC recibiera lo suyo, cumpliendo a rajatabla los códigos de conducta. Debía recabar las firmas necesarias para que este sufriera como un cabrón, vamos, que para conseguir justicia, debía convertirme en una “Erin Brockovich” en versión fantasma.

Durante varios días, supongo, los muertos no llevamos el tema del tiempo demasiado bien, Clotilde y yo nos dedicamos a vagar por esa dimensión que parece ser la antesala de vaya usted a saber, para conseguir las firmas necesarias. En un principio me parecía algo imposible de lograr, pero cual virus letal, mis intenciones se fueron difundiendo y centenares de espíritus, la mayoría catalogados como almas en pena, se avinieron a mi causa.

Objetivo conseguido, GC se iba a cagar. Antes de salir del psiquiátrico, pensaba en cortarle por la mitad, literalmente, con una sierra eléctrica. Sin embargo, ahora era un “caspercito” por lo que no disponía de esa posibilidad, pero el odio cerval acumulado entre tanta alma en pena y otro tanto espíritu vengativo, le harían reventar e ir derecho, creo, al infierno. Valido también.

Y aquí estoy, con Clotilde, viendo a ese gordo cabrón al que no le queda ni un telediario, pues mi ejército de ánimas entrará en acción en pocos minutos. Y en lo que mi respecta, he decidido que la justicia está bien y reconforta, y como en vida no suele ser habitual, la lograremos una vez muertos. Así que he hablado con las autoridades de estos lares y me han otorgado una licencia especial para que lleve a cabo campañas como la de GC, siempre y cuando cumpla con las normas. Y que quieres que te diga, tras muchos tumbos, creo haber encontrado por fin mi lugar. No en vano, a quién no le gusta que un verdadero hijo de puta se lleve al fin su merecido.

FIN.

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