Archivos Mensuales: septiembre 2015

Escarlata

Tras los acontecimientos acontecidos, valga la redundancia, necesitaba unos días de asueto, lejos de El Jardín del Encantado Encantador Descanso y más aún de Ciudad Capital, así que hice el petate, cogí el primer bus a Ciutat Paellil y transcurridas más o menos cuatro horas, me hallé en el rellano del segundo piso de una finca de mala muerte, haciendo acopio de valor para poder llamar a la puerta de mi antigua amiga de jardín de infancia Casilda Becerra.

Casilda Becerra había sido mi mejor amiga desde los ¿tres?, ¿cuatro años?, ¿Cuándo entra uno en jardín de infancia?, bueno, Casilda había sido mi amiga desde que entré en jardín de infancia, fuese a la edad a la que fuese, hasta que nuestros caminos se separaron. A mi me dio por labrarme un futuro lleno de éxitos y dinero matriculándome en filosofía y a Casilda por liberar suuuu, suuuu, su lo que fuera haciéndose pitonisa. Así que con una mano delante y otra detrás se fue a Ciutat Paellil y allí se instaló. Durante los cinco años siguientes mantuvimos el contacto pero la distancia hace el olvido, la cosa se fue enfriando sin que pasara nada… y vamos, que llevaba casi diez años sin saber nada de ella hasta que decidí plantificarme en su casa, a ver si por allí seguía, con todo el morro, para que nos vamos a engañar.

¿Por dónde iba? Ah sí, en el rellano, allí estaba yo deshojando la cuarta margarita para decidir si llamaba o no, cuando un fulano bajito, calvo y rechoncho salió del ascensor secándose el sudor de la cabeza con un pañuelo y con un elevado estado de excitación, no en plan cachondo, sino en plan histérico perdido. Sus ojos desorbitados chocaron bruscamente con los míos y sin mediar palabra me apartó de un manotazo y comenzó a timbrar frenéticamente.

-Va, que ya va, deja de timbrar joder que me lo vas a gastar-. Eso se oía tras la puerta hasta que esta se abrió, dejando al descubierto a una descomunal señora ataviada con una túnica magenta con estampado aleopardado, un turbante también magenta y unas babuchas de, de ¿cristal?

-Pedret, te lo tengo dicho, sin dinero no te echo las cartas, vete a hacer puñetas por ahí, coñe ya”- Dijo la gran valkiria magenta. Pedret el pobre gordito sudoroso, con ojos de cordero degollado dio media vuelta y se fue, y allí me quedé yo sintiéndome David ante Golitat, la venganza, la de Goliat, claro. Sin embargo, aquella que podría haber sido una musa de Rubens, con su mejor sonrisa me invitó a pasar y así lo hice. Cerró la puerta tras de mí y me preguntó qué quería saber sobre mi futuro, yo le intenté explicar qué futuro ninguno el mío pero ella erre que erre con que se vislumbraba amor, pasión y grandes fortunas a la vuelta de la esquina, un huevo de pato viudo.

Conseguí sentar a tan pantagruélica mujer y decirla quien era yo y porqué estaba allí, bueno, lo del porqué me lo inventé, es más fácil aducir una truculenta ruptura que un amago de apocalipsis con ponis incluidos.

-A mis brazos, cuanto tiempo, ya creí que me habías olvidado mala pécora- Afortunadamente recordaba quien era yo, porque yo jamás hubiera imaginado que aquella jovencita de patas largas y medio famélica se convertiría en el gigante verde, perdón, magenta, que era ahora.

Tras un par, vale, cuatro cervezas per cápita, volvíamos a ser las súper mejor amigas del mundo mundial. Me contó que la casa, aunque algo destartalada, era suya, que más o menos llegaba a fin de mes, que su nombre era La Gran Escarlata, de ahí tanto magenta, perdón, escarlata, que tenía un cubano que se la follaba de vez en cuando y que la gente era gilipollas profunda. Poderes ninguno, evidentemente, pero tipos como Pedret, a cientos, solo necesitaban alguien con quién desahogarse y si encima le decías que una rubia despampanante se encontraría en su camino en algún momento no muy lejano, ni te cuento. Yo sentí lástima por aquel pobre diablo, pero he de confesar que la cosa fue efímera porque en ese momento la Casi, como la llamaban en el instituto, entraba con un par de vasos y una botella de Jack Daniels.

Me levanté con una resaca de cojones, la edad que empieza a no perdonar, y fui directa a hacer pis y a beberme al menos un litro de agua. Salía ya del baño para dirigirme a la cocina cuando me interceptó Casilda.

-Hombre, la bella durmiente, menuda mierda la de ayer criatura- Asentí como pude, intentando que dejara libre la entrada de mi oasis particular, el grifo de la jodida cocina. No pudo ser, me cogió de un brazo y me llevó casi en volandas a la “salita de estar”, nunca he entendido el concepto de las salitas de estar, para sentarme en un sillón y enseñarme una sarta túnicas, de las cuales debía elegir una para empezar a construir mi nuevo yo, Constelación Celeste. ¿Perdona? ¿Conste que?, desgraciadamente esas cuestiones vitales se quedaron en mi cabeza pues me dolía tanto, estaba claro que aquello que había bebido era puto matarratas en una botella de Jack Daniels, que seguía sin poder articular palabra.

Tras horas de dimes y diretes sobre mi atuendo, dos litros de agua, tres cervezas, una pizza guarrindonga con mucho queso y una siesta reparadora, estaba lista para mi gran debut, probaría suerte como pitonisa aquí en Ciutat Paellil. Parece ser que durante mi carrera de fondo para conseguir un coma etílico, confesé a Casi que mis aspiraciones de llegar a ser una gran filosofa se habían fosfatinizado, quién hubiera previsto que aquello no tendría ninguna salida, que nada me retenía en Ciudad Capital y que estaba del origami hasta la punta del cipote. Ella me ofreció su casa durante el tiempo que quisiera y me aconsejó que probara en esto del esoterismo. Dado como debía ir, la idea me pareció estupenda.

Y de nuevo allí estaba yo, plantificada en la puerta, esta vez en la parte interior, con un exceso de tela color azul celeste en todo mí ser y una diadema blanca con dos antenas, presentándome ante mi primera, y puede que última, clienta. Suerte que llevaba un par de vasos de matarratas.

Continuará…