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Tribulaciones de Fucsia. Nueva temporada

Corrían malos tiempos para Fucsia y sus tribulaciones pues Cobalto ya no estaba en el mercado. Este, tras los persistentes envites de Magenta, su ex novia, había claudicado y se había arrojado de nuevo a sus brazos.

A fucsia le había hecho la misma gracia que si alguien le hubiera abofeteado y escupido en un ojo, consideraba que Cobalto era suyo y de nadie más. Por su parte, Beige respiraba más tranquilo, las bromas con respecto a la fidelidad de su novia habían disminuido considerablemente, lo que le estaba suponiendo un incremento de confianza en su ya casi perdida hombría.

Sin embargo, era obvio que Fucsia no se iba a quedar de brazos cruzados, lucharía por el amor, no, no estaba enamorada, lucharía por, no se le ocurría, el caso es que le gustaba el juego que habían tenido durante el último año y pico. Jueves de confidencias y cerveza hasta las tantas, algún que otro desayuno el domingo de madrugada tras un buen pedo y mucho mensaje subido, pelín, de tono. No, no estaba dispuesta a renunciar a todo aquello.

Sin embargo, debía decidir qué táctica seguir. El “acoso y derribo” estaba descartado, no era su estilo en absoluto ya que ella era de las que se hacía desear, pero la sutileza tampoco era su fuerte ni serviría con este mentecato, y menos ahora que había recuperado a la golfa de su ex, la misma, por cierto, a la que había odiado por dejarle abandonado como a un perro e irse con un fotógrafo de poca monta, o lo que es lo mismo, un salido con una cara como un piano de cola que con la disculpa de su supuesto arte, desnudaba a todo lo que tenía tetas.

Un “cara a cara” era imprescindible para desplegar sus armas de seducción masiva, por lo que debía conseguir pillarle de nuevo por banda ya que no habían vuelto a verse desde que hizo su aparición la zorra esa. No sería demasiado difícil habida cuenta de que él se había emperrado en prestarle su libro favorito, un coñazo auténtico sobre la levedad del ser o algo por el estilo, y todavía no se lo había devuelto. Quedaría con Cobalto con el pretexto de darle el libro y una vez allí, como caída de un guindo, le propondría ir a tomar algo, luego hablarían de las múltiples interpretaciones del libro en cuestión, de la vida en general y finalmente, de que Magenta era una mala puta que le abandonaría esta vez por un mediocre aspirante a escritor de poesía dadaísta.

Tras varias tentativas, la primera fase del plan se completó con éxito, Cobalto había accedido a quedar. Se verían el jueves sobre las ocho de la tarde, le devolvería esa castaña de libro, se sentarían en una terraza y tras la tercera cerveza, no, cerveza no, mejor vino, más glamuroso, atacaría cautelosamente. Algo así como, ¿qué tal la correa, te aprieta mucho?, ¿Cómo? respondería él, sí, la correa que te ha puesto Magenta, que tonterías dices, pues bien que ya no me mandas esos mensajes de buenas noches y sueña con, ya sabes… ¿estás celosa?, ¿quién yo? Ahora eres tú quien dices estupideces… y tras la quinta copa de vino, se las apañaría para arrastrarlo de allí. Un paseo sería el siguiente paso y mientras tanto, miradas cómplices, algún roce y finalmente él se pararía, la miraría a los ojos, le confesaría su ferviente amor y la besaría apasionadamente. Era un plan maestro.

El jueves llegó y con ello los nervios a flor de piel. Desde las dos de la tarde Fucsia llevaba encerrada en su dormitorio, que si esta falda me hace mucho culo, que si este vestido no enseña lo suficiente, que si el corsé quizás es excesivo… Finalmente, sobre aquello de las cinco, se decantó por un look roquero; leggins negros bien ajustados, botines de tachuelas, camiseta de licra con escote considerable y una cazadora de cuero minúscula que llenaba en exceso debido a su voluptuosa figura, vamos, lo que viene a ser la típica butifarra en plan años 80. La melena, como no, suelta, hora y media que le había costado conseguir unos bucles perfectamente definidos a la par que naturales y con respecto al maquillaje, no había duda, mucho rimmel y unos labios jugosos en rojo pasión. Pero la guinda del pastel era la ropa interior, no es que fuera a ocurrir nada pero había que ser precavida, si la cosa se iba de madre, quién sabe, las transparencias escuetas y encarnadas le pondrían más a tono que unas bragas enormes color carne.

Cuando el reloj marcó las 8, Fucsia estaba que se subía por las paredes. Y si se ponía como un tomate, o empezaba a balbucear, o yo que sé. Puede que les viera alguien, aunque no sería la primera vez, pero ahora que Beige estaba todo ufano, le daba algo de lástima. Sería mejor dejarlo para otro día pero cuanto más tardara en reaccionar, más difícil sería reconducir a Cobalto. No, no se vendría abajo, estaba arrebatadora y Cobalto se rendiría a sus pies.

Y allí estaba él, tan guapo como recordada, realmente solo hacía cuatro meses que no se veían pero a Fucsia le habían parecido una eternidad. El pulsó se le aceleró y notó como el rubor invadía sus mejillas, suerte que estaba oscuro y no lo apreciaría. Llegó a su altura y con todo el aplomo del que pudo hacer acopio le rozó el brazo, Cobalto se giró y ella le plantificó un casto y nervioso beso en la mejilla. Este sonrió y Fucsia creyó desfallecer. Se recompuso del sofocón y con lo que ella creía una mirada intensa, le devolvió el libro. – ¿Te ha gustado?- Cobalto preguntó. –Mucho- dijo Fucsia. Pero antes de que pudiera continuar, prorrumpió en escena Magenta que asió a Cobalto con ahínco y tras catorce o quince besos, dejó claro a Fucsia quien ostentaba la propiedad allí.

Fucsia se rehízo como pudo y con la mayor de sus sonrisas, hipócritas, se despidió de los dos alegando que tenía un compromiso inexcusable. El camino de vuelta con el rabo entre las piernas fue largo y deprimente, en su cabeza se reproducía una y otra vez la escena que había tenido lugar apenas unos minutos antes. Maldijo a Cobalto, cómo era posible que a una cita con ella se presentara con esa, en qué coño estaba pensando. En esas estaba cuando escuchó su nombre por la espalda, ansiosa de que fuera un arrepentido Cobalto, tras recapacitar sobre lo fea y espantosa a la par que imbécil era Magenta, se volvió. Ni rastro de Cobalto, sin embargo, el hombre que tenía enfrente no le era desconocido, Gris Marengo, cuánto tiempo… pensó. Fucsia se atusó la cabellera, se colocó disimuladamente ese par tetas que tanto furor provocaban y con su aire cándido a la par que sensual se encaminó a donde estaba el recién llegado.

Continuará, como siempre con Fucsia.

Tribulaciones de Fucsia II

Se encontraba en la cama con una mezcla de miedo escénico y excitación, Cobalto le había mandado un mensaje, la deseaba, estaba segura pero qué hacer con Beige… su muro de contención se estaba desmoronando. ¿Amaba?, no, claro que no, ¿quería?, tampoco, o ¿sí?… esto era una auténtica mierda. Beige estaba allí cuando ella se aburría, cuando no tenía plan alguno, cuando estaba malita, cuando las cerdas de sus amigas iban a su casa de fiesta y por supuesto no limpiaban, y ¿a quién llamaba ella para pasar la fregona? A Beige. Sin embargo Cobalto significaba emoción, excitación, las mariposas en el estomago, un salto al vacío, bueno, quizás se estaba pasando un poco… Pero le hacía sentir tan viva el hecho de tenerle a sus pies en ocasiones y otras verle a kilómetros de distancia.

Fucsia se enfrentaba de nuevo a sus tribulaciones, necesitaba hablar, pero ¿con quién?, sus amigas Púrpura y Magenta eran de un retrógrado subido, tenían a sus respectivos Vainilla y Multicolor atados bien corto y claro, eran de la opinión de que una mujer una vez que se compromete ni cata ni mira. Aunque Púrpura y Multicolor tenían lo suyo… pero esa sería otra historia, ahora no tenía tiempo de divagar, necesitaba desahogarse y Verde hierba era la opción adecuada, exacto, llamaría a Verde Hierba, ella tenía una visión global de las cosas o mira, ya no sabía, lo mismo era tan o más retrógrada que las otras, aunque lo dudaba pero era una persona que intentaba no juzgar nunca y eso era lo que necesitaba imperiosamente en este momento.

Tras casi dos horas de conversación telefónica, pues la jodida de la Verde se había ido a vivir a cientos de kilómetros, Fucsia se encontraba mejor, convencida de que Cobalto suspiraba por sus huesos o no… pero aunque suspirase, de nuevo estaba Beige. Mierda, Verde Hierba había sido un bálsamo mientras había estado sobre la herida abierta pero ahora que ya no estaba volvía a escocer. Hoy no encontraría calma ni solución, lo único que sabía es que estaría pendiente del teléfono hasta que Cobalto diera el siguiente paso y a su vez sintiéndose como una autentica zorra, por los sentimientos que crecían por Cobalto y disminuían por Beige.

Continuará…

Tribulaciones de Fucsia

Allí estaba Fucsia con esa mezcla de timidez y coquetería que tanto la caracterizaba. Sus labios como no, embadurnados de su barra favorita y su voluptuosa figura embutida en una camiseta y unos vaqueros. Llegaba pronto a su cita, pues Cobalto acostumbraba a acudir un cuarto de hora antes y eso la molestaba profundamente. Sudaba, y aunque era la sexta o séptima vez que se veían, no lo recordaba bien, Cobalto la turbaba. Además estaba el tema de Beige, si, él era su chico pero que aburrida era su vida junto a él.

Cobalto en cambio era apuesto, muy varonil y un gran seductor. Su verborrea, si, lo admitía, muchas veces manida la extasiaba, su olor la enloquecía y que decir de sus ojos, podrías bucear eternamente en ellos. Pero debía tomar el control, solo faltaban dos calles y sus nervios a flor de piel no pasarían desapercibidos para Cobalto. Sin embargo su mente volvía a divagar, recordaba sus brazos morenos y fuertes, de esos que te hacen sentir que nada malo puede ocurrir, esa media sonrisa que utilizaba evidentemente para conquistar, las uñas cuidadas, su torso… -Mierda, pensó, Cobalto ya estaba allí. -Como lo hará el muy cabrón, dijo para sí.

No había vuelta atrás, Fucsia se recompuso, se colocó ese par de buen argumentos que tenía, se atusó su larga melena rubia y con una gran sonrisa se acercó a Cobalto.