Archivos Mensuales: julio 2017

Historias para no dormir. Tercera parte

Imaginad un junco solitario en la vera de un río azotado por un vendaval. Pues eso mismito era yo en aquellos momentos. Sin embargo, tembleques aparte, mi cuerpo era absolutamente incapaz de realizar cualquier otro tipo de movimiento, ni mi cerebro de ordenar o generar idea alguna. Lo dicho, el junco solitario a la vera del río azotado por un vendaval. Afortunadamente, Pasadoporagua desconocía el aspecto de Matilde Victoria Bronce Armada y afortunadamente, Pasadoporagua tenía más bien poquita perspicacia, ya que fue incapaz de relacionar mi estado “imperterritoagitado” con la entrada de mis vecinos.

 

Estos en seguida desaparecieron en el ascensor, y yo, pude recomponerme, coger a Pasadoporagua del otro brazo, subírmelo a casa y contarle a trompicones que acabábamos de ver a nuestra sospechosa, en compañía de un hacker y seguramente su hijo. Pasadoporagua tras dar tres vueltas por el salón, se sentó a mi vera, me cogió de la mano, escudriñó mis ojos, y cuando pensaba que iba a declararse o algo así, me espetó, no hay tiempo que perder, la verdad está en el sexto, al más puro estilo Mulder.

 

Echando la vista atrás, reconozco que me debió dar algún tipo de aire, porque visto lo visto hasta el momento, no sé cómo fui capaz de seguir metiéndome más y más en la boca del lobo sin acudir a las autoridades. Pero el caso es que así fue. Me bebí un par de chupitos de vodka por aquello de hacer acopio de valor y cual cordera, me fui derecha al sexto, detrás del valiente y majo Pasadoporagua.

 

Llamé al timbre y al instante salió Matilde Victoria Bronce Armada con las manos llenas de harina y ataviada con un chándal y un delantal. Sonreí bobaliconamente, puesto que carecíamos de plan de actuación, pero mi cerebro estuvo agudo por una vez en la vida.

 

-Verás-, dije yo, -Creo que hay una fuga de agua, el techo de mi cuarto de baño tiene una mancha que crece a diario.-

 

Y ya estaba terminando, solo me quedaba diario, cuando me arrepentí enormemente de lo que acababa de salir por mi boca. De dónde coño iba a sacar yo una mancha en el techo de mi cuarto de baño en caso de que Matilde Victoria Bronce Armada quisiera verla. Sin embargo, de forma inaudita, mi cerebro volvió a actuar y me sacó del embrollo.

 

-Pero creo que la culpa es del vecino del séptimo.–

 

-Cariño, solo hay seis pisos, pero pasad, pasad, que tú y tu amigo tenéis muy mala carucha. – Nos dijo Matilde Victoria Bronce Armada que se asemejaba más a una preocupada y cariñosa madre que a una secuestra Franzinas.

 

A tal punto llegados, sabía que iniciaba un camino sin retorno. Pasamos y Matilde Victoria Bronce Armada nos acomodó en dos sillas plegables de playa, pues estaban tapizando el sofá. Dos sillas plegables de playa idénticas a la que salía en el vídeo del secuestro de Franzina, mucha coincidencia. Pere hete aquí que en el mueble que tenía a mi izquierda, había una foto enmarcada donde salía lo que debía ser toda la familia en Soria. Matilde Victoria Bronce Armada, el niño hacker cabrón del sexto y bien supuesto hijo pequeño, un señor bajito y con bigote que no era Franco, ni Hitler, sino, seguramente Carlos Hipólito Carrascosa Muela y esposo de Matilde Victoria Bronce Armada y, el puto genio informático del programa de gnomos de jardín. Del programa de Pasadoporagua.

 

Me levanté cual centella, balbuceé una disculpa a Matilde Victoria Bronce Armada por la interrupción y volé escaleras abajo para encerrarme en mi casa. El corazón se me salía por la boca, los pulmones me ardían y el miedo que sentía en aquel momento era indescriptible. Solo atinaba a dar vueltas sobre misma como un can que persigue su cola, hasta que me dije, para el carro muñeca, tú eres una roca, una roca que permanece imper…, mierda, que no, que tengo miedo, que quiero ir a casa con mami. No estoy orgullosa de esos momentos, pero una contable de pyme no está acostumbrada a jugarse los cuartos con vete tú a saber que clase de chinados.

 

Estuve así largo rato, esto es, dando vueltas, siendo una roca y queriendo irme a casa con mamá alternativamente, hasta que oí como se abría la puerta del sexto y a Pasadoporagua agradeciendo la hospitalidad y despidiéndose de Matilde Victoria Bronce Armada. Corriendo me dirigí a la cocina y cogí mi mellado y poco afilado cuchillo jamonero, para apostarme acto seguido al lado de la puerta agudizando el oído todo lo que me era posible. No daba crédito, Pasadoporagua estaba bajando las escaleras, Pasadoporagua encendía la luz de mi rellano y Pasadoporagua tocaba el timbre de mi puerta.

 

Mi debate interno era frenético. Estaba claro que no debía abrir la puerta, pero una parte de mi me empujaba a hacerlo. Quería saber, no, necesitaba conocer la verdad de todo lo que había pasado y seguía pasando. Así que ni corta, ni perezosa, o lo que es lo mismo, actuando con una insensatez rayana en la locura, abrí la puerta de par en par y dejé que Pasadoporagua entrara, no sin antes curarme en salud, dándole un cenicerazo en la cabeza.

 

Cayó inconsciente al suelo de forma estrepitosa y temí que el golpe le hubiera mandado derechito al otro barrio. Sin embargo, al anochecer empezó a despertarse. Veinte minutos después se recuperaba por completo, se veía sentado y atado a una silla, de salón, que no plegable de playa, y a mí en frente cuchillo jamonero mellado y poco afilado en mano esperando a que cantara claro.

 

Continuará…

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