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La verja. Un relato que llegó, vio pero no venció

Se oye el sonido de la verja de entrada que se abre y Leocadio Zarcillo no puede reprimir que de su garganta brote un grito de espanto. La cabeza le da vueltas, arroyos de sudor gélido recorren su espalda y un temblor incontrolable se apodera de sus piernas, siente que la vida le abandona lenta pero inexorablemente. Y aunque sabía que este momento llegaría, ahora no, hoy no, no está preparado para enfrentarse al ente acechante que acaba de traspasar esa vieja verja herrumbrosa y chirriante que tantos sobresaltos le ha ocasionado a lo largo de su lóbrega existencia en la vieja mansión.

El terror le envuelve con su siniestro y sombrío manto pero Leocadio Zarcillo, firme conocedor de que no lo puede permitir, lucha estoicamente para calmar los nervios que ahora tiene a flor de piel y poder así, sopesar fríamente las escasas posibilidades de las que dispone.

Huir. No, solo una quimera, pues la maltrecha vieja mansión, que arpía tía Guillermina le dejó en herencia, está rodeada de un muro imposible de atravesar, imposible de saltar. El único acceso, la cochina verja, franqueada ahora por el nocturno merodeador y que curiosamente no se ha podido cerrar nunca, graciosas ironías de la vida.

Un escondite tal vez, pues la vieja mansión es pantagruélica a la par que intrincada, llena de redundantes recónditos rincones donde es fácil convertirse en el hombre invisible para el recién llegado. Pero dónde, dónde meterse para que aquel vil e implacable ser no consiga atraparlo con sus ponzoñosas garras, sabiendo como sabe que no se irá sin lo que ha venido a buscar.

El pánico incurre de nuevo, provocando que el corazón de Leocadio Zarcillo retumbe en las paredes; bum, bum, bum, cada vez más rápido, cada vez más fuerte; haciéndole creer que el hedor de la muerte brujulea a su alrededor impregnándosele poco a poco en su macilenta piel.

Ante tal situación, solo queda pues la lucha, enfrentarse como valeroso hombre que vende cara su piel, que se lleva todo lo que puede por delante y muere heroico con las botas puestas y la espada llena de sangre enemiga. Pero Leocadio es Zarcillo, de  los Zarcillos de toda la vida; estirpe cobarde, pusilánime, apocada y timorata donde las haya; por lo que rechaza la idea por completo, consciente como es, que al abrir la puerta su viejo y débil corazón dará tal vuelco que ni el último suspiro será capaz de dar.

Desolado en grado extremo, Leocadio Zarcillo llega a la conclusión de que no queda sino aceptar lo que el aciago, caprichoso y puñetero destino ha elegido para él. Así pues, con una determinación que detenta ahora en su propio ser, se acerca a la puerta, gira el pomo con mano temblorosa y aguantando la respiración, la abre de par en par.

Pájaro de juguete

Todos los días coincidía con él. Invariablemente a las 8:07 de la mañana hacía su entrada en la estación. Su atuendo sugería indigencia y el pájaro de juguete, que su cabeza no regía correctamente. Sin embargo, él con paso firme lloviera o hiciese sol, pájaro en mano e indiferente a miradas recelosas, se subía al tren, tomaba asiento, siempre al lado de la ventana y ensimismado en el cielo azul o gris, canturreaba su canción. Ayer no le vi, entendí que él y su pájaro habían aprendido a volar.