Archivos Mensuales: agosto 2017

Historias para no dormir. Cuarto y penúltimo acto, espero.

El valiente y majo Pasadoporagua, ya no era ni tan majo, ni tan valiente. El capullo, aunque muy gallito al principio, había terminado por claudicar ante mis eficaces artes de tortura, que vieron su culminación con el visionado ininterrumpido de la primera temporada de La Casa de la Pradera. Sin embargo, en vez de ver la luz al final del túnel, el caso se impregnaba de un aire siniestro que me ponía los pelos de punta.

 

Según Pasadoporagua, todo estaba preparado, era un vulgar montaje como el resto de programas. Pero en este, habían querido dar una vuelta de tuerca para poner aún más en vilo a los espectadores y con un poco de suerte, ganar un Pulitzer o un TP de oro. Pues si normalmente el gnomo malvado de jardín acudía a la cita trampa y allí se las veía con el equipo, la víctima y Pasadoporagua, en el de Franzina, el gnomo debía secuestrarla, para, tras unas tomas de Pasadoporagua a lo Sherlock Holmes, rescatarla sana y salva y advertir de los peligros que acechan en la red.

 

Pero el plan se había torcido con el número de teléfono del supuesto gnomo malvado de jardín, ya que el detective debería haber identificado a un tal Jonathan Esposito, en vez de a mi vecina Matilde Victoria Bronce Armada. Por supuesto, Jonathan Esposito era el gnomo malvado de jardín encarnado por el actor conocido en su casa como Poncho Gallardo.

 

En este punto, paré al ahora locuaz Pasadoporagua y le expuse con férreos argumentos que algo no me cuadraba. Él, cuando se presentó en mi casa con el número, ya conocía a quién pertenecía, por lo que lo normal, hubiera sido cantar la gallina y asumir que algo había salido mal. Claro meridiano lo veía hasta que, con sus malas artes de encantador de serpientes, me hizo dudar. Su explicación, la que sigue.

 

Claro que se llevó un susto de muerte cuando, tras tres comprobaciones con el detective, constató que efectivamente el móvil pertenecía a una tal Matilde Victoria Bronce Armada, pero con actores de por medio ya se sabía. Todos quieren destacar, darle ese toque personal, dejarse llevar por el personaje. Así que decidió, como buen compañero de reparto, seguir el juego del actor conocido en su casa como Poncho Gallardo. Y, además estaba el hecho de que se trataba de mi vecina…

 

Notaba que mi voluntad flaqueaba con este imbécil, así que esgrimí mi mellado y poco afilado cuchillo jamonero y se lo puse en la garganta. Le miré a los ojos y le susurré al oído:

 

-Te advierto majo y valiente Pasadoporagua que me tienes hasta los mismísimos cojones y empiezo a notar que cada vez me importa menos todo, que el contacto con la realidad se diluye. Esto amigo mío, favorece que ahora o dentro de un rato, decida…, decida que voy a cortarte el pescuezo, por ejemplo, y créeme que con este cuchillo morirás antes de una infección que desangrado. Así que, si quieres evitar morir entre terribles sufrimientos, haz el favor de contarme qué coño está pasando realmente-.

 

Mis ojos de perturbada y mis palabras tuvieron el efecto deseado, porque tras orinarse encima, me juró y perjuró por sus dignos antepasados que todo lo que me había contado hasta el momento no era más que la pura verdad.

 

Limadas ya nuestras pequeñas diferencias, continuó con el relato de la más pura verdad.

 

Tras confirmar que el número pertenecía a Matilde Victoria Bronce Armada, el detective comenzó a indagar hasta que descubrió que se trataba de una de mis vecinas, por lo que Pasadoporagua creyó que Franzina me había comentado de qué iba el percal. De ahí su comportamiento en mi casa, pues quería descubrir de qué modo estaba yo implicada y qué sabía de los planes de Poncho Gallardo. Sin embargo, al ver mi reacción respecto del desenmascare de la persona que estaba tras los mensajes y llamadas que atemorizaban a Franzina, se percató de que no tenía ni zorra de lo que acontecía, motivo por el cual quiso subir al sexto y comprobar que relación tenía Matilde Victoria Bronce Armada con Poncho Gallardo.

 

Pero como era de reacción lenta, dicho por él mismo, no reparó en el hecho de que las sillas de playa donde nos habíamos sentado eran idénticas a la que salía en el vídeo del secuestro y lo más inquietante, que su experto informático, despedido el mismo día del montaje del secuestro por su mala acogida por el público como experto informático, ya lo decía yo, salía en una foto con Matilde Victoria Bronce Armada, su hijo pequeño y lo que suponía. el marido de la misma, hasta que hui de forma despavorida de la casa.

 

Fijados estos hechos, que se tornaban cada vez más extraños, decidió husmear un poco para confirmar que, en efecto, el experto informático despedido era el hijo mayor de Matilde Victoria Bronce Armada, que tenían un garaje y una casita aislada cerca de Torrelodones y que, Víctor José, el experto informático despedido, llevaba tiempo con el teléfono de su madre en su poder. Con estos descubrimientos, bajó a mi casa para informarme, pero allí, tras un golpetazo en la cabeza, perdió la consciencia, recuperándola un poco después y encontrándose atado y frente a mi cuchillo en mano.

 

Reflexioné unos instantes, hice de tripas corazón por enésima vez desde que me había visto envuelta en aquella rocambolesca y macabra historia y desaté a Pasadoporagua. Le dejé que se duchara por aquello de la orina, le presté un pantalón de chándal holgado y una camiseta xxl de Ultramarinos Paco Ching Li y saque un par de cervezas para poner ideas en común e intentar sacar algo en claro de todo este asunto.

 

Continuará…

 

 

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