Archivos Mensuales: junio 2015

El rubio

El rubio está sentado en una silla al lado de la ventana, mirando sin mirar, rememorando tiempos mejores. Tiempos aquellos en los que era dueño de su destino, tiempos en los que a pesar del frío o el calor, el hambre o los peligros que acechaban en cada esquina, no debía sumisión a nadie.

Había sido guapo, de esos que levantaba tantas pasiones como inquinas al pasar y también valiente, pues por grande y fiero que fuera el adversario, el rubio siempre había presentado cara, prueba de ello, la pérdida de un ojo y un cuerpo cubierto de viejas cicatrices.

Recuerda alguna de esas batallas, pues la memoria a cierta edad ya no perdona. Muchas en las que salía victorioso y otras tantas donde vivo de milagro. Pero ahora ya es soldado viejo. Tuerto, artrítico y con acidez estomacal perenne. Inservible para afrontar la vida que llevaba pero sin acostumbrarse, qué digo acostumbrarse, odiando su nueva condición, pues no hay mañana en la que no ruegue que se lo lleve su maltrecho corazón.

Fantasmas del pasado le atormentan por la noche, lo que agita su casi siempre duermevela, pues desde muy joven se acostumbró a dormir con un ojo abierto y otro cerrado durante algún tiempo y luego, luego no había más cojones que permanecer alerta para salvar el pellejo.

Ya no queda nada por lo que vivir, aquello que fue ha dejado de ser, suele pensar, y todo por una imbécil con delirios de San Francisco de Asís. Si le hubiera dejado tranquilo, angelitos al cielo y su vida hubiera sido plena de principio a fin. Pero no, ella tenía que hacer la buena obrita del día.

Pero hasta aquí hemos llegado esta vez, determina. Harto de vagar cual alma en pena sin  atisbo de luz al final del túnel, con aplomo se sube al alfeizar de la ventana que por fortuna la cretina ha dejado abierta. Ya no hay vuelta atrás, un paso y todo acaba, está preparado, va a hacerlo y de repente, de repente –Pomponeeeeees, corazón que te puedes hacer mucho dañito, anda baja que hoy te he traído pescado del océano con espinacas, me ha dicho Cuca que a Robespierre le encanta.

El rubio da un respingo pero desgraciadamente la mema ya le ha cogido y no hay escapatoria, el salto al vacío, el sueño eterno se esfuma ante el ojo del rubio. Tocan pececitos y maravillosas espinacas, pero vamos a ver, desde cuando un jodido gato, callejero además, come espinacas. Refunfuñando se aleja de su tan ansiada evasión de esta nueva vida cruel, camino del rancho diario.

La panza ya está llena y vive dios que Robespierre tenía razón, el pescado del océano con espinacas, sublime pero la cabeza de la salvagatos, a tres palmos del cuerpo también.