Archivos Mensuales: enero 2016

Cenizo Ciento Porciento y ya de paso, un homenaje a mi manera

En un lejano y cutre reino, un desgarbado damiselo malvivía en una destartalada mansión con sus estomagantes hermanastros y su pérfida madrastra. Su nombre, Cenizo Ciento Porciento y su historia, la que viene a continuación…. Que la disfruten.

Cenizo Ciento Porciento era el hijo único del gran y acaudalado señor Ciento y la encantadora dama Porciento, pero quiso el terrible destino que la encantadora dama Porciento se atragantara con un ganchito naranja con sabor a queso y dejara este mundo. El gran y acaudalado señor Ciento aunque apesadumbrado, resolvió que era necesario encontrar una nueva mujer que satisficiera sus necesidades, culinarias, y cuidara de su pequeño Cenizo.

Fueron semanas agotadoras de un descarte tras otro hasta que ese lunes cualquiera se hizo la luz. El gran y acaudalado señor Ciento se quedó al instante embelesado de aquella majestuosa criatura de moño tirante, ojos pequeños, nariz ganchuda y piel cerosa que respondía al nombre de señora Sotaine. La boda se celebró al día siguiente y el miércoles ya estaban enterrando al pobre gran y acaudalado señor Ciento. El forense dictaminó muerte accidental por estrangulamiento con cuerda de piano, sin embargo, siempre quedaría la alargada sombra de la sospecha, que no la del ciprés, en la figura de la señora Sotaine.

Lo que viene a continuación, se lo pueden imaginar. La señora Sotaine cual doberman psicótico, se hizo dueña y señora de la mansión junto con sus dos estúpidos vástagos, Platanasio y Patatuello, y relegaron al desgarbado heredero Cenizo a señora de la limpieza sin papeles.

“Cenizo lava la porcelana china, Cenizo friega los suelos de mármol, Cenizo plancha mis calzones de seda salvaje, Cenizo ordeña al cabrón montés para mi baño semanal, Cenizo ulula que eso me relaja, Cenizo, Cenizo, Cenizo…”

Los días, los meses, los años… pasaban tristes y anodinos en la vida fatigosa de Cenizo. Ni un ratillo libre para sus cosillas tenía el muchacho, pues se levantaba con los laudes y se acostaba con los maitines, una mierda de vida, vamos. Sin embargo, Cenizo no perdía la esperanza, era de natural alegre y soñador y todos los días imaginaba con Lola; la rata tuerta con la que compartía lúgubre sótano, escueto camastro y rancio pan; cómo sería su vida cuando consiguiera salir de semejante infiernito.

Un jueves cualquiera, como otros tantos jueves, Cenizo se encontraba encerando el parqué de cerezo bonsái cuando llamaron a la puerta. Se disponía a abrir cuando fue embestido por lo que parecía una horda de histéricas hienas que resultaría ser Platanasio y Patatuello, y con ese léxico tan cuidado que les caracterizaba, le espetaron al unísono “largo pringao”. Cenizo siguió a los suyo y ese par de cafres abrió la puerta. Ante ellos, un mensajero real que voceaba el siguiente mensaje:

El Rey de este lejano y cutre Reino se congratula en invitar a todos los damiselos casaderos del reino.

Mañana por la noche en el Palacio de Cristal Rosa Chicle.

Para un baile para con mi hijo heredero del trono, el Príncipe Leopoldete.

Les espero a todos,

Chaíto.

El mensajero real entregó sendas invitaciones a Platanasio y Patatuello, pero también a Cenizo que seguía zascandileando con la cera por allí cerca, cosa que no gustó a los psicopáticos hermanos.

La vida de Cenizo no había sido fácil, no estaba siendo fácil y no iba a ser fácil, al menos en un futuro próximo. Tras dejar todo al día siguiente como los chorros del oro, desempolvó el precioso traje que de su gran y acaudalado padre señor Ciento pudo conservar, lo arregló, se lo puso y como un guante, oye. Se calzó un par de zapatos aunque ligeramente grande que le había lanzado a la cara su dulce hermanastro Platanasio y se atusó el pelo. Radiante y guapo se encaramó a las escaleras y cuando se disponía a bajarlas, zas, colleja al canto de la soput… de su pérfida madrastra.

-¿A dónde vas cretino? Le preguntó.

-Al baile, buena señora. Le contestó.

-Estás muy equivocado gilipollas. Dijo a la vez que le lanzaba escaleras abajo para que los marranos de Platanasio y Patatuello hicieran trizas el traje y de paso, los sueños de Cenizo.

Abatido, regresó a su lúgubre sótano dispuesto a llorar a moco tendido, cuando por arte de birlibirloque se apareció el Duque Blanco con Lola en las manos, pero Cenizo estaba tan triste, que se limitó a decirle que la familia no estaba en casa, solo él, la pobre señora de la limpieza sin papeles. David Bowie se acercó a él y le posó afectuosamente la mano en el hombro.

–Cenizo, he venido por ti, soy digamos, una especie de hada madrina pero no al uso. Hoy irás al baile y triunfarás, brillarás por encima de todos, eso sí, el conjuro solo dura hasta las 12. Cuando se apague el eco de la última campanada, todo lo que de aquí salga volverá a su ser.

Cenizo boquiabierto solo acertó a mover afirmativamente la cabeza y entonces, David Bowie bastón mágico en mano empezó a cantar y hechizar.

I wish you could swim
Like the dolphins
Like dolphins can swim
Though nothing
Will keep us together
We can beat them
For ever and ever
Oh we can be Heroes
Just for one day

Cuando hubo terminado, Cenizo estaba irreconocible; un tío alto, con buen porte, un traje impecable y un pedazo de descapotable, la pobre Lola, que le esperaba en la puerta de la mansión.

Llegó al baile y efectivamente deslumbró, brilló, encandiló y enamoró a todos, incluida a la postiza familia de pacotilla que por desgracia su gran y acaudalado padre señor Ciento le había dejado por herencia y por supuesto, a Leopoldete. Pero como no podía ser de otra forma, llegaron las 12 de la noche y la campana empezó a sonar. Cenizo hizo de tripas corazón y de allí se largó dejándose un pedazo de zapato del 46.

Pero lo que son los caprichos del destino amigos míos. Cuando llegó para adoptar de nuevo su papel de señora de la limpieza sin papeles, allí estaba David Bowie con el príncipe Leopoldete a su lado, que estaba de toma pan y moja, zapato en mano. Qué puedo decir, solo magia, lo que allí sucedió fue magia. Cenizo se acercó, leopoldete también, Cenizo un poco más, Leopoldete otra tanto y así hasta llegar a casi rozarse. Leopoldete se arrodilló y le puso el zapato, era él, no había duda. Se levantó y ambos se fundieron en un apasionado y tierno beso.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado, que no, que es coña. Ahora viene cuando ponemos a todos en su sitio.

 

Cenizo y Leopoldete se casaron y fueron felices y comieron perdices a la par que adoptaron a dos niños preciosos.

Lola permaneció como mascota fiel de la familia hasta su muerte. Pero tranquilos, ya en ese otro mundo se unió con el Duque Blanco para seguir haciendo magia allá donde fuera necesario.

Patatuello se enamoró en el baile del ayudante de cocina que le rechazó al instante. Dolido, en vez de seguir pagándola con Cenizo en particular y con el mundo en general, se encontró a si mismo y se dispuso a enmendar todos sus errores y ya de paso, a luchar por un mundo mejor.

Platanasio corrió peor suerte, pues murió ahogado con un ganchito naranja sabor a queso… ahí lo dejo.

Y desgraciadamente, la señora Sotaine consiguió engatusar a otro y tras una boda y funeral relámpago, esta vez por muerte accidental por envenenamiento con cicuta, siguió haciendo de las suyas. Pero no os preocupéis, que tengo un final para ella de lo más ad hoc para su persona en otra entrega.

 

Hasta siempre Duque Blanco, nos vemos en el otro lado.