Jueeegooo, con mi melocotoneeerooo

Blanca estaba contenta, muy contenta, pues tras muchos meses de sequía había conseguido ligar, bueno, ligar lo que se dice ligar, no, pero estaba claro que Pruden estaba coladito por sus huesos. El problema era que Pruden era considerado un poco pardillo a la par que cerdo dentro del grupo del novio de su prima Laura, pero no era feo, quizás el bigote no le sentaba demasiado bien pero cuando se afeitaba tenía su gracia. Además, estaba bien de figura y para nada era tonto, de hecho quizás fuese el que tuviera más conversación de entre todos aquellos sacos de testosterona, aunque claro, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Pero no, estaba claro, si escribía, accedería a verse con él.

 

Y efectivamente Blanca no se equivocaba, Pruden le había echado el ojo nada más entrar al garito aquel sábado por la noche. Era perfecta, ni alta ni baja, de aspecto frágil, de una belleza natural que recordaba al campo y lo más importante, con esa mirada perenne de gacela momentos antes de ser devorada por un gato muy grande. Estaba claro, la escribiría y comenzaría el baile del cortejo que tan emocionante le resultaba a Pruden.

 

La pareja se vio un día y otro y otro más… el problema es que Blanca no se dejaba hacer. Ella era muy casta y muy pura, la prima Laura, un toro de Mihura, también guardaba a buen recaudo el honor del objeto de sus deseos más oscuros y su amigo Federico, el novio a la par que pitbull de presa, tampoco le ayudaba precisamente en su empresa. Pero Pruden gustaba de retos difíciles y no cejaría en su empeño hasta llevar al huerto a su tan deseada Blanca.

 

Casi medio año de rosas blancas, cafés a media tarde y zalamerías varias le costaron a Pruden el primer toqueteo indecoroso, pero estaba conseguido, el muro de contención o lo que es lo mismo, la barrera defensiva de la chica estaba franqueada. Blanca estaba enamorada hasta el tuétano y dispuesta a entregarse totalmente a su caballeroso y paciente galán, por lo que su plan podía llevarse a cabo sin problema alguno la semana que viene.

 

Viernes por fin y Pruden lo tenía atado, bien atado. Cena de raviolis a la marinara regados con lambrusco rosado en la trattoria de su amigo Giancarlo, bautizado por su madre como Luis Ricardo, después unos elegantes cócteles en el chill out de moda y finalmente noche de desenfreno en su mansión, o casa de pueblo que viene a ser lo mismo. Aunque técnicamente, la mansión, o casa de pueblo que viene a ser lo mismo, era de sus padres, pero estos no estaban, por fortuna se encontraban jugando al limbo en Benidorm, lo que le permitía disfrutar sin prisas de la hermosa Blanca.

 

Pero como suele pasar, el plan no salió como Pruden esperaba. La trattoria había sido clausurada tres horas antes por sanidad, ya que el inspector Antúnez de paisano se había dado de bruces con dos trabajadores infectados de rabia, un dueño vestido de bailarina de ballet puesto de maría hasta el cuello y cinco manadas de rinocerontes o ratas, seguía sin tenerlo claro. De este modo, la pareja tuvo que cambiar los raviolis y el lambrusco en un coqueto aunque insalubre restaurante, por un bocata de panceta con queso y una cerveza de bote en la casa de comidas de un tal Manolo el Errante que cumplía a raja tabla con la normativa.

 

Por su parte, el chill out tenía tal cola, que esta se salía de la provincia, por lo que nuevamente el puto plan se venía abajo. Sin embargo, el alcohol era una pieza fundamental para su maquiavélico plan, ya que, sin este bebedizo mágico, Blanca no accedería bajo ningún concepto a lo que Pruden deseaba hacer. Así que no le quedó más remedio que dar una vuelta por los alrededores con el objetivo de encontrar un bar, pub o tasca de mala muerte que les pudiera servir un par de tragos. El destino estaba claramente en su contra, o lleno o cerrado, pero eso no le aguaría la fiesta, el chino de la esquina, pues siempre hay un chino en una esquina, les vendería un par de cervezas. No había chino en la esquina porras, pero si un rumano con clínex y bajo la chaqueta, botellitas de un brebaje artesano llamado tuica. No había más opción.

 

Parece que el destino cabrón empezaba a sonreír tímidamente, la tuica esa era fuerte y Blanca no bebía demasiado, por lo que la castaña que llevaba era más que idónea para las ideas que rondaban la cabecita de Pruden. Se montaron en el coche y allí que se fueron a la mansión, o casa de pueblo que viene a ser lo mismo, de los padres ausentes por estar jugando al limbo en Benidorm, del caballeroso y paciente galán.

 

Eran las diez de la mañana y aunque el sol brillaba, hacía un frío del carajo ya que el grajo volaba bajo. Todo estaba en su sitio y lo que no debía estar, quemado, la piscina limpia y cerrada con suelo corredizo de madera, el decimocuarto melocotonero plantado, la nueva hornada de confitura especial a punto para el concurso y hecho el hueco para el trofeo que Pruden también ganaría este año por conseguir inexplicablemente los melocotones más sabrosos de la región.

 

Fin!

 

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4 pensamientos en “Jueeegooo, con mi melocotoneeerooo

  1. bosque baobab

    Ay pobre Pruden. Eso es paciencia y lo demás son tonterías. Imagino que cuando le pida matrimonio a Blanca no le pedirá la mano… porque de manos tiene que haberse jartao 😉
    Qué bien volver a leerte. Sabes que soy tu fan número pi; no pitido de censura sino tres catorce dieciseis y así hasta el infinito.

    Besos

    Responder

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