The lion clown

Los acontecimientos se desarrollaron de tal modo, que no quise ver cuál sería el desenlace. Desenlace por cierto, que ahora, echando la vista atrás y asumiendo los hechos como fueron, estaba cantado.

Hubo una época en la yo tenía objetivos, inquietudes, perspectivas… cuestiones que ahora resultan lejanas e irreales pero que por aquel entonces estaban presentes en mi vida. El inglés era uno de aquellos obstáculos que debía superar para labrarme un futuro mejor, así que con gran decisión me matriculé en una academia de idiomas donde además de lo habitual, te ofrecían una parte impartida por ingleses nativos. Las clases me resultaban francamente duras, pues mi oído para captar la lengua de Shakespeare dejaba, y deja, mucho que desear y tampoco me terminaba de convencer ese carácter tan polite de los británicos. Sin embargo, un golpe de suerte hizo que mi camino se cruzara con el de Tom.

Que quede claro que esta no es una historia de amor, nada más lejos de la realidad, nunca existió entre él y yo atracción, tensión sexual o cualquier otra cosa relacionada con algo parecido a un romance. Simplemente conectamos a nivel intelectual, emocional o como quieras llamarlo, digamos que ambos teníamos un perfil neurótico de manual y el mismo absurdo sentido del humor.

Transcurridas apenas tres clases, la complicidad entre Tom y yo provocó que en vez de malgastar el tiempo con gramática y pronunciación, lo invirtiéramos en amenas charlas sobre nuestra vida y posteriormente, en la planificación de lo que nos encumbraría como “grandes artistas”, el guion de la tragicomedia, él quería tragedia y yo comedia, de “The Lion Clown”. Idea que surgiría de su desmedida pasión por los circos y de la mía por los zoos.

El guion avanzaba lento, pues aunque el título nos parecía sublime, ya he dicho que nuestro sentido del humor era un tanto particular, escasas ideas teníamos para desarrollarlo. Sin embargo, mi conocimiento sobre Tom si crecía cada semana, descubriendo así, mayor inseguridad y menor optimismo de lo que en un principio imaginaba pero sin que ello afectara a nuestra dinámica en lo más mínimo.

Pero todo cambió cuando Tom conoció a Tarantella, nombre que debía de haberle echado para atrás desde el primer momento. La tía estaba como una puta regadera y lo peor, era peligrosa, instintos suicidas a la par que alguno homicida se arrebujaban en sus entrañas, absorbiendo cual agujero negro a un Tom cada día más enamorado. Sé que mis palabras pueden sonar despechadas pero no lo son, lo que afirmo es que a medida que la relación entre ambos se estrechaba, Tom se iba sumiendo cada vez más en ese estado de desesperanza y rencor a todo en general, y a nada en particular, que dominaba la existencia de Tarantella.

Cierto que la vida de esta, siempre según Tom, no había sido precisamente agradable, padre alcohólico y dominante, madre ahogada en la piscina “oficialmente” de forma accidental, novio maltratador, hermano heroinómano… Demasiada tragedia para que aquello fuera verídico, desde mi punto de vista, pero nunca dije nada por temor a que Tom me considerara otro enemigo más y gracias a la discreción por mi parte, mi amistad con él siguió más o menos intacta hasta que su distancia emocional y la mía física fue tal, que hicieron casi el olvido y recalco lo de casi, pues Tom jamás desapareció del todo de mis pensamientos. Y ahora sé que yo tampoco de los suyos.

Los meses transcurrían y Tarantella cada vez estaba más chiflada, me da igual si había o no justificación, el caso es que su paranoia extrema provocaba que su vínculo con Tom se tornara más y más opresivo, alterando los nervios de este a tal extremo que terminó convirtiéndose en un auténtico demente. El día que me despedí de él, no era ya ni una sombra de lo que había sido, solo un guiñapo desaliñado y escuálido, sumido en un estado de desesperación y locura absoluta.

Transcurrirían casi dos años, cuando encontré en mi buzón un sobre negro sin nada que identificara al remitente, lo abrí y encontré la siguiente nota;

Noches sin dormir, sangre en mis brazos, un martillo golpeando perpetuamente mi cabeza, la araña ansiedad me acompaña allí donde voy, mucha cerveza, arcadas, necesito huir a ninguna parte, gritar, chillar, evasión, látigos, polla tiesa, monstruos, demonios, fantasmas acechan, sexo, creo que empiezo a oír voces, negro y rojo, miedo, vértigo, me mareo, se me va la cabeza, ira, las tetas de Tarantella, cansancio, dormir, solo quiero dormir en mi habitación con un payaso disfrazado de león.

Esa misma tarde, paseando sin rumbo con elevado aturdimiento, una pareja de arlequines o algo por el estilo llamó mi atención. Vestían ambos de negro, la cara totalmente blanca, lagrimas azabaches adornaban sus ojos y de repente en uno de ellos, los rasgos pintados de un león. Supe al instante que se trataba de Tom. Iba a acercarme cuando nuestras miradas se cruzaron, allí me quedé, frente a su “The lion clown” y sabiendo que jamás volvería a ver a Tom.

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