Archivos Mensuales: abril 2016

Una historia, paquidermos y cetáceos varios y la espalda de un hijo de la anarquía

Esta es una historia triste, una historia amarga, quizás agripicante, muy alejada de las que tengo por costumbre contar. Sin embargo, a veces, en la vida de una escritorzuela de tres al cuarto que debe trabajar haciendo malabares con paquidermos y cetáceos varios para conseguir llegar a fin de mes, tiene lugar una serie de sucesos a la que no se le debe volver la cara mientras se camina hacia el lado opuesto omitiendo lo acontecido. Todo lo contrario, una escritorzuela de tres al cuarto que hace malabares con paquidermos y cetáceos varios para llegar a fin de mes, debe tirar de libreta y lápiz, anotarlo todo, para después, con el rigor que le caracteriza, relatárselo a ustedes.

 

Pompeyo Tronchapino era el hijo undécimo del undécimo matrimonio de don Epopeyo Tronchapino, famoso cacique de Villahierbajos del Cuasi Centro tirando hacia Abajo. Su madre, la de Pompeyo, había muerto en el parto por una sobredosis de heroína y su padre y hermanos le habían odiado por ello. De este modo, la criatura en vez de crecer en un hogar afectuoso, lo hizo en una siniestra mansión rodeado de odio cerval. Además era enclenque, enfermizo, alérgico a casi todo y pelín demasiado quisquilloso, lo que no hacía sino empeorar su ya de por si lamentable existencia.

 
Sin embargo, la adversidad crea callo por lo que a medida que Pompeyo crecía, lo hacía de igual modo su indiferencia por la especie humana, trayéndosela muy floja lo que pudiesen decir, hacer, dejar de decir o dejar de hacer sus semejantes. Pero había un rescoldo que aún atormentaba a Pompeyo, su apariencia física, pues desde temprana edad había sido objeto de burlas y mofas debido a sus escuálidos brazos, esa chepa incipiente o las pústulas de las piernas. Y aunque él siempre había albergado la esperanza de que cual puto pato feo, terminaría convirtiéndose en un majestuoso y apuesto “cisne” de cabello rebelde, casi metro noventa y espaldas de hijo de la anarquía, la genética no había estado de su parte, pasando así de patito feo a nauseabunda gárgola.

 
A los 17 años ya era un jodido monstruo destripa-gatos, quema-cobertizos y mea-camas que se resarcía de sus tormentos con la flora y fauna más débil de Villahierbajos del Cuasi Centro tirando hacia Abajo, provocando dos infartos y medio a su padre, una tremenda paliza a su hermano quinto y la violación múltiple de su hermana octava. Hasta los cojones ya y apunto de descerrajarle de un tiro, su hermano primero; aquel al que la genética si había sonreído con ese cabello salvaje, aquel casi metro noventa y la espalda de algún hijo de la anarquía aunque fuese bastardo; le puso de patitas en la calle no solo de la siniestra mansión, sino también de Villahierbajos del Cuasi Centro tirando hacia Abajo bajo amenaza de muerte terriblemente lenta en caso de regresar.

 

En tales circunstancias Pompeyo Tronchapino decidió coger su petate, poner pies en polvorosa, pues aunque gustaba de tendencias psicopáticas, la valentía no era un punto fuerte, y vagar por el mundo en adelante sin conseguir, como era de esperar, encajar en ninguna parte. Y de este modo se fueron sucediendo los meses con la misma cantinela; trabajos esporádicos de cuatro o cinco días, pitorreo por parte de los machos alfas y rechazo continuo del sexo femenino.

 

Por ello no es de extrañar que Pompeyo Tronchapino en sus múltiples ratos libres se dedicase a evocar las mil y una maneras de torturar, violar, sodomizar, matar y al fin y al cabo, despedazar por completo a todo ser viviente posado en la faz de la tierra. Evocaciones estas que no se deberían haber puesto en práctica si no hubiera caído en sus manos “El guardián entre el centeno”, inexplicable libro de culto para carniceros varios, y en su camino no se hubiera cruzado Ricardo “La Hiena” Mingorance, sádico sexual con tendencias homicidas de manual.

 
El caso fue que una tarde cualquiera, en un parque de vaya usted a saber dónde, Pompeyo Tronchapino paseaba tranquilamente como llevaba haciendo desde hacía unos meses, pues le había cogido el gustillo a poner cara a cada una de sus terribles evocaciones, cuando por casualidad un banco le atrajo. ¿Qué banco?, uno un poco más allá, a la derecha, donde había un libro, ¿qué libro?, pues cual iba a ser, “El guardián entre el centeno”. Se sentó, cogió delicadamente el libro y comenzó a leer sin descanso hasta que lo hubo terminado. Subyugado en grado sumo por lo que aquel escritor narraba en aquellas páginas, se levantó con nueva determinación, chocándose violentamente con un sujeto que por allí, de nuevo casualmente, pasaba. Tras las disculpas pertinentes cada uno reanudó su camino, pero por alguna extraña razón que ignoramos, ambos echaron la vista atrás cruzándose así sus miradas. Podríamos decir que fue amor a primera vista, el inicio de una relación más que duradera y el comienzo del fin para aquellos que se interpondrían, o ni siquiera, en el camino de aquella jodida maldita pareja.

 
Famosos criminalistas del mundo entero han declarado numerosas veces que el asesino en serie es un sujeto que actúa en solitario, sin embargo, en ocasiones, quizás la puta excepción que confirma la regla, dos gilipollas descerebrados que no tienen donde caerse muertos en lo que al asesinato serial se refiere, tienen la suerte, mala para el resto, de toparse y comenzar así un viaje sangriento que va dejando muerte tras muerte tras su paso.

 
Y esto señores y señoras o señoras y señores es lo que hubiera pasado si de nuevo, los designios del destino no hubiesen actuado, o en este caso, si la escritorzuela de tres al cuarto que hace malabares con paquidermos y cetáceos varios para llegar a fin de mes; sabedora y apuntadora de todo para, con el rigor que le caracteriza, relatárselo a ustedes; no hubiera ido cagando leches a Villahierbajos del Cuasi Centro tirando hacia Abajo a contárselo todo al hermano primero; al que la genética había sonreído con ese cabello salvaje, el casi metro noventa y las espaldas de un hijastro o sobrino-nieto de la anarquía; y tras un buen polvo, pues servidora se lo merece; se lo hubiera cascado todo y cual dúo de héroes al más puro estilo de los Estados Juntitos de Allende los mares, hubiese cogido la moto, dirigido al motel de mala muerte donde se hospedaba la pareja de pre asesinos en serie dispuesta a cometer su primera matanza y se los hubiera cargado entre terribles sufrimientos.

 
De nada.

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