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Caótica Marta

Era una tarde lluviosa, oscura y francamente desapacible, de esas donde la única opción disponible parece ser sofá-manta-peli o cocinar unas magdalenas, pero no para Marta, y no porque fuera de esas personas que van a contracorriente, en lo más mínimo, si no por el mero hecho de que ni se le había pasado por la cabeza ver el parte meteorológico de Roberto Braserillo o incluso más fácil, asomarse por la ventana y comprobarlo empíricamente.

 

Y mientras la lluvia arreciaba, Marta, ajena, iba del dormitorio al salón, del salón al cuarto de baño y de nuevo al dormitorio, intentando seleccionar todo aquello que debía llevarse para su escapada romántica, mientras hablaba con su madre por teléfono e intentaba depilarse sin gran éxito las piernas. Finalmente, hora y media después, conseguía colgar a su madre tras prometer por sus dignos antepasados que iría a comer cocido el domingo que viene, cerrar la coqueta bolsa de viaje con todo lo imprescindible y los “por si acasos” y lucir unas piernas de infarto libres de cualquier rastro de vello.

 

Arrebatadora, con el petate listo y tras haber comprobado en dos ocasiones la llave del gas, Marta se metió en el coche y repasó mentalmente el trayecto para recoger a Pepius 47, StathamRules y Lola Puerros, pues como los sueldos de hoy en día de unos muchos, no tanto de otros pocos, no son para tirar cohetes, no queda más remedio que compartir coche y por supuesto gastos a través de internet. Al salir del garaje, se dio cuenta, por fin, de que llovía, que no se veía un pijo y que Lola Puerros sería un problema muy gordo dado que no le había quedado demasiado claro el punto de encuentro y por supuesto, con este tiempo de perros la cosa se complicaba, por decirlo suavemente. Pero Marta era optimista y risueña por naturaleza, así que metió primera o tal vez quinta y allá que se fue.

 

Pepius 47, el primer pasajero, resultó ser José Escalope, un cetrino a la par que cretino contable de 47 años, divorciado, neurótico y un tanto resentido con la vida que desquició ligeramente a Marta con sus conflictos vitales, emocionales y digestivos. El segundo de abordo, StathamRules conocido por su madre como Moisés Colines, era un joven cuadrado entrenador personal de gimnasio, que sorpresivamente, estaba pelín obsesionado con Jason Statham y sus películas. Lo jodido venía ahora, encuentra tú en medio del monte con un tifón de cojones a Lola Puerros.

 

Vueltas y vueltas y más vueltas y como era de esperar, Lola Puerros no aparecía por ningún lado. Marta estaba ya al borde de un ataque de nervios teléfono en mano y gps en la boca, pues ya pasaban más de treinta minutos de la hora acordada. Y mientras, José Escalope de copiloto y mareado le contaba los problemas de erección que sufren los chipirones pirenaicos, Moisés Colines detrás y enloquecido veía Crank: veneno en la sangre en su tableta y un coche oscuro le daba luces en plena autovía.

 

Y en esa tesitura seguían Marta y sus acompañantes, cuando de forma súbita el coche oscuro les adelantó y se les cruzó violentamente impidiéndoles continuar la marcha. Marta solo pudo encomendarse al arcángel San Gabriel pues aquello pintaba mal, muy pero que muy mal. Quizás el psicoanalista de José Escalope harto de indigestiones y erecciones de chipirones de montaña había decidido liquidar a su cliente, puede que Jason Statham envenenado y colérico buscase un antídoto para no sé qué coño de droga asiática o tal vez un militante de Somos Capaces quisiese la cabeza de Marta por no manifestarse contra el imperialismo de la paella mixta en detrimento de la de verduras. Sin embargo, del coche salió un señor bajito y con bigote que después de dar gritos y exigir de malos modos el carné de identidad y los papeles del coche, se identificó como miembro de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y juró y perjuró que no era cierto dictador resucitado.

 

Marta temblaba como un grácil junco a la orilla de un riachuelo en pleno huracán de categoría 5, José Escalope, lívido, ni se movía, Moisés Colines a su puta bola con Jason Statham y Crank 2: alto voltaje, los papeles del coche no aparecían por ningún lado y el señor bajito con bigote cada vez más enfurecido no paraba de berrear. Ya hasta los mismísimos, Marta, en un acto de valentía o de idiotez extrema, pidió encarecidamente al bajito con bigote que por favor se metiera la puñetera lengua en el culo y la dejase tranquilamente buscar los malditos papeles y explicarle el motivo por el que iba sin luces, con un móvil en la mano, un gps en los dientes, un contable neurótico y un vigoréxico enamorado hasta las trancas del tal Statham.

 

Segundos más tarde, Marta se arrepentía en su fuero interno y se preparaba mentalmente para dormir en el cuartelillo en vez de en la acogedora habitación con vistas a la playa que tenía reservada para pasar el fin de semana con su novio. Sin embargo y de forma inesperada, el del bigote se tranquilizó, se disculpó por las formas y pacientemente esperó a que Marta encontrase los papeles mientras le relataba su disparatada, aunque veraz historia, con el milagroso resultado de solo 200 euros de multa. El arcángel San Gabriel o parientes es lo que tienen…

 

El viaje prosiguió sin más incidentes, con un José Escalope mudo y un Moisés Colines con auriculares. A las 9 de la mañana, Marta llegaba a su destino con el único propósito de darse una larga ducha y dormir como un lirón. El revolcón más tarde y los comentarios de los pasajeros en internet sobre la experiencia, quizás el año que viene.

Escarlata

Tras los acontecimientos acontecidos, valga la redundancia, necesitaba unos días de asueto, lejos de El Jardín del Encantado Encantador Descanso y más aún de Ciudad Capital, así que hice el petate, cogí el primer bus a Ciutat Paellil y transcurridas más o menos cuatro horas, me hallé en el rellano del segundo piso de una finca de mala muerte, haciendo acopio de valor para poder llamar a la puerta de mi antigua amiga de jardín de infancia Casilda Becerra.

Casilda Becerra había sido mi mejor amiga desde los ¿tres?, ¿cuatro años?, ¿Cuándo entra uno en jardín de infancia?, bueno, Casilda había sido mi amiga desde que entré en jardín de infancia, fuese a la edad a la que fuese, hasta que nuestros caminos se separaron. A mi me dio por labrarme un futuro lleno de éxitos y dinero matriculándome en filosofía y a Casilda por liberar suuuu, suuuu, su lo que fuera haciéndose pitonisa. Así que con una mano delante y otra detrás se fue a Ciutat Paellil y allí se instaló. Durante los cinco años siguientes mantuvimos el contacto pero la distancia hace el olvido, la cosa se fue enfriando sin que pasara nada… y vamos, que llevaba casi diez años sin saber nada de ella hasta que decidí plantificarme en su casa, a ver si por allí seguía, con todo el morro, para que nos vamos a engañar.

¿Por dónde iba? Ah sí, en el rellano, allí estaba yo deshojando la cuarta margarita para decidir si llamaba o no, cuando un fulano bajito, calvo y rechoncho salió del ascensor secándose el sudor de la cabeza con un pañuelo y con un elevado estado de excitación, no en plan cachondo, sino en plan histérico perdido. Sus ojos desorbitados chocaron bruscamente con los míos y sin mediar palabra me apartó de un manotazo y comenzó a timbrar frenéticamente.

-Va, que ya va, deja de timbrar joder que me lo vas a gastar-. Eso se oía tras la puerta hasta que esta se abrió, dejando al descubierto a una descomunal señora ataviada con una túnica magenta con estampado aleopardado, un turbante también magenta y unas babuchas de, de ¿cristal?

-Pedret, te lo tengo dicho, sin dinero no te echo las cartas, vete a hacer puñetas por ahí, coñe ya”- Dijo la gran valkiria magenta. Pedret el pobre gordito sudoroso, con ojos de cordero degollado dio media vuelta y se fue, y allí me quedé yo sintiéndome David ante Golitat, la venganza, la de Goliat, claro. Sin embargo, aquella que podría haber sido una musa de Rubens, con su mejor sonrisa me invitó a pasar y así lo hice. Cerró la puerta tras de mí y me preguntó qué quería saber sobre mi futuro, yo le intenté explicar qué futuro ninguno el mío pero ella erre que erre con que se vislumbraba amor, pasión y grandes fortunas a la vuelta de la esquina, un huevo de pato viudo.

Conseguí sentar a tan pantagruélica mujer y decirla quien era yo y porqué estaba allí, bueno, lo del porqué me lo inventé, es más fácil aducir una truculenta ruptura que un amago de apocalipsis con ponis incluidos.

-A mis brazos, cuanto tiempo, ya creí que me habías olvidado mala pécora- Afortunadamente recordaba quien era yo, porque yo jamás hubiera imaginado que aquella jovencita de patas largas y medio famélica se convertiría en el gigante verde, perdón, magenta, que era ahora.

Tras un par, vale, cuatro cervezas per cápita, volvíamos a ser las súper mejor amigas del mundo mundial. Me contó que la casa, aunque algo destartalada, era suya, que más o menos llegaba a fin de mes, que su nombre era La Gran Escarlata, de ahí tanto magenta, perdón, escarlata, que tenía un cubano que se la follaba de vez en cuando y que la gente era gilipollas profunda. Poderes ninguno, evidentemente, pero tipos como Pedret, a cientos, solo necesitaban alguien con quién desahogarse y si encima le decías que una rubia despampanante se encontraría en su camino en algún momento no muy lejano, ni te cuento. Yo sentí lástima por aquel pobre diablo, pero he de confesar que la cosa fue efímera porque en ese momento la Casi, como la llamaban en el instituto, entraba con un par de vasos y una botella de Jack Daniels.

Me levanté con una resaca de cojones, la edad que empieza a no perdonar, y fui directa a hacer pis y a beberme al menos un litro de agua. Salía ya del baño para dirigirme a la cocina cuando me interceptó Casilda.

-Hombre, la bella durmiente, menuda mierda la de ayer criatura- Asentí como pude, intentando que dejara libre la entrada de mi oasis particular, el grifo de la jodida cocina. No pudo ser, me cogió de un brazo y me llevó casi en volandas a la “salita de estar”, nunca he entendido el concepto de las salitas de estar, para sentarme en un sillón y enseñarme una sarta túnicas, de las cuales debía elegir una para empezar a construir mi nuevo yo, Constelación Celeste. ¿Perdona? ¿Conste que?, desgraciadamente esas cuestiones vitales se quedaron en mi cabeza pues me dolía tanto, estaba claro que aquello que había bebido era puto matarratas en una botella de Jack Daniels, que seguía sin poder articular palabra.

Tras horas de dimes y diretes sobre mi atuendo, dos litros de agua, tres cervezas, una pizza guarrindonga con mucho queso y una siesta reparadora, estaba lista para mi gran debut, probaría suerte como pitonisa aquí en Ciutat Paellil. Parece ser que durante mi carrera de fondo para conseguir un coma etílico, confesé a Casi que mis aspiraciones de llegar a ser una gran filosofa se habían fosfatinizado, quién hubiera previsto que aquello no tendría ninguna salida, que nada me retenía en Ciudad Capital y que estaba del origami hasta la punta del cipote. Ella me ofreció su casa durante el tiempo que quisiera y me aconsejó que probara en esto del esoterismo. Dado como debía ir, la idea me pareció estupenda.

Y de nuevo allí estaba yo, plantificada en la puerta, esta vez en la parte interior, con un exceso de tela color azul celeste en todo mí ser y una diadema blanca con dos antenas, presentándome ante mi primera, y puede que última, clienta. Suerte que llevaba un par de vasos de matarratas.

Continuará…

El nombramiento

Les voy a contar una historia que tuvo lugar hace ya algunos años. Por aquel entonces la que suscribe esta crónica trabajaba como autónoma en “El jardín del encantado, encantador descanso”, suena a lupanar, no lo niego, pero nada más lejos de la realidad, se lo puedo asegurar. El Jardín era un jardín como tal, bueno, más que un jardín, era un inmenso parque en medio de Ciudad Capital donde niños, abuelos, maridos en bicicleta, parejas de tortolitos, turistas, perros, ardillas, tortugas y todo lo que se les pueda ocurrir, disfrutaban al aire libre sin que nadie les tocara los cojones.

Como iba diciendo, yo era autónoma o mejor dicho, una bohemia sin un lugar donde caerme muerta que malvivía vendiendo sus creaciones de origami, o lo que es lo mismo, papiroflexia, pero con un aire mucho más exótico, en un tenderete al lado del gran lago. Sí, El Jardín también disponía de un lago donde tengo entendido, veraneaba Nessy, pues la pesca de carpas patudas con tres ojos era trending topic en aquella época.

Autónomos éramos muchos, lo reconozco, autónomos o alérgicos al trabajo por cuenta ajena pero ese no es el caso. Mi historia se centra en Fernanda Garrote, empleada, con contrato laboral vaya, de la mayor multinacional gestiona-parques del mundo mundial o al menos eso es lo que aseguraban. La muchacha en cuestión había empezado como papelera y poco a poco había ido escalando peldaños a base de poner mucho el culo y arrollar a unos, más bien muchos, cuantos. De hecho, cuando yo la conocí era ya supervisora de la valla que rodeaba el parque pero saltaba a la vista, que no era puesto suficiente para su enorme y mórbido ego. Fernanda Garrote quería más, mucho más.

Su atención tras conocerla se centraba en el puesto como responsable adjunto de la gestión de El Jardín del encantado, encantador descanso, que recaía en Paco Alcaparra, un buen hombre que tuvo la mala pata de cruzarse en el camino de Fernanda Garrote. Un añito duró el pobre desde que le enfiló, que lástima. Jamás vi persona más tenaz e hija de puta, todo sea dicho de paso, que Fernanda Garrote. Le hizo la cama de un modo atroz, a la cara todo era sumisión, buenas palabras, revolcones en el fango, de los otros no pues la Garrote no estaba de muy buen ver que digamos, para darle luego el hachazo comiéndole la oreja con malas artes al director German De la Rosa, que tendría como consecuencia la degradación de Alcaparra a sustrato universal.

Se pueden imaginar cómo se puso Garrote, henchida de gozo y satisfacción pero afortunadamente la cosa no le iba a resultar tan sencilla, pues Germancito De la Rosa no era moco de pavo. German había nacido en el seno de una familia muy pero que muy humilde en Ciudad Independiente lo que provocó, que siendo un chaval de catorce años se ganara la vida como trilero en las Ramplas. Y eso señores, da muchas tablas. Con su arte de encantador de serpientes fue medrando poco a poco hasta conseguir llegar a su puesto actual y con miras a heredar la multinacional gestiona-parques.

Los años que acontecieron tras el defenestre de Paco Alcaparra y la obsesión de Fernanda Garrote por ser nombrada oficialmente directora adjunta no tuvieron precio. La muy gilipollas hizo el pino con las orejas, llegaba a las cuatro y treinta y siete de la mañana y se iba a las doce de la noche, lo mismo me llamaba la atención cuando me fumaba un peta, que organizaba el desfile diario de patos. Le daba igual, todo lo hacía con tal de contentar a De la Rosa, pero este muy ladino, no quería ni pagar, es lo que tienen algunos Ciudadanos Independientes, ni le terminaba de convencer como directora, pues como encantador de serpientes que era, gustaba de curvas sinuosas y no bloques de hormigón armado.

Yo estaba convencida de que Fernanda Garrote en algún momento se daría cuenta de que estaba siendo vilmente toreada y desistiría de su empeño pero… craso error y quién era yo para mencionarlo. Siguió y siguió y siguió hasta que como un pez que tuve a los doce años reventó, literalmente.  Como lo oyen, un buen día, tras contar los ladrillos del muro, imagino que por si alguien se había llevado alguno, dar cuerda a las ardillas, colocar las flores, limpiar los cristales de la Mansión de Cristal, que viene a ser limpiarse la Mansión entera, perseguir a los autónomos sin licencia, lustrar las sandalias a De la Rosa, preparar las paellas de los chiringuitos y no sé cuántas cosas más, pues ya he dicho que ella todo lo abarcaba, explotó, esparciendo sangre, entrañas y ponzoña por doquier.

En media hora no quedaba ni rastro, Germán De la Rosa a través del megáfono “pasillo siete por favor, acudan a limpiar el pasillo siete” se deshizo de un plumazo de Fernanda Garrote. Sus restos fueron depositados en una bolsa de basura industrial y la capilla ardiente se dispuso en la Casa de bestias pardas. Todo el parque; empleados, autónomos, fauna, flora y algún que otro curioso presentaron los debidos respetos a la propia recién fallecida y se le dio sepultura acto seguido en la Jacintera del parque, último detalle de De la Rosa a tan afanosa trabajadora.

Pero para Germán la pérdida de Garrote fue una auténtica liberación, sí, la tía curraría de lo lindo pero era un coñazo supino a la par que gorda y fea. El puesto estaba pensado para otra persona desde hacía mucho tiempo, concretamente para Adriana Gibello, pronunciado Llibeeloo aunque de Cuenca de toda la vida, una espectacular rubia de metro ochenta, con mediadas de infarto y que además no era subnormal profunda. Y con Fernanda fuera del mapa, ya no había obstáculo posible para hacer el nombramiento.

Todo se dispuso un viernes muy caluroso de julio en la Mansión de Cristal, muy apropiado para los brotes de pimientos y tomates pero poco para los trabajadores, pues como no podía ser de otra forma en Ciudad Capital, hacía un calor de mil demonios. La idea era hacer un pequeño homenaje a la recién pérdida, esto es, a Fernanda Garrote, luego el típico agradecimiento a la plantilla y finalmente el gran nombramiento de Adriana. El in memorian quedó fetén, mucha anécdota divertida, fotos emotivas y el clamor del público. El “sois la polla” a los trabadores se pueden imaginar, todos dispuestos a dar la vida por De la Rosa pero hete aquí que llegó el momento del nombramiento y…

Un fulano montado en un caballo blanco salió de vete tú a saber dónde pero luego otro en un jaco así como bermellón, un tercero en un corcel negro y el último, debía ser el novato, en un poni amarillo. No daba la sensación de ser una aparición muy amistosa pues todos ellos blandían espadas, a excepción del último que traía un cuchillo de postre en la boca. Peste, muerte, no sé qué del trigo y el vino escuchaba o creía hacerlo. Yo ojiplática, no sabía si aquello estaba sucediendo realmente o es que esta vez el Caniche se había pasado con la mierda que me había dado. Pronto descubrí que no, que no se había pasado ya que los acontecimientos se tornaron cada vez más extraños y todos estábamos siendo conscientes de ellos. Un pequeño terremoto, estrellas impactando contra el suelo, el propio cielo desvaneciéndose, por los calores supongo, la luna tiñéndose de morado, ¿morado?…

Supuse era el fin, así que eché mano del resto del porro que tenía en la mano, pues hacía un rato había dejado de fumar creyendo que la cosa me estaba afectando demasiado, y me encomendé a cualquier ser superior que hubiera al otro lado. Ni fin ni hostias, el numerito lo había montado la Garrote que apareció tras los bigardos a caballo hecha una auténtica furia. Parece ser que estando esta en el Limbo para ganar puntos y entrar en el Paraíso, se enteró que su idolatrado De la Rosa iba hacer responsable adjunta a Adriana y por supuesto, no lo iba a permitir de ningún modo. Así que echando por tierra cualquier posibilidad de enmendarse y llevar una divina eternidad, utilizó el set “apocalipsis de emergencia” para boicotear el nombramiento y de paso, llevarse a De la Rosa por medio.

Pero De la Rosa como ya hemos dicho no era moco de pavo, con todo su aplomo se acercó a Fernanda, le dio las siempre recurrentes palmaditas en la espalda y le aseguró su nombramiento cuando el pereciese, ya que la cosa ahora estaba un poco complicada por la incompatibilidad de planos vitales y esas cosas. Como no podía ser de otra forma Garrote perdió las bragas y en escasos minutos los macizos desaparecieron, las estrellas se recolocaron, el cielo tras un poco de agua con azúcar volvió a su ser y la luna recuperó su color original.

Fernanda Garrote saltaba de alegría saludando a unos y otros cuando el suelo se abrió, un brazo gigante así como flambeado apareció y con un tirón de orejas a esta la enterró. El suelo se cerró y de Garrote nunca más se supo. Sin embargo, dicen, sobre todo parejas jóvenes, que si sobre las 4:37 AM te acercas a la Jancintera, puedes escuchar un leve rechinar de dientes y algo así como quiero mi tiesto, mi tuerto, mi puesto….

Fin!!

El rubio

El rubio está sentado en una silla al lado de la ventana, mirando sin mirar, rememorando tiempos mejores. Tiempos aquellos en los que era dueño de su destino, tiempos en los que a pesar del frío o el calor, el hambre o los peligros que acechaban en cada esquina, no debía sumisión a nadie.

Había sido guapo, de esos que levantaba tantas pasiones como inquinas al pasar y también valiente, pues por grande y fiero que fuera el adversario, el rubio siempre había presentado cara, prueba de ello, la pérdida de un ojo y un cuerpo cubierto de viejas cicatrices.

Recuerda alguna de esas batallas, pues la memoria a cierta edad ya no perdona. Muchas en las que salía victorioso y otras tantas donde vivo de milagro. Pero ahora ya es soldado viejo. Tuerto, artrítico y con acidez estomacal perenne. Inservible para afrontar la vida que llevaba pero sin acostumbrarse, qué digo acostumbrarse, odiando su nueva condición, pues no hay mañana en la que no ruegue que se lo lleve su maltrecho corazón.

Fantasmas del pasado le atormentan por la noche, lo que agita su casi siempre duermevela, pues desde muy joven se acostumbró a dormir con un ojo abierto y otro cerrado durante algún tiempo y luego, luego no había más cojones que permanecer alerta para salvar el pellejo.

Ya no queda nada por lo que vivir, aquello que fue ha dejado de ser, suele pensar, y todo por una imbécil con delirios de San Francisco de Asís. Si le hubiera dejado tranquilo, angelitos al cielo y su vida hubiera sido plena de principio a fin. Pero no, ella tenía que hacer la buena obrita del día.

Pero hasta aquí hemos llegado esta vez, determina. Harto de vagar cual alma en pena sin  atisbo de luz al final del túnel, con aplomo se sube al alfeizar de la ventana que por fortuna la cretina ha dejado abierta. Ya no hay vuelta atrás, un paso y todo acaba, está preparado, va a hacerlo y de repente, de repente –Pomponeeeeees, corazón que te puedes hacer mucho dañito, anda baja que hoy te he traído pescado del océano con espinacas, me ha dicho Cuca que a Robespierre le encanta.

El rubio da un respingo pero desgraciadamente la mema ya le ha cogido y no hay escapatoria, el salto al vacío, el sueño eterno se esfuma ante el ojo del rubio. Tocan pececitos y maravillosas espinacas, pero vamos a ver, desde cuando un jodido gato, callejero además, come espinacas. Refunfuñando se aleja de su tan ansiada evasión de esta nueva vida cruel, camino del rancho diario.

La panza ya está llena y vive dios que Robespierre tenía razón, el pescado del océano con espinacas, sublime pero la cabeza de la salvagatos, a tres palmos del cuerpo también.

Las vueltas que da la vida. Y bueno, la muerte. (Final GC)

Allí estaba, tan gordo y asqueroso como recordaba. Era la hora de ajustar cuentas, sin embargo, llegar a este momento me había pasado demasiada factura.

He de confesar que mi salida del psiquiátrico fue algo más compleja de lo que tenía planeado, y no es que deba confidencialidad a nadie como manifesté en su momento, simplemente no deseaba contarlo porque me daba una vergüenza atroz. Pero hay que tener en cuenta que fingir una muerte no es tan sencillo, se suele fracasar estrepitosamente, más, cuando se disponen de tan pocos medios como yo por aquel entonces.

El plan inicial era conseguir un cuerpo, meterlo en la caseta donde estaban los útiles de jardinería y prenderle fuego. Y dado lo que importan los locos abandonados a su suerte en este país, mi muerte no trascendería, otro accidente de una mente perturbada más. El problema, de dónde coño sacaba yo un cuerpo. Pensé en darle matarile a alguno de los pacientes, sin embargo, esto conllevaba cierto riesgo, ¿dos pacientes y un solo cuerpo?, por soplapollas que fueran en el centro, los números no cuadraban. No me quedó más remedio que desechar mi brillante idea.

El tiempo transcurría y la bombilla no me se encendía pero cierto lunes, caí en la cuenta de que Lobato, un antiguo compañero de aquellos locos y peligrosos, se supone era chamán. El fulano en cuestión estaba como una auténtica regadera pero tenía un vasto conocimiento sobre todo tipo de hierbajos. Y aunque solía pasar grandes temporadas en aislamiento, yo, por aquello de ganar puntos y vivir mejor, prestaba mi ayuda de forma voluntaria al personal, con los pacientes del sector del que había formado parte apenas hacía unos meses. Por lo que acercarme a él no me supuso grandes complicaciones.

Otra cosa fue entenderme con Lobato, cuando no divagaba sobre el dios H o la diosa Z, lo hacía sobre las brujas de Salem o la calidad de las medias de nylon en la actualidad. Pero quien la sigue la consigue y tras decenas de jornadas infructuosas, logré que me desvelara las magníficas propiedades de la mandrágora. La alegría no duró, porque nuevamente, de dónde puñetas iba yo a sacar mandrágora, no obstante, el hado quiso que Lobato dispusiera de un elixir listo para tomar. Qué sonaba sospechoso, no lo discuto, pero tenía tantas ganas de salir que no sopesé los posibles riesgos que implicaba fiarse de un sádico con delirios de grandeza, lo dicho, era mucho el tiempo que llevaba entre las cuatro paredes del manicomio y la cosa empezaba a afectarme y mucho.

Como era de esperar, el hijo puta no tenía elixir de mandrágora a lo “Romeo y Julieta” para simular mi muerte, lo que tenía era un frasquito con matarratas que me liquidó prácticamente en el acto. El caso es que la palmé de verdad, pero regresé de entre los muertos, o quizás no llegué a irme del todo, para zanjar mis asuntos vengativos pendientes, así, en plan “El Cuervo”, la película, la primera, el resto deja mucho que desear. Lo que pasa es que en vez de tener un majestuoso cuervo “poeiano” a mi lado, el hado guasón quiso asignarme una rata medio tuerta y sucia, a la que por cierto, llamé Clotilde.

Tardé en acostumbrarme a mi nuevo estado, es una sensación extraña, sigues siendo tú pero no exactamente, no sé si me explico. Los recuerdos, los sentimientos y más importante aun cuando eres un espíritu vengativo, los resentimientos, siguen estando ahí, incluso la apariencia es la misma aunque algo más liviana, pero hay algo que falla, estás muerto. De todos modos, Clotilde me ayudó mucho en mi proceso de adaptación, cualquier reticencia que pudiera haber tenido por el hecho de que fuera una rata medio tuerta y sucia, se disipó por completo, y dio paso a una sólida y muerta amistad.

Tuve que ponerme al día sobre numerosas cuestiones. Para empezar, existen diversos tipos de espíritus en función del asunto pendiente a resolver, no es lo mismo algo que te queda por decir, el final de una partida de dominó o el deseo ardiente de que GC sufra una muerte entre terribles sufrimientos. Asimismo, existe un código de conducta común que no se puede infringir de ninguna forma o deberás atenerte a las consecuencias. Y además, otro en función de la categoría espiritual asignada, que regula básicamente las normas que deben acatarse a la hora de resolver el asunto pendiente.

En mi caso, como espíritu vengativo lo tenía jodido, muchas reglas que seguir y poca libertad de movimientos. Sin embargo, había una posibilidad de que GC recibiera lo suyo, cumpliendo a rajatabla los códigos de conducta. Debía recabar las firmas necesarias para que este sufriera como un cabrón, vamos, que para conseguir justicia, debía convertirme en una “Erin Brockovich” en versión fantasma.

Durante varios días, supongo, los muertos no llevamos el tema del tiempo demasiado bien, Clotilde y yo nos dedicamos a vagar por esa dimensión que parece ser la antesala de vaya usted a saber, para conseguir las firmas necesarias. En un principio me parecía algo imposible de lograr, pero cual virus letal, mis intenciones se fueron difundiendo y centenares de espíritus, la mayoría catalogados como almas en pena, se avinieron a mi causa.

Objetivo conseguido, GC se iba a cagar. Antes de salir del psiquiátrico, pensaba en cortarle por la mitad, literalmente, con una sierra eléctrica. Sin embargo, ahora era un “caspercito” por lo que no disponía de esa posibilidad, pero el odio cerval acumulado entre tanta alma en pena y otro tanto espíritu vengativo, le harían reventar e ir derecho, creo, al infierno. Valido también.

Y aquí estoy, con Clotilde, viendo a ese gordo cabrón al que no le queda ni un telediario, pues mi ejército de ánimas entrará en acción en pocos minutos. Y en lo que mi respecta, he decidido que la justicia está bien y reconforta, y como en vida no suele ser habitual, la lograremos una vez muertos. Así que he hablado con las autoridades de estos lares y me han otorgado una licencia especial para que lleve a cabo campañas como la de GC, siempre y cuando cumpla con las normas. Y que quieres que te diga, tras muchos tumbos, creo haber encontrado por fin mi lugar. No en vano, a quién no le gusta que un verdadero hijo de puta se lleve al fin su merecido.

FIN.

Al final del túnel. (GC II parte)

Las cosas iban mejorando y ya empezaba a atisbar cierta luz al final del túnel. De hecho, si todo iba según lo previsto, mi sed de venganza se vería saciada muy pronto. Pero el camino había sido tortuoso, demasiado, cuestión que pagaría muy caro GC, demasiado.

Los primeros dos años en la institución fueron de pesadilla, perdía la razón por momentos, las imágenes de aquel horror seguían grabadas a fuego en mi memoria pero el límite entre realidad e irrealidad se resquebrajaba cada vez más, y el hecho de que me atiborraran de pastillas varias, empeoraba la situación. Solo el dolor de la pierna y el colmillo que guardaba en la zapatilla izquierda, impedían que olvidase definitivamente que la masacre perpetrada por GC y sus secuaces había tenido lugar.

El gilipollas del Doctor Pereira me había diagnosticado como sujeto demente y desquiciado, a medio camino entre la esquizofrenia y la psicopatía. He de decir, a pesar de mi ignorancia en este ámbito, que yo era un leve síndrome de estrés postraumático cabreado de manual, si el mentecato hubiera ojeado el DSM-V en vez de intentar follarse a uno de los pacientes, yo no hubiera perdido más de cuatro años de mi vida.

Pero poco a poco me fui reafirmando en mi cordura e ideando un plan para salir de allí. Luchar contracorriente no iba a servir de nada, al contrario, más pastillas, más aislamiento y alguna que otra descarga, por lo que asumí el papel sumiso y colaborador que se me requería. Fue relativamente fácil engañar a casi a todo el personal, incluida a la lumbrera del Doctor Pereira, pero no así a la enfermera Galindo, mala puta y reencarnación de la enfermera Ratched en “Alguien voló sobre el nido del cuco”.

En el sanatorio había tres clases de usuarios, los pacientes ambulatorios, los que estaban como un cencerro pero no eran peligrosos y, aquellos que encima suponían un grave peligro para ellos mismos y los demás. Yo todavía formaba parte de este último grupo, pues mi caso aunque en revisión, estaba siendo paralizado por la enfermera Galindo, de la que empezaba a tener sospechas de una posible conchabanza con GC. Por aquel entonces, mi agudeza mental no era la que había sido, pero más de dos años en el manicomio, el litio y la madre que parió a GC, me habían reblandecido las meninges.

Como decía, yo aún formaba parte de la creme de la creme, un atajo de tarados, en su mayoría con tendencias homicidas. Entre ellos, destacaba Antúnez, un fulano de treinta y tantos que deseaba encarnar a Hannibal Lecter en una película de bajo presupuesto, el problema, había llevado demasiado lejos el Sistema Stanislavski y se había comido a su padre. La sufrida madre aunque siempre le había apoyado, lo vio desmesurado esta vez y le mandó por el procedimiento de urgencia al manicomio. Sería perfecto para el plan que rondaba por mi cabeza.

Dado que provoca una gran inquietud y excitación en los pacientes, elegí una noche de tormenta, propicia para que ni mis movimientos ni los de Antúnez llamaran la atención. Sin embargo, nada sale tal y como se planean las cosas. La idea era dejar inconsciente a la enfermera Galindo y como en la película “Hannibal”, ocurrencia de Antúnez, serrarle la parte de arriba del cráneo y que este se cenara sus sesos con jerez. No hizo falta y Antúnez se quedó sin cena. A Vallejo, otro de lo mejorcito de la verbena, le dio un brote de cuidado, se creyó un pitbull entrenado para matar, confundió a la enfermera Galindo con un fila brasileño y le desgarró la yugular. En fin, me dio pena el pobre Antúnez, se había metido tanto en el personaje, que hubiera estado bien haberle visto en todo su esplendor con la mala puta de Galindo, pero el apaño que necesitaba ya estaba hecho. Así que con la enfermera fuera de escena, el traslado al módulo de baja seguridad estaba hecho. Efectivamente, tras dos semanas de cierto revuelo por lo ocurrido, todo volvió a la normalidad, mi diagnóstico se revisó y el traslado se aprobó.

La estancia en el módulo A era muy diferente, cierto que de diez de la noche a siete de la mañana permanecíamos encerrados en las habitaciones y por supuesto, las sesiones de terapia eran obligatorias, pero el resto de tiempo podía ocuparse, bajo una supervisión relativa, en los diversos talleres que el centro ofrecía, dar paseos por el jardín o leer los libros de la biblioteca. Yo me inscribí en el taller de jardinería, en parte porque siempre me ha gustado y me relaja, y en parte y vital, para encontrar un modo de salir de allí.

Mi huida se demoró quizás en demasía, cuatro años y cinco meses transcurrieron desde mi internamiento forzoso hasta mi salida. Hubiera podido largarme algo antes pero, no quería pasar el resto de lo que me quedaba de mi maltrecha vida mirando atrás. Era necesario salir de allí con certificado de defunción, sí el mundo creía que había muerto, el mundo no me tocaría los cojones. Además, aunque no viene mucho a cuento, debía terminar la rosaleda del jardín cuyo resultado fue fantástico.

No voy a contar como logré salir de allí, prometí guardar el secreto. Lo único realmente importante es que ya era libre, pero de forma absoluta, había desaparecido de la faz de la tierra y había confirmación. Aunque igual se me fue un poco demasiado la mano con aquello de desaparecer, pero se abre el coto de caza, especialidad: GC y secuaces.

Esta vez puedo afirmar que continuará, cuándo, no prometo nada. Es por hacerme de rogar y esas cosas…

GC

Conocí a GC hace años, cuando tuve la puta desgracia de dar con mis huesos en cierto equipo de operaciones especiales. Un poco antes, yo prestaba mis servicios como detective privado, pero digamos que la cosa no iba muy allá, las infidelidades y los fraudes al seguro daban para llegar a fin de mes pero justito, muy justito. Además, aquello empezaba a ser un coñazo supino y tanta foto de mamadas, empezaba a revolverme el estómago.

El aburrimiento y la desesperación al verme sin alternativa, hizo que comenzara a darle a la bebida, primero una copa, solo para relajarme, luego dos, por aquello de alcanzar un alivio mayor y así, hasta que empecé a perder prácticamente el sentido por aquello de no pensar en mi patética vida.

Aunque nunca he sido muy sociable, todavía conservo un par de amigos que consiguieron sacarme del pozo de mierda en el que me sumergía a pasos agigantados. Me mandaron de una patada en el culo a desintoxicación y tras la rehabilitación, me concertaron una entrevista en una multinacional dedicada a ofrecer ciertos servicios delicados, de aquellos que deben hacerse bajo cuerda.

Gustaron bastante mis aptitudes y ese mismo día conseguí el trabajo, agente especial de operaciones encubiertas, la cosa no sonaba mal. Empezaba al día siguiente y allí estuve a la hora convenida. Tras enseñarme las instalaciones, me presentaron al equipo del que iba a formar parte, era reducido, cuatro agentes especiales sin incluirme, un supervisor de campo y GC. Mi primera impresión, he de confesar, no fue mala, a pesar de que siempre he alardeado de una intuición rayana en la “paranormalidad”. Craso error, si llego a saber lo que se me venía encima, salgo de allí por patas.

Los primeros meses transcurrieron a una velocidad vertiginosa, eran muchos los conceptos, procedimientos y vericuetos que había que automatizar, pero me gustaba. Nunca he sido gilipollas y sabía que aquello que hacíamos ni era ético, ni era legal. Pero GC lo vendía de tal manera, que terminabas por creer que eras parte de algo grande, de algo importante. Sin embargo, poco a poco las cosas se fueron torciendo.

Operaciones encubiertas sufrió un par de batacazos, dos misiones que salieron rematadamente mal, tan mal, que hasta perdimos a un agente. He de decir y de ningún modo para escurrir el bulto, que todo fue culpa de GC. Si el hijo de la gran puta en vez de actuar sin pensar y de intentar adelantarse a todo para ganar puntos con la directiva de la compañía, hubiera sentado su enorme culo y hubiera planificado el asunto, otro gallo nos hubiera cantado, no habríamos perdido al objetivo y lo que es más importante, Márquez seguiría vivo.

Pero no, GC en vez de asumir la responsabilidad de lo ocurrido, en primer lugar porque la tenía y en segundo, porque era su deber como superior, puso nuestras cabezas en una bandeja de cartón barato ante la plana mayor. Afortunadamente, la sangre no llegó al río, un mes de suspensión de empleo y sueldo y la advertencia de que aquello no se repetiría jamás.

Tras la incidencia, GC estuvo de lo más delicado, sabía que nos había vendido y que la rebelión era posible. Sin embargo, con esas artes suyas que tanto he llegado a envidiar y detestar a la par, consiguió que el equipo volviera al trabajo olvidándose de la puñalada trapera.

Fue un periodo tranquilo, entró un nuevo agente pero no llegó a cuajar del todo, este tenía ideas propias y eso no gustaba ni a GC, ni al supervisor de campo ni a los otros tres agentes, digamos, que se tenía en cuenta aquello del corporativismo y había mucho trepa suelto. En mi caso, la ilusión inicial dejó paso al escepticismo que terminaría por convertirse en absoluta apatía. Era como un fantasma, llegaba, cumplía con las órdenes y me iba. Sin embargo, esto sería la calma que precedería a la tormenta.

Tuvo lugar hará cuatro años más o menos. La misión era sencilla, entrar, neutralizar y salir. El problema es que carecíamos de la información completa de la que si disponía GC. La amenaza no era un solo sujeto como creíamos, o mejor dicho, nos había hecho creer, eran cientos de personas, desde hombres y mujeres hasta niños y ancianos. Lo que tendría que haber sido algo relativamente sencillo, puede que execrable, pero sencillo a fin de cuentas, terminó resultando una auténtica masacre.

Estaba con los infrarrojos y el fusil en la mano, cuando detecté más movimiento del previsto, intenté abortar la misión pero GC no había dejado ningún cabo suelto, sabía que yo no podría abrir fuego a discreción contra población civil sin un motivo, así que el supervisor me encañonó por la espalda para que cumpliera las órdenes, pero no podía, no por valentía, sino por propio egoísmo, era consciente de que si abatía aquellas personas, mis demonios me fulminarían. Le rompí el cuello aquel bastardo soplapollas de encefalograma plano y antes de que este tocara el suelo, el infierno se desató.

El horror que vi a continuación no puede describirse con palabras. No supe reaccionar, solo miraba como los agentes de operaciones encubiertas, equipo del cual yo formaba parte, y el apoyo aéreo, iban masacrando a diestro y siniestro con saña, una saña que jamás supuse que tuvieran y que no entendía de ningún modo. Los cuerpos iban cayendo sin vida, de cualquier forma. Pequeños, grandes, a trozos. El olor a sangre y pólvora lo invadía todo. Muerte, todo a mi alrededor era muerte y destrucción.

Seguí allí como un pasmarote hasta que Ferro, aquel que no encajaba del todo, me cogió de un brazo y me puso a cubierto, a cubierto de qué, pensé… Lo que acababa de presenciar se había quedado grabado a fuego en mis retinas.

Pero todo esto que acabo de narrarles, solo es fruto de mi malsana psique. Hace también cuatro años, ingresé, mejor dicho, me ingresaron en una institución psiquiátrica por haber sufrido un brote psicótico. Según GC, Trujillo, Álvarez y Fontenla, ninguna de las atrocidades que yo denunciaba, habían tenido lugar, simple y llanamente había perdido la chaveta. Tampoco existieron nunca un tal Ferro ni un supervisor de campo. Y por supuesto, yo no era agente especial de operaciones encubiertas sino analista de datos.

Desde entonces le he estado dando vueltas una y otra vez, y a la única conclusión que llego es que el brote debió ser de puto campeonato. Tan colosal fue, que conservo metralla en la pierna derecha, una cicatriz de bala en el hombro, también derecho y el colmillo de un perro valiente al que Trujillo reventó la cabeza con la culata del fusil, por defender aquel a su amito de seis o siete años, hasta las últimas consecuencias.

Podría continuar….