Archivos Mensuales: noviembre 2015

Croquetas

Aviso: Ninguna croqueta ha sufrido ningún daño a lo largo del relato. Lo que van a leer a continuación es ficción, pura ficción.

 

No es nada personal, lo juro, la croqueta en sí me cae bien, es campechana como aquel que fue rey, hecha por y para el pueblo, sencilla, humilde… Pero es que a lo largo de todos mis años de existencia, en todo evento que se prestara, ¿qué había?, (redoble de tambor), correcto, las sempiternas croquetas…

Mi vida hasta el momento había sido normal, anodina, como cualquier mujer de clase media, con su familia, sus amigos y sus compañeros de trabajo, todos ellos normales, anodinos, de clase media. Clase media la que yo conozco que parece venerar las croquetas, así que por mucho que me reconcomiera, admitía que en toda reunión, festejo, celebración, velada, cumpleaños, acontecimiento, conmemoración o aniversario hubiera croquetas, ya fueran las clásicas de jamón, alguna más rebuscada de boletus, o las de la Encarni, de cocido.

Pero hete aquí que por caprichos del destino, conseguí ingresar en uno de los clubes más exclusivos de Ciudad Capital, “Los descendientes de la pierna del Cid”, cambiaron pata por pierna por aquello de que pata sonaba chabacano. Yo no me lo creía claro, lo de ingresar aunque lo de pata por pierna…, estaba extasiada, una persona como yo codeándose con la élite, la creme de la creme, la sangre azul. Sin embargo, no era oro todo lo que iba a relucir.

Como ya he dicho, mi ingreso en “Los descendientes de la pierna del Cid” fue pura chorra, un lío de nombres, documentos que se extraviaron, lo típico, vaya. Pero aunque yo mostraba gran entusiasmo, sus miembros no tanto. Me veían como si una vulgar rata sucia y tuerta de alcantarilla estuviese en el palco del Real Palacete disfrutando de Aída, la ópera, no la serie, aunque con sus cerebros vaya usted a saber, con sus correspondientes impertinentes.

Pero con el tiempo las cosas mejoraron nimiamente, alguno de sus miembros “obreros”, no porque trabajaran en la construcción sino porque allí había una sarta gilipollas que se creía la abeja reina y denominaba a todo aquel que no era lo suficientemente chachi como obrero, me fueron aceptando. Y qué queréis que os diga, al principio se me subió a la cabeza el hecho de pertenecer a un círculo tan sumamente selecto aún considerada en él como paria y después, cuando caí de la jodida burra, había gente que ya me importaba, así que decidí continuar.

Los meses siguientes transcurrieron tranquilos, sin grandes incidencias hasta que llegó lo que ellos denominaban como “Divine Bacanal”. Yo al principio me quedé a la expectativa, pues no sabía si aquello se trataba de una orgía masiva o de alguna otra memez de esas mentes privilegiadas del Club, por lo que empecé a indagar. Sin embargo, a pesar de mis dotes detectivescas, poco pude sacar. Parece ser que de sexo en grupo desenfrenado nada, solo una gran comilona en el salón de terciopelo azul índigo. Me apunté. Craso error.

La broma costaba nada más y nada menos que 780 euros, pero bueno que carajo, un día era un día. Por el precio, estaría sentada delante de cientos de exquisiteces regadas con el mejor champagne. Los cojones…

El día de la Divine Bacanal llegó y fuimos conducidos al Gran Salón Azul, joder que angustia. Una sala de terciopelo azul hasta con lazos de terciopelo azul en el puñetero terciopelo azul. Las sillas, las cortinas, las paredes, el techo, el suelo, hasta los camareros eran de terciopelo azul, pero bueno, podía pasar. Tomamos asiento, las abejas reinas a un lado y los “obreros” a otro, por supuesto. Yo excitada y medio en coma, pues no había comido en tres o cuatro días para poder atiborrarme de langosta, caviar, erizo de mar, solomillo… Los camareros al fin hicían su entrada triunfal y no, no puede ser…no…

No daba crédito, os juro que no daba crédito a lo que traían los camareros en esas fuentes de platino, que para qué coño usar platino. Kilos y kilos y más kilos de jodidas croquetas con simples jarras de agua para conseguir una deglución perfecta. Al principio lo achaqué a la falta de alimento pero pronto me di cuenta que no, que efectivamente este garçon solo traía croquetas y agua, al igual que este otro, y el otro y el de más allá y el de la esquina y el que entraba por la puerta… ¡Tocaríamos a  más de un centenar de croquetas por barba! Algo hizo clic o clac o crash.

Mi abogado alegó en el juicio enajenación mental transitoria, no lo sé, solo recuerdo que ver a aquel estúpido grupo que se creía por encima del bien y del mal deglutir croquetas a cascoporro, hizo que mi ira creciera y se descontrolara, lo que provocaría que mi psique, mi corazón y mi alma se quebraran y cogiera croquetas a discreción para metérselas por el gaznate a todo aquel atajo de soplapollas. El resultado, 7 víctimas mortales y 8 heridos, mi veredicto, el resto de mi vida en un psiquiátrico para maniáticos homicidas con problemas sin resolver con las croquetas.

Y aquí estoy, en mi habitación blanca, al lado de mi ventana con barrotes blancos, escribiendo este diario que tan encarecidamente me ha recomendado mi psiquiatra. Ahora les dejo, pues ya son horas y hay croquetas para comer.

 

 

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