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Historias para no dormir. Cuarto y penúltimo acto, espero.

El valiente y majo Pasadoporagua, ya no era ni tan majo, ni tan valiente. El capullo, aunque muy gallito al principio, había terminado por claudicar ante mis eficaces artes de tortura, que vieron su culminación con el visionado ininterrumpido de la primera temporada de La Casa de la Pradera. Sin embargo, en vez de ver la luz al final del túnel, el caso se impregnaba de un aire siniestro que me ponía los pelos de punta.

 

Según Pasadoporagua, todo estaba preparado, era un vulgar montaje como el resto de programas. Pero en este, habían querido dar una vuelta de tuerca para poner aún más en vilo a los espectadores y con un poco de suerte, ganar un Pulitzer o un TP de oro. Pues si normalmente el gnomo malvado de jardín acudía a la cita trampa y allí se las veía con el equipo, la víctima y Pasadoporagua, en el de Franzina, el gnomo debía secuestrarla, para, tras unas tomas de Pasadoporagua a lo Sherlock Holmes, rescatarla sana y salva y advertir de los peligros que acechan en la red.

 

Pero el plan se había torcido con el número de teléfono del supuesto gnomo malvado de jardín, ya que el detective debería haber identificado a un tal Jonathan Esposito, en vez de a mi vecina Matilde Victoria Bronce Armada. Por supuesto, Jonathan Esposito era el gnomo malvado de jardín encarnado por el actor conocido en su casa como Poncho Gallardo.

 

En este punto, paré al ahora locuaz Pasadoporagua y le expuse con férreos argumentos que algo no me cuadraba. Él, cuando se presentó en mi casa con el número, ya conocía a quién pertenecía, por lo que lo normal, hubiera sido cantar la gallina y asumir que algo había salido mal. Claro meridiano lo veía hasta que, con sus malas artes de encantador de serpientes, me hizo dudar. Su explicación, la que sigue.

 

Claro que se llevó un susto de muerte cuando, tras tres comprobaciones con el detective, constató que efectivamente el móvil pertenecía a una tal Matilde Victoria Bronce Armada, pero con actores de por medio ya se sabía. Todos quieren destacar, darle ese toque personal, dejarse llevar por el personaje. Así que decidió, como buen compañero de reparto, seguir el juego del actor conocido en su casa como Poncho Gallardo. Y, además estaba el hecho de que se trataba de mi vecina…

 

Notaba que mi voluntad flaqueaba con este imbécil, así que esgrimí mi mellado y poco afilado cuchillo jamonero y se lo puse en la garganta. Le miré a los ojos y le susurré al oído:

 

-Te advierto majo y valiente Pasadoporagua que me tienes hasta los mismísimos cojones y empiezo a notar que cada vez me importa menos todo, que el contacto con la realidad se diluye. Esto amigo mío, favorece que ahora o dentro de un rato, decida…, decida que voy a cortarte el pescuezo, por ejemplo, y créeme que con este cuchillo morirás antes de una infección que desangrado. Así que, si quieres evitar morir entre terribles sufrimientos, haz el favor de contarme qué coño está pasando realmente-.

 

Mis ojos de perturbada y mis palabras tuvieron el efecto deseado, porque tras orinarse encima, me juró y perjuró por sus dignos antepasados que todo lo que me había contado hasta el momento no era más que la pura verdad.

 

Limadas ya nuestras pequeñas diferencias, continuó con el relato de la más pura verdad.

 

Tras confirmar que el número pertenecía a Matilde Victoria Bronce Armada, el detective comenzó a indagar hasta que descubrió que se trataba de una de mis vecinas, por lo que Pasadoporagua creyó que Franzina me había comentado de qué iba el percal. De ahí su comportamiento en mi casa, pues quería descubrir de qué modo estaba yo implicada y qué sabía de los planes de Poncho Gallardo. Sin embargo, al ver mi reacción respecto del desenmascare de la persona que estaba tras los mensajes y llamadas que atemorizaban a Franzina, se percató de que no tenía ni zorra de lo que acontecía, motivo por el cual quiso subir al sexto y comprobar que relación tenía Matilde Victoria Bronce Armada con Poncho Gallardo.

 

Pero como era de reacción lenta, dicho por él mismo, no reparó en el hecho de que las sillas de playa donde nos habíamos sentado eran idénticas a la que salía en el vídeo del secuestro y lo más inquietante, que su experto informático, despedido el mismo día del montaje del secuestro por su mala acogida por el público como experto informático, ya lo decía yo, salía en una foto con Matilde Victoria Bronce Armada, su hijo pequeño y lo que suponía. el marido de la misma, hasta que hui de forma despavorida de la casa.

 

Fijados estos hechos, que se tornaban cada vez más extraños, decidió husmear un poco para confirmar que, en efecto, el experto informático despedido era el hijo mayor de Matilde Victoria Bronce Armada, que tenían un garaje y una casita aislada cerca de Torrelodones y que, Víctor José, el experto informático despedido, llevaba tiempo con el teléfono de su madre en su poder. Con estos descubrimientos, bajó a mi casa para informarme, pero allí, tras un golpetazo en la cabeza, perdió la consciencia, recuperándola un poco después y encontrándose atado y frente a mi cuchillo en mano.

 

Reflexioné unos instantes, hice de tripas corazón por enésima vez desde que me había visto envuelta en aquella rocambolesca y macabra historia y desaté a Pasadoporagua. Le dejé que se duchara por aquello de la orina, le presté un pantalón de chándal holgado y una camiseta xxl de Ultramarinos Paco Ching Li y saque un par de cervezas para poner ideas en común e intentar sacar algo en claro de todo este asunto.

 

Continuará…

 

 

Historias para no dormir. Tercera parte

Imaginad un junco solitario en la vera de un río azotado por un vendaval. Pues eso mismito era yo en aquellos momentos. Sin embargo, tembleques aparte, mi cuerpo era absolutamente incapaz de realizar cualquier otro tipo de movimiento, ni mi cerebro de ordenar o generar idea alguna. Lo dicho, el junco solitario a la vera del río azotado por un vendaval. Afortunadamente, Pasadoporagua desconocía el aspecto de Matilde Victoria Bronce Armada y afortunadamente, Pasadoporagua tenía más bien poquita perspicacia, ya que fue incapaz de relacionar mi estado “imperterritoagitado” con la entrada de mis vecinos.

 

Estos en seguida desaparecieron en el ascensor, y yo, pude recomponerme, coger a Pasadoporagua del otro brazo, subírmelo a casa y contarle a trompicones que acabábamos de ver a nuestra sospechosa, en compañía de un hacker y seguramente su hijo. Pasadoporagua tras dar tres vueltas por el salón, se sentó a mi vera, me cogió de la mano, escudriñó mis ojos, y cuando pensaba que iba a declararse o algo así, me espetó, no hay tiempo que perder, la verdad está en el sexto, al más puro estilo Mulder.

 

Echando la vista atrás, reconozco que me debió dar algún tipo de aire, porque visto lo visto hasta el momento, no sé cómo fui capaz de seguir metiéndome más y más en la boca del lobo sin acudir a las autoridades. Pero el caso es que así fue. Me bebí un par de chupitos de vodka por aquello de hacer acopio de valor y cual cordera, me fui derecha al sexto, detrás del valiente y majo Pasadoporagua.

 

Llamé al timbre y al instante salió Matilde Victoria Bronce Armada con las manos llenas de harina y ataviada con un chándal y un delantal. Sonreí bobaliconamente, puesto que carecíamos de plan de actuación, pero mi cerebro estuvo agudo por una vez en la vida.

 

-Verás-, dije yo, -Creo que hay una fuga de agua, el techo de mi cuarto de baño tiene una mancha que crece a diario.-

 

Y ya estaba terminando, solo me quedaba diario, cuando me arrepentí enormemente de lo que acababa de salir por mi boca. De dónde coño iba a sacar yo una mancha en el techo de mi cuarto de baño en caso de que Matilde Victoria Bronce Armada quisiera verla. Sin embargo, de forma inaudita, mi cerebro volvió a actuar y me sacó del embrollo.

 

-Pero creo que la culpa es del vecino del séptimo.–

 

-Cariño, solo hay seis pisos, pero pasad, pasad, que tú y tu amigo tenéis muy mala carucha. – Nos dijo Matilde Victoria Bronce Armada que se asemejaba más a una preocupada y cariñosa madre que a una secuestra Franzinas.

 

A tal punto llegados, sabía que iniciaba un camino sin retorno. Pasamos y Matilde Victoria Bronce Armada nos acomodó en dos sillas plegables de playa, pues estaban tapizando el sofá. Dos sillas plegables de playa idénticas a la que salía en el vídeo del secuestro de Franzina, mucha coincidencia. Pere hete aquí que en el mueble que tenía a mi izquierda, había una foto enmarcada donde salía lo que debía ser toda la familia en Soria. Matilde Victoria Bronce Armada, el niño hacker cabrón del sexto y bien supuesto hijo pequeño, un señor bajito y con bigote que no era Franco, ni Hitler, sino, seguramente Carlos Hipólito Carrascosa Muela y esposo de Matilde Victoria Bronce Armada y, el puto genio informático del programa de gnomos de jardín. Del programa de Pasadoporagua.

 

Me levanté cual centella, balbuceé una disculpa a Matilde Victoria Bronce Armada por la interrupción y volé escaleras abajo para encerrarme en mi casa. El corazón se me salía por la boca, los pulmones me ardían y el miedo que sentía en aquel momento era indescriptible. Solo atinaba a dar vueltas sobre misma como un can que persigue su cola, hasta que me dije, para el carro muñeca, tú eres una roca, una roca que permanece imper…, mierda, que no, que tengo miedo, que quiero ir a casa con mami. No estoy orgullosa de esos momentos, pero una contable de pyme no está acostumbrada a jugarse los cuartos con vete tú a saber que clase de chinados.

 

Estuve así largo rato, esto es, dando vueltas, siendo una roca y queriendo irme a casa con mamá alternativamente, hasta que oí como se abría la puerta del sexto y a Pasadoporagua agradeciendo la hospitalidad y despidiéndose de Matilde Victoria Bronce Armada. Corriendo me dirigí a la cocina y cogí mi mellado y poco afilado cuchillo jamonero, para apostarme acto seguido al lado de la puerta agudizando el oído todo lo que me era posible. No daba crédito, Pasadoporagua estaba bajando las escaleras, Pasadoporagua encendía la luz de mi rellano y Pasadoporagua tocaba el timbre de mi puerta.

 

Mi debate interno era frenético. Estaba claro que no debía abrir la puerta, pero una parte de mi me empujaba a hacerlo. Quería saber, no, necesitaba conocer la verdad de todo lo que había pasado y seguía pasando. Así que ni corta, ni perezosa, o lo que es lo mismo, actuando con una insensatez rayana en la locura, abrí la puerta de par en par y dejé que Pasadoporagua entrara, no sin antes curarme en salud, dándole un cenicerazo en la cabeza.

 

Cayó inconsciente al suelo de forma estrepitosa y temí que el golpe le hubiera mandado derechito al otro barrio. Sin embargo, al anochecer empezó a despertarse. Veinte minutos después se recuperaba por completo, se veía sentado y atado a una silla, de salón, que no plegable de playa, y a mí en frente cuchillo jamonero mellado y poco afilado en mano esperando a que cantara claro.

 

Continuará…

Historias para no dormir. Segunda entrega

Si mi cara era un poema, ni te cuento la del majo y valiente Pasadoporagua, de Ilíada como poco. Pero lo que estaba claro es que Franzina había desaparecido, bajo coacción seguramente, que hacía un frío de cojones y que no podíamos quedarnos allí pasmados mucho más tiempo sin hacer nada al respecto. Así que, tras digerir, y era mucho digerir en tan poco tiempo, los acontecimientos, resolví que lo mejor era acudir de una puñetera vez a la policía y dejar que ellos, los verdaderos profesionales en estas lides, se encargaran. Pero como no, de nuevo mis argumentos, aunque plagaditos de sentido común, no surtieron efecto. Pasadoporagua adujo que desconocíamos el hecho de si realmente había habido un secuestro, puesto que Franzina se podía haber ido por su propia voluntad, así que antes de molestar a la fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, lo mejor era intentar localizarla.

 

Asentí como jodida cordera y saqué el móvil para llamar a Franzina. Apagado o fuera de cobertura, a la policía. Puede que no tenga cobertura o se haya quedado sin batería. Bien, me acercaré a su casa. Mejor te acompaño, no vaya a ser. Bien. Perfecto, vamos.

 

Como era de esperar, en su casa no estaba, pero Pasadoporagua no daba su brazo a torcer, pues ahora argumentaba que las desapariciones no podían denunciarse hasta pasadas 48 horas. Yo le intenté meter en la mollera que no se trataba de una desaparición sino de un secuestro, y aunque era cierto que solo habíamos visto el coche huir calle abajo a toda velocidad, el caso revestía cierta gravedad habida cuenta de que un posible maniaco homicida acosaba a Franzina. Sin embargo, me veía incapaz de seguir batallando mucho más. Tenía frío, sueño y la cabeza embotada, así que sintiéndolo mucho por Franzina, le dije amén hermano, tú ganas, que yo me voy a casa a dormir y mañana hablamos.

 

Soñé mucho y raro aquella noche, pero para mi sorpresa, amanecí despejada y con fuerzas renovadas para encontrar a mi amiga Franzina o pegarle un estacazo a Pasadoporagua para acudir de una vez por todas a la policía. Pero no sin antes tomarme mi café, echar un ojo a los periódicos del día por si algo se mencionaba y comprobar mi correo. En los rotativos no había rastro de ningún incidente de aquellas características, pero cuando abrí mi correo, en la bandeja de entrada, acechante y amenazador, reposaba un correo del hombre de negro 27 sin asunto, sin texto. Únicamente un archivo adjunto. Hice de tripas corazón y descargué el maldito archivo.

 

El vídeo, siento decir, era cutre de narices. En él, aparecía Franzina atada a una silla plegable de playa en lo que supuse un garaje, pues se vislumbraban un par de culos de coches y una bicicleta antediluviana, con un ejemplar del “20 minutos y medio” de lo que debía ser el día en cuestión, ya que la fecha no se apreciaba a esa distancia, en el regazo. Y al mismo tiempo una voz en off y distorsionada con, estoy segura, un globo de helio, nos daba parcas instrucciones de cómo proceder. Nada de policía, de lo más original, y la emisión aquella misma noche del capítulo de Franzina en el programa “Cazadores de gnomos malvados de jardín” y del propio vídeo del secuestro.

 

La segunda petición me chirrió un poco, o no tenía sentido o tenía demasiado. Y en esas estaba, cuando mi telefonillo sonó y casi me muero de un infarto. Era Pasadoporagua.

 

Jadeante, acelerado, triunfal, sacudiendo histéricamente un papel y repitiendo una y otra vez “la tenemos”, entró en casa aquí mi primo.

 

-¿A quién?-. Pregunté yo.

 

-A la mano negra que se esconde detrás de todo este asunto-.  Contestó él mientras me tendía el papel que segundos atrás había estado moviendo de un lado a otro de modo frenético.

 

Cogí la hoja y leí. Matilde Victoria Bronce Armada.

 

Matilde Victoria Bronce Armada, Matilde Victoria Bronce Armada… De qué me sonaba a mi ese nombre pensaba una y otra vez a la par que escudriñaba mi maltrecha memoria en busca de alguna respuesta, cuando quiso el caprichoso, y esta vez benévolo, destino, que la bombilla se me encendiera. Con premura y sin vacilación cogí de un brazo a Pasadoporagua y escaleras abajo me lo llevé. Bingo, allí estaba.

 

                        6ºB

Carlos Hipólito Carrascosa Muela

Matilde Victoria Bronce Armada

Víctor José Carrascosa Bronce

Ángel Leonardo Carrascosa Bronce.  

 

Pasadoporagua fue el primero en reaccionar, como era de esperar, y me propuso que subiéramos, como quién no quería la cosa, para tantear un poco el terreno. Yo, una vez aterrizada de mi mundo de Yupi particular, le comenté que aquello me parecía un tanto peligroso y de paso, me interesé por la procedencia, fuente u origen del nombre, esto era, quién coño le había dicho que mi vecina estaba detrás del secuestro de Franzina.

 

Pasadoporagua me miró con cara de no entender mi azoramiento, pero tras un par de segundos, debió recapacitar y me contó que, tras despedirnos el día anterior, había facilitado a un amigo suyo detective privado el número y perfil del gnomo malvado de jardín, y que este hacía un rato le había llamado para verse en un café para entregarle a la persona que se ocultaba detrás de dicho número y perfil. Y eso era todo.

 

Yo hice como que me lo creía y propuse por enésima vez acudir a la bendita policía. Él puso cara de contradicción y se disponía a replicarme, estoy convencida, cuando el portal se abrió de par en par, y Matilde Victoria Bronce Armada y, ay va la ostia, el niño hacker cabrón del sexto, hicieron su entrada.

 

Continuará…

Historias para no dormir

Llevaba meses sin saber absolutamente nada de mi amiga Franzina cuando cierto día y sin previo aviso, se presentó en mi casa. He de decir que en un principio no la reconocí, de hecho, estuve a punto de darle con la puerta en las narices creyendo que se trataba de un clásico exhibicionista de gabardina que abría mercado con la puerta fría. Por suerte soy de reacción lenta, hecho que me permitió percatarme de mi craso error y gentilmente invitarla a pasar. Y como también soy persona discreta y muy poco informada sobre los “outfits” del momento, me abstuve de abordar el tema del gorro calado hasta las cejas, las gafas de espejo naranja butano a las doce de la noche y la gabardina dónde hubiéramos cabido el vecino del cuarto y yo misma, a mayores.

 

Y habrían transcurrido diez minutos sentadas en el sofá, cuando aprecié, recordemos que soy de reacción lenta, que Franzina no había abierto la boca hasta el momento y que no dejaba de mirar furtivamente la única pequeña rendija de ventana que la cortina no cubría. Harta ya, atajé la situación anudando la cortina a la cinta de la persiana y preguntado a bocajarro por el motivo de su visita a horas tan intempestivas y la extrañeza de su comportamiento. Pero quizás fui algo brusca, porque Franzina se quitó las gafas de espejo naranja butano y se echó a llorar desconsoladamente.

 

Media hora de reloj me llevó tranquilizarla con estúpidas vaguedades, habida cuenta de que desconocía por completo si su berrinche se debía a alguna trifulca sentimental, a la guerra en Siria o al incremento del precio de la sepia, pues con Franzina nunca sabías.  Sin embargo, nunca hubiera supuesto que se debiera a lo que a continuación paso a trascribir.

 

Hará cosa de seis o siete meses recibí un e-mail en el que se podía leer en letras muy mayúsculas y muy rojas “es la última cuenta atrás”, yo no le di importancia, ya sabes cuan agresivos se han vuelto los publicistas hoy en día, pero es que, desde entonces, todos los días recibo uno. Pero eso no es todo, en mis perfiles de redes sociales varios, si ya se lo que me vas a decir…, recibo también a diario comentarios con esa maldita “última cuenta atrás” firmados por “el hombre de negro”. Pero espera que hay más. Desde hace tres meses me llaman todos los días a las once y seis minutos AM y PM y tras un nueva “es la última cuenta atrás” con voz distorsionada, suena “this is the end, my only friend, the end” y cuelgan. Y lo último, lo de este lunes, un jodido trozo de papel negro en mi buzón con “la cuenta atrás” de las narices firmado por “el hombre de negro”.

 

Y volvió a echarse a llorar.

 

Yo, ojiplática a la par que aterrorizada me había quedado tras escuchar su espeluznante relato, sin embargo, quería transmitir a mi amiga una imagen de mí misma cual roca al borde del acantilado que sigue impertérrita a pesar del azote cruel y continuo de la mar bravía. Pero ello no implicaba que no necesitara una cerveza o medio litro de absenta con láudano, mezclado, no agitado. Así que me levanté para ver por cual me decantaba a la par que meditaba si era mejor recurrir a los Navy Seal, la Benemérita, el equipo de Mentes Criminales, el niño hacker cabrón del sexto o los hermanos Winchester, cuando Franzina desde el salón a grito pelado me espetó que la solución al problema era llamar a Paco Pérez Pasadoporagua del programa “Atrapadores de gnomos malvados jardín”.

 

Tras digerir aquellas palabras y beberme casi dos cervezas de un trago, pues se me había olvidado comprar absenta y láudano en el Mercadona, intenté convencerla de que probablemente era mejor opción acudir a la policía, que a un programa de televisión, por muy majo y valiente que fuera el tal Pasadoporagua. Pero ni que decir tiene que mis esfuerzos resultaron del todo inútiles, pues Franzina ya había llamado al programa, mejor dicho, Franzina ya tenía cita para el día siguiente con Paco Pérez Pasadoporagua y yo debía acompañarla en ese duro trance.

 

Desconozco si fue la amistad que nos unía, la lentitud de mi “estimulo-respuesta” o que soy gilipollas con letras muy mayúsculas, pero el caso es que a la mañana siguiente, tras la correspondiente y, desde mi punto de vista, breve entrevista, me hallaba yo en una furgoneta con cristales tintados, en compañía de Franzina, el señor Pasadoporagua y un experto informático que en vez de rastrear la IP o la señal del teléfono o algo así como más de hacker, se dedicó a crear un perfil falso en las diferentes redes sociales que utilizaba Franzina, para tenderle una trampa al gnomo malvado de jardín.

 

Después de tres tristes horas, el gnomo malvado de jardín había picado el anzuelo, o al menos eso se creían el tonto del culo del experto informático, el valiente y majo Pasadoporagua y la crédula Franzina. La cita, al día siguiente a las seis de la tarde en un banco del parque que estaba en frente de mi casa, y allí mismo el gancho, una rubia escultural que el gnomo creía ligera de cascos, que desaparecería tras un primer contacto, dando paso a la caballería conformada por el valiente y majo Pasadoporagua, la crédula Franzina y de nuevo yo misma, pues el experto informático debía preservar su integridad física dadas sus habilidades rastreadoras únicas.

 

Dormí poco y mal aquella noche, pues o se trataba de alguna broma de un gusto pésimo o nos enfrentábamos a un auténtico perturbado de eclécticos gustos musicales, cuyas posibles reacciones no me hacían augurar nada bueno.

 

A las seis menos diez estábamos sentados en un coche aguardando a que el gnomo malvado de jardín asomara la cabeza, a las seis y media seguíamos aguardando y a las ocho menos cuarto nos convencíamos de que algo había salido mal. Pasadoporagua se bajó del coche y se acercó a la rubia escultural aterida de frío, la que, tras varios improperios, salió por patas. Yo también salí del coche, pues necesitaba estirar las piernas y fumarme un cigarrillo, pero Franzina se quedó dentro. No transcurrieron ni dos minutos, cuando el coche arrancó y a toda velocidad desapareció calle abajo. Pasadoporagua, que estaba inspeccionando los alrededores, vino hacia mi corriendo y me preguntó qué había pasado, yo solo atiné a encogerme de hombros, pues es de sobra conocido el hecho de que soy de reacción lenta.

 

Continuará…