Porque los vampiros también lloran

Tras los extraños acontecimientos que rodearon la muerte de Fernanda Garrote, decidí tomarme un respiro e irme a Ciutat Paellil a visitar a mi queridísima y olvidada amiga de la infancia Casilda Becerra. Esta me acogió con gran entusiasmo y seguidora como era de la orden de la Virgen del Puño, me puso en menos que canta un gallo a desplumar clientes con mis recién adquiridos falsos poderes adivinatorios.

Los primeros meses estuvieron bien, sin embargo, en las últimas semanas empecé a notar cierta desazón y a darme cuenta de que mi vida carecía de cualquier sentido. La emoción que pudiera haber tenido en sus comienzos al recibir al pobre diablo y hacer mi paripé con la bola de cristal y mi turbante, habían desaparecido. El aburrimiento y la depresión corrían a sus anchas por todo mi ser. Estaba claro que necesitaba un cambio y de manera urgente si no quería perecer con foie en vez de hígado.

Una noche, de esas de ahogar penas que tan habituales empezaban a ser, me hallaba yo en el sofá en estado de semiembriaguez cuando quiso el destino que atinara con el mando a distancia y sintonizara “Cuarto y mitad de milenio” de  Ícaro Gimeno. Empecé a ver el programa y en algún preciso momento la vi, sí, eso era, ahí estaba la solución a mis problemas existenciales. Resuelta me levanté, apagué el televisor y me dispuse a hacer la maleta ipso facto pero me percaté que quizás fuese mejor posponerlo para el día siguiente y así poder dormirla.

Tras un sueño reparador, con todo recogido y con la pertinente despedida lacrimógena, puse rumbo al aeropuerto para coger el primer vuelo a Drakulvania, sede oficial del vampirismo, a dónde llegaba tres días más tarde por aquello de no estar en temporada alta.

Me instalé en un coqueto motelito al lado de un idílico acantilado, que ríete tú de Despeñaperros, y me dispuse a investigar. El plan era muy sencillo, debía encontrar a un tal Vizconde Drámula para que este me convirtiera en vampiro, pues por lo que había leído, vampiros hay muchos pero vete tú a saber dónde han metido el colmillo, así que las páginas web especializadas recomendaban acudir al primigenio, un poco más caro sí, pero más seguro y con pedigrí.

La cosa fue más compleja de lo que había pensado, el ciudadano drakulniano educado como nadie pero la madre del cordero para sacarles una jodida palabra. Veintitantas botellas de algo parecido al alcohol de quemar tuve que pagar para conseguir saber que el Vizconde se encontraba en el Castillo del Vizconde Drámula, en la ladera noroeste de las Montañas Oscuras, esto es, enfrente del coqueto motelito.

Allí que me presenté dispuesta a que me mordiera el pescuezo para iniciar una vida en la oscuridad, al margen de la sociedad y envuelta en un halo de misterio y glamour gótico. Timbré y la puerta se abrió con ese sonido característico que tienen los porteros automáticos al abrir. Entré y me di de bruces con un apuesto y atlético tiarrón, vestido de punta en blanco, con una sonrisa encantadora y que se presentaba como Vladco no sé qué, asesor personal en lides vampíricas.

Yo flotaba en éxtasis y solo en aquellos escasos momentos en los que conseguía dejar de imaginar todo tipo de cochinadas con Vladco no sé qué, asesor personal en lides vampíricas, escuchaba palabras como mordisco básico, con extras o kit especial. Iba a optar por el kit especial, el favorito de Vladco, pero descubrí que el precio era desorbitado, muy por encima de mis posibilidades como exfalsa pitonisa, así que me tuve que conformar con el básico con tirita.

La experiencia un poco decepcionante, he de decir que el Vizconde se ha vuelto muy comercial. Aquello parecía más una cola para hacerte una analítica que tu gran momento de conversión a ser de las tinieblas. “Que pase el siguiente, gire el cuello, ñam, Lucrecia póngale la tirita, no se la retire hasta dentro de dos minutos si no quiere que le salga moratón, Vladco le cobrará, disfrute de su eternidad y no olvide leerse el manual de instrucciones”. Y ya, a casita rica, sin ningún ritual, ni siquiera una palmadita en la espalda…

En el avión, de vuelta a casa, descubrí que aquello tenía más contraindicaciones que mezclar ácido acetil salicílico con ibuprofeno, que si cuidado con la luz, cuidado con el ajo, los crucifijos, el agua bendita… Y tampoco me había sentado muy allá, estaba como destemplada, algo pálida y así como inapetente. Y quiso además el caprichoso destino que el avión se equivocara de ruta y aterrizáramos en Rancholand, en Estados Juntitos. ¿Perdona?

En el aeropuerto nos dijeron que lamentablemente no sabían cuando conseguiríamos volver debido a la fuga de un tal Telesforito López, conocido por ser un siniestro y peligroso terrorista. Yo desesperadita, mi maleta, mi nueva condición como vampiro y en medio de un puñetero desierto con un bar de mala muerte cada nosecuantas millas y una perenne música country de fondo.

Esta vez me había lucido y de qué manera. Cogí mi maleta y me dirigí al primer bar de mala muerte que pudiera encontrar, para comprobar si el whisky seguía haciéndome el bendito efecto de hace tan solo unos días. Tras veinte o cien o mil millas se hizo la luz, de neón, y entré, me aposenté en la barra y pedí uno doble. Tal como entró aquel brebaje que tan mágico me había parecido antaño salió, con la mala pata de esparcírselo a dos fulanos que tranquilamente conversaban a mi lado.

El más bajito de los dos, de aproximadamente uno noventa, se giró bruscamente con el puño levantado, yo le miré con ojos de cordero degollado y le mostré la mejor de mis sonrisas, lo que no tenía en mente era que la dulce sonrisa fuese acompañada de dos colmillos descomunales. La leche puta, pensé. El fulano, que en un principio había bajado la guardia, al ver semejantes piños, me cogió de las solapas y me sacó fuera escoltado por el otro bigardo de dos metros.

Y allí estaba yo, en medio de ninguna parte con dos fulanos enormes, aunque francamente atractivos, con cara de pocos amigos, sendas estacas, de madera que conste, y balbuciendo latinajos. He de confesar que me puse a llorar desconsoladamente y a farfullar algo así como que me cagaba en mi puta suerte, a la vez que mentaba a mi santa madre por el momento en el que había siquiera considerado que ser vampiro era la solución a mi falta de proyección profesional.

Tras horas de explicaciones en un inglés cuando menos deficitario, conseguí hacerles entender que era mi segunda noche como vampiro, que antes había sido autónoma en el Jardín del Encantado Encantador Descanso pero que debido a ciertos hechos y a mis excesos con la maría había ido a Ciutat Palleil para descansar, pero que por una amiga me hice falsa vidente y que como ello no me realizaba, una noche borracha perdida decidí que mis problemas existenciales se resolverían de un plumazo al hacerme vampiro.

Que pensándolo ahora, me pregunto por qué carajo decidí yo hacerme vampiro, que vería aquel día…

El caso fue que el corazón de los cazavampiros se debió ablandar y me tendieron un pañuelo para que pudiera enjugarme las lágrimas, porque los vampiros también lloran, y sonarme los mocos, y si, los vampiros también tienen mocos. Me recompuse como pude y les invité, por aquello de no haberme matado, a una cerveza, que conseguí beber gracias a un truco de uno de ellos que consistía en verter algunas gotas de sangre en la misma. Después de esta vino otra, y otra y otra…hasta que perdí la cuenta.

Amanecí en el asiento trasero de un coche en marcha con una resaca considerable. Mi primera reacción, saltar por la ventana, sin embargo mi cuerpo no respondió. Pensé que había llegado mi final en manos de un sádico granjero estadojuntinense pero de pronto caí en que era inmortal, jojojo, pues te vas a enterar so cabrón. Abrí los ojos y descubrí que quién conducía era Jake, uno de los cazavampiros y que el otro, Tommy, dormía plácidamente en el asiento del copiloto, entonces recordé la noche anterior, al menos en parte. Me habían contado su vida de caza monstruos variados, que sobrenatural, y yo, cateta de mí, me había unido a su lucha. Decidí que lo mejor era volverse a dormir con el ferviente deseo de despertarme en Ciutat Paellil al lado de mi bola de cristal y mi turbante.

Me desperté unas horas más tarde al anochecer, justo cuando el coche paraba enfrente de otro bar de mala muerte. Salimos, entramos, esto es, del coche y al bar respectivamente, nos sentamos en una mesa y pedimos tres cervezas. Cuando el camarero, si es que a eso se le puede llamar camarero, nos trajo la ronda, alzamos las botellas y brindamos, que carajo, por mi nueva incorporación como cazamonstruos variados aun siendo uno de ellos y por una feliz y plácida Nochebuena.

Feliz Navidad y próspero año nuevo!!

Fin por ahora!

 

 

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6 pensamientos en “Porque los vampiros también lloran

  1. Nubia Imbris Cervantes

    ¡Jajajaja! Me hacía falta ese “final por ahora” para cerrar bien el año.
    Feliz año nuevo y que venga cargado de mucha salud y varias pasiones desbordantes, de esas que hacen que el alma y el cuerpo se sientan más vivos.
    Abrazos, hasta donde andes.

    Responder
    1. elcuadernodeclara Autor de la entrada

      Espero que te haya gustado la nueva entrega… Y créeme que habrá muchas más, al menos eso espero!

      Feliz año y lo mismo té deseo, que el 2016 entre lleno de desbordante felicidad, grandes éxitos y enormes riquezas o al menos, virgencita que nos quedemos como estamos 😋😋

      Un fuerte abrazo allá por esos lares donde tú estés ☺️☺️

      Responder

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