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De donde no hay, no se puede sacar…

Cuando la inspiración se encuentra en paradero desconocido es absurdo devanarse los sesos, no hay ideas y punto. Mejor admitirlo que morir en el intento, pues aún perecido, seguirías sin tener nada presentable. De hecho, aunque lo consiguieras, no valdría de nada, pues anda caramba, estarías muerto, je, je, je… Dejo de divagar y de decir gilipolleces, prometido.

Esto que cuento es lo que me ha pasado esta semana, ni rastro de musos, de inspiración, de sus… respectivas madres, ni siquiera ganas de buscarlos. Así que me he dicho, ¿para qué están los escritores de verdad? , pues para joderle un relato, de esos que apenas nadie conoce, modificar algo por aquí, por allá, por acullá y hacerlo pasar por propio. No, es broma…

Ahora en serio, por más que lo he intentado, aunque tampoco me han dejado, apenas he conseguido escribir más de diez palabras con algún sentido, así que he optado por echarme elegantemente a un lado y dejar paso a los que saben.

Mi elección ha recaído… (redoble de tambor)… en Edgar Allan Poe, dada la cierta predilección que tengo por este alegre y vivaracho autor. Y con respecto al relato, the winner is “El corazón delator”, personalmente uno de mis favoritos, así que paso a copiar y pegar, cuán creativo mi trabajo de hoy, y a disfrutar de la lectura a la luz de las velas con una copa de buen vino. (Esto último es mentira cochina, lo de las velas y el vino, pero le da un toque de distinción a este preámbulo que, a duras penas, es de cosecha propia).

Y sin más dilación, pues desgraciadamente hoy no tengo nada más que decir…

El corazón delator. Por Edgar Allan Poe

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen… y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre… Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.

Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio… ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado… con qué previsión… con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría… ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente… muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente… ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches… cada noche, a las doce… pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.

Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás… pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.

Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:

-¿Quién está ahí?

Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando… tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.

Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena… ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: “No es más que el viento en la chimenea… o un grillo que chirrió una sola vez”. Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.

Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.

Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.

Estaba abierto, abierto de par en par… y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.

¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.

Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí… ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez… nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.

Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.

Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar… ninguna mancha… ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo… ¡ja, ja!

Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?

Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.

Sonreí, pues… ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.

Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara… hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.

Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba… ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso…, un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia… maldije… juré… Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto… más alto… más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían… y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces… otra vez… escuchen… más fuerte… más fuerte… más fuerte… más fuerte!

-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí… ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!

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Self-pity

Me ha venido a la memoria este poema de H. D. Lawrence, al hilo de lo que inmediatamente voy a publicar y me ha parecido una buena idea que aparezca en el blog, simple y llanamente.

Nunca he visto a un ser salvaje compadecerse de sí mismo. Un pájaro caerá muerto congelado de una rama sin jamás haberse compadecido de sí mismo.

El día en que morí

Pretendo que el cuaderno de Clara, como su propio nombre indica, esté compuesto por esas ideas embrolladas de las que ya he hablado. Sin embargo hay ocasiones en las que un texto hace que se remuevan todas tus entrañas y este es uno de esos casos.

El 11 de marzo de este año estaba como de costumbre en la oficina, y también como de costumbre me encontraba ojeando brevemente los titulares del periódico, por la fecha estaba lleno de menciones a la jodida tragedia que tuvimos que vivir, desgraciadamente unos de forma más directa que otros, sin olvidarnos por supuesto de los que no tuvieron la suerte para recordarlo diez años más tarde. Y de repente me fijé en el siguiente título “El día en que morí”, evidentemente mi dedo hizo clic en el ratón y en breves segundos apareció lo que ha continuación paso a mostrarles.

 

Ese día yo iba a cometer un crimen. Todo estaba arreglado previamente: la víctima elegida, la ocasión buscada, el precio pactado. Sí, siempre hay un precio. De un tiempo a esta parte, será cosa de las películas, las novelas o los programas televisivos que explotan hasta la náusea los despojos de esos crímenes mediáticos (casi siempre con niña o muchacha en el papel de víctima), se ha extendido por ahí la idea del crimen gratuito, ese que brota de una pasión incontrolable o de un oscuro arrebato del alma. 

Lo que no deja de ser una pamplina: todos los criminales, cuando actuamos, lo hacemos para ganar algo. Que ese algo sea razonable, o se lo parezca a quien no comete el crimen, es otra consideración que nada tiene que ver con el asunto. El que aprieta el gatillo, en ese justo instante, siente que obtiene un beneficio. Y ese día, lo aseguro, yo no iba a ser menos.
Llevaba semanas planeándolo. Mi acción me exigía trasladarme desde una ciudad de la periferia de Madrid hasta otra situada en la costa cuyo nombre no daré para no ofrecer más pistas de las imprescindibles. Había estado estudiando las posibilidades y en un principio me decanté, por discreción y economía, por la opción ferroviaria. Un tren de cercanías hasta Atocha y otro de larga distancia hasta mi destino. Incluso llegué a mirar los horarios, para ver la forma de combinarlos. Mi intención era no llegar demasiado tarde pero, si era posible, tampoco madrugar en exceso. El día en que vas a enfrentarte a un acto tan comprometido como el que yo me proponía conviene estar descansado. Sin embargo, prácticamente a última hora, y por este mismo motivo, cambié de idea. Decidí que era mejor viajar en mi coche la víspera, y dormir ya en el lugar donde iba a perpetrar la acción. Gracias a eso estoy hoy aquí, contándolo.

Sí, de no haberse producido este súbito (y no sé muy bien a qué debido) cambio de planes, yo debería haber estado bajándome en los andenes de la estación de Atocha Cercanías el 11 de marzo de 2004, más o menos a la hora en que empezaron a explotar las bombas. Incluso he pensado alguna vez que la población mundial habría mejorado en su composición si, en lugar de alguno de esos 192 inocentes, los explosivos depositados en las mochilas se me hubieran llevado a mí, que de tantas cosas soy culpable, por delante. Pero el hecho cierto es que el 11 de marzo de 2004, sobre las siete y media de la mañana, después de un sueño reparador en un hotel cómodo y poco llamativo, no me encontraba en la estación, sino a cientos de kilómetros de allí, saboreando un café con leche y tomándome unas tostadas con aceite, mientras pensaba en los detalles del crimen que me disponía a cometer. Desayunaba en un bar, como todos los bares españoles presidido por un gran aparato de televisión. No recuerdo muy bien qué hora sería cuando empezaron a aparecer las noticias. Una explosión, otra. Un tren, otro. En El Pozo, en Santa Eugenia, en Atocha, unos metros antes. Y luego aquellas imágenes, que resultaban tan horrendas como hipnóticas.

Confieso que fui incapaz de moverme de aquel taburete. Yo, un criminal curtido, convencido hasta ese momento de mi condición y, si no de su bondad absoluta, sí de la necesidad justificable, ante mí mismo, del papel que había elegido en la vida. Yo, que tantas veces había tomado sobre la marcha o tras meditarla la decisión de dañar o asustar a otra persona, sin arrepentirme ni conmoverme jamás, de pronto, al ver la devastación causada en la vida de tanta gente por alguien como yo, alguien que seguramente creía tener razones para dinamitar a sus semejantes, y que sin duda sentía, como yo había sentido tantas veces, que ganaba algo con ello, tuve la sensación de que algo se rajaba de parte a parte dentro de mí y, por más que quise, fui literalmente incapaz de despegarme durante horas de aquella pantalla.

Quienes decidieron sembrar de muerte aquellos trenes, sin otra mira que la destrucción indiscriminada, procuraron sin quererlo un bien colateral. La víctima con la que esa mañana yo estaba determinado a encontrarme no me conoció jamás, y se libró de lo que le habría deparado nuestro encuentro. Y no sólo ella: también todas las que en estos 10 años, de no haberse truncado de aquella forma mi disposición a herir a otros, me habrían conocido y habrían lamentado que me cruzara en sus vidas. Aun antes de saber lo que ahora sé, y que quizá explique misteriosamente lo que me sucedió (lo contaré al final del cuento, tengan paciencia) en los días y meses sucesivos me admiró que hubiera personas, en el propio país donde había acontecido aquello, y fueran cuales fueran sus motivaciones, que conservaran la capacidad de urdir y cometer crímenes, y especialmente homicidios. Qué clase de cabeza podía contemplar, sin sufrir un colapso absoluto e instantáneo, la posibilidad de atentar contra otra persona, con la coartada que fuera, después de haber asistido a semejante orgía de muerte y desolación, semejante reducción al absurdo de las ideas que llevan a un ser humano a creerse autorizado a disponer de la vida de otro ser humano.

Regresé a Madrid esa misma tarde, conduciendo muy despacio. Diría que no pasé de 100 por hora, y diría también que muchos de los que me encontré en la autovía avanzaban presos de una ralentización semejante. Recuerdo los meses que siguieron, donde incluso hubo una boda real, sin que la ciudad saliera de aquel estado de shock, de la especie de letargo que sobrevino tras la conmoción que le había reventado el corazón, esa estación en la que todas las mañanas se cruzaban cientos de miles de sus habitantes. Fueron los meses que destiné a buscarme otra forma de vivir, y no estoy tratando de decir que me volviera bueno, o mejor de lo que era: sencillamente había perdido la aptitud para mi oficio, y si este hubiera estado regulado por las leyes habría podido pedirle una pensión de incapacidad a la Seguridad Social. Como no era el caso, hube de buscarme otra manera de estar en el mundo y ganarme la vida. Hasta hoy.

Sin embargo, la historia no se agota aquí. Varios años después descubrí algo que me sobrecogió y dotó de un extraño sentido a la transformación instantánea que en mi interior produjo aquel suceso. Por razones que no son del caso, regresé a mi viejo barrio, me reencontré con algunos conocidos de mi juventud y uno de ellos fue quien me dio la noticia: el 11 de marzo de 2004, en uno de aquellos trenes, viajaba un antiguo compañero de instituto. Lo recordaba de forma imprecisa: un chaval de aspecto bonachón, sociable, que nunca daba problemas. De pronto me acordé de que habíamos llegado a jugar al fútbol en el mismo equipo, y de cómo me dio, más de una vez, un pase de gol.

Entonces lo supe, y entendí lo que había sucedido conmigo aquel 11 de marzo, mientras me disponía a cometer un crimen a cientos de kilómetros de Madrid. Aquella masacre se llevó por delante al criminal que yo era, y me cargó con el deber, que al principio me desconcertó, y que ahora que lo sé todo acepto, de reemplazar, en lo que me quede y en lo que me sea posible, al tipo decente que fue mi compañero de instituto y que esa mañana no tuvo la suerte, como yo, de cambiar de planes y abstenerse de tomar el tren donde alguien, por motivos que debían de parecerle suficientes, y con la sensación de estar ganando algo, había preparado todo para alcanzar el logro más estúpido e imperdonable al que puede aspirar, mientras esté en condiciones de evitarlo, un ser vivo que piensa: impedir que otro ser vivo y pensante siga recorriendo el camino que ante él se abre en el mundo.
Nota: Este relato, por supuesto, es una ficción, pero también quiere servir, desde esa condición, como homenaje a mi compañero del I.B. (hoy I.E.S.) García Morato Juan Alberto Alonso Rodríguez, fallecido el 11 de marzo de 2004 en un tren de cercanías de Madrid.

El día en que morí. Lorenzo Silva

Publicado en El Mundo, como no el 11 de marzo de 2014