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Marchando una de caballeros

La historia que voy a narrarles a continuación nunca tuvo lugar, jamás de los jamases, así que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Hecha la oportuna advertencia por aquello de curarme en salud, me pongo manos a la obra.

Damisela En Apuros, si, de nombre Damisela y de apellidos En Apuros, estaba francamente enojada porque había sido expulsada sin contemplaciones de su amado palacio por un trío de concubinas de tres al cuarto. Quizás amado no era el adjetivo más adecuado, ya que aquello se parecía más a una casa de mujeres de reputación cuestionable o lo que es lo mismo, la casa de putas de toda la vida, que a un amado palacio, pero ¡que coño! era un palacio a fin de cuentas y en los tiempos que corrían, una sin palacio no era nadie.

Pero Damisela En Apuros, testaruda como una terca mula, no estaba dispuesta a dejarse vapulear por concubinas de tres al cuarto, así que todas las mañanas tras el desayuno, trazaba un plan para intentar colarse en palacio, conseguir partir el cráneo al triunvirato y recuperar el lugar que le correspondía. Sin embargo, todas las tardes después del té con pastas de las cinco, fracasaban, gracias a una no muy buena estrategia y a la mala follá de Arpía Panzonis, Malvada Villana y Zo Rupia, las ya mundialmente conocidas como las tres concubinas de tres al cuarto. Así las cosas, transcurrido mes y medio aproximadamente y desperadita en grado extremo, Damisela En Apuros decidió claudicar y emigrar al oeste, pues se decía, se comentaba que por allí la desaceleración comenzaba a acelerar.

Y efectivamente, hechas las gestiones pertinentes, que no eran muchas, Damisela En Apuros, petate en mano, puso rumbo al oeste. E iba andando el tercer día por un camino pedregoso cuando a caballo pasó un noble y talludo caballero de noble corazón, esto se captaba a primera vista, que, tras parar y echarle un vistazo, le preguntó:

-¿A dónde os dirigís buena señora?-.

-Señorita. Al oeste a la búsqueda activa de palacio buen señor-. Respondió Damisela En Apuros.

-¡Pero como una damisela como vos no tiene palacio!-. Declamó el noble y talludo caballero de noble corazón, que se captaba a primera vista, mientras se bajaba de Guirlache de Anacardo, rocín que llegó a enfrentarse por el primer puesto de la lista Horbes a los mismísimos Bucefalo, Othar, Bavieca y Lolly Jumper.

Damisela En Apuros se quedó algo descolocada por la desmesurada reacción del noble y talludo caballero y todo lo que sigue, pero como no tenía prisa, consideró que ya era hora de comer y que el hombre podría serle de alguna ayuda, así que de su petate extrajo un mantelito de cuadros rojos y blancos, un taper repleto de tortilla con pimientos e invitó al noble y talludo caballero de noble corazón que se captaba a primera vista, que resultó ser el gran Advocatus Heroicus, una especie de Rey Arturo pero en plan homemade, que para aquellos que no saben inglés significa hecho en casa, a que la acompañara mientras le relataba su desdichada historia.

Advocatus Heroicus no daba crédito a las palabras de Damisela En Apuros, ni entendía por qué la tortilla no llevaba cebolla. Y dado que con respecto a la tortilla no había nada que hacer pues ya se la había comido, resolvió que vengaría el honor de Damisela En Apuros siempre y cuando esta prometiera que la próxima tortilla tuviese cebolla, pues de los pimientos no tenía queja.

Sin mayor dilación tras su resuelta decisión, Advocatus Heroicus, Damisela En Apuros y Guirlache de Anacardo emprendieron el viaje de vuelta a palacio y dado que la empresa a la que se enfrentaban no era baladí, nuestros tres protagonistas optaron por alquilar una habitación de posta durante unos días, trazar bien la estrategia y actuar en consecuencia. Y aunque Advocatus Heroicus no andaba muy allá de reales o la moneda que hubiera entonces, sabía que la planificación era fundamental, pues su gran nombre se había forjado de éxitos y no de malogrados intentos.

Tras tazas de café a cascoporro, varios kilos de alubias pintas con chistorra, era año de superávit de alubias pintas y chistorras, y cientos de horas devanándose la sesera, Advocatus Heroicus por fin lo tuvo claro, Damisela En Apuros recuperaría su lugar en palacio gracias a la ley Caverna. Pero como la bombilla se había encendido el viernes por la noche, no quedó más remedio que esperar al lunes por la mañana para hacer cumplir la ley.

Ni Damisela En Apuros, ni Advocatus Heroicus consiguieron conciliar el sueño la noche del domingo al lunes, en parte por las jodidas alubias pintas con chistorra de la cena, en parte por los nervios que les suscitaban los acontecimientos que pudieran acaecer en unas horas, pues ambos sabían que se jugaban el todo o el nada a una sola carta.

Con los machos bien apretados, Damisela En Apuros, Advocatus Heroicus y Guirlache de Anacardo timbraron en palacio a las nueve de la mañana de aquel lunes de incertidumbre. Malvada Villana abrió la puerta y zas, estacazo en toda la jeta. Bajó Zo Rupia alertada por el estruendo y zas, segundo estacazo. Solo quedaba Arpía Panzonis que estaría por supuesto en el comedor.

Sigilosos, nuestros tres protagonistas se allegaron hasta el habitáculo donde Arpía Panzonis comía desaforadamente una cazuela de alubias pintas con chistorra, no era normal el superávit de ese año ni el apetito de la concubina, y tras unos momentos para recuperarse de tanta emoción, zas, cayó cual bloque de hormigón con la cuchara repleta de alubias pintas con chistorra en la boca.

Damisela En Apuros saltaba de alborozo, Advocatus Heroicus apuntaba su nuevo triunfo en su cuaderno de gestas y Guirlache de Anacardo medía las ventanas para cambiar las cortinas, cuando el malvado Asesor de la Corte, Picapleitus Histericus, hizo su entrada berreando y braceando como un poseso.

-¿Qué habéis hecho panda de cafres?-. Espetó Picapleitus Histericus.

-Aplicar el artículo 5.7.a) de la Ley Caverna, de 7 de mayo de vaya usted a saber qué año, del Consejo de Cavernarios de la Unión-. Respondió sonriente Advocatus Heroicus.

-Ni artículo, ni artícula. Esto es del todo inapropiado y no me deja otra opción que presentar una denuncia por concubicidio en grado de tentativa y allanamiento de palacio-. Vociferó Picapleitus Histericus.

Advocatus Heroicus muy traquilamente, a pesar de que Picapleitus Histericus le sacaba de quicio, le dio un estacazo y musitó:

-Artículo 5.7.a) de la Ley Caverna. El atizador que tuviera el palo más grande que consiguiera atizar al morador, en nuevo morador se convertirá, debiendo el antiguo morador atizado abandonar el lugar en donde el nuevo morador atizante le atizó.

Con la ley en la mano todo se consigue, nunca mejor dicho,  por lo que Damisela En Apuros recuperó su lugar en palacio, Advocatus Heroicus por supuesto sumó nueva gesta pero más importante aún, disfrutó de la suculenta tortilla con cebolla prometida, y Guirlache de Anacardo se retiró de la vida heroica para centrarse en su nuevo proyecto como decorador de interiores.

 

Y queridos y queridas, colorín colorado. esta historia que jamás de los jamases tuvo lugar, se ha acabado.

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Una historia, paquidermos y cetáceos varios y la espalda de un hijo de la anarquía

Esta es una historia triste, una historia amarga, quizás agripicante, muy alejada de las que tengo por costumbre contar. Sin embargo, a veces, en la vida de una escritorzuela de tres al cuarto que debe trabajar haciendo malabares con paquidermos y cetáceos varios para conseguir llegar a fin de mes, tiene lugar una serie de sucesos a la que no se le debe volver la cara mientras se camina hacia el lado opuesto omitiendo lo acontecido. Todo lo contrario, una escritorzuela de tres al cuarto que hace malabares con paquidermos y cetáceos varios para llegar a fin de mes, debe tirar de libreta y lápiz, anotarlo todo, para después, con el rigor que le caracteriza, relatárselo a ustedes.

 

Pompeyo Tronchapino era el hijo undécimo del undécimo matrimonio de don Epopeyo Tronchapino, famoso cacique de Villahierbajos del Cuasi Centro tirando hacia Abajo. Su madre, la de Pompeyo, había muerto en el parto por una sobredosis de heroína y su padre y hermanos le habían odiado por ello. De este modo, la criatura en vez de crecer en un hogar afectuoso, lo hizo en una siniestra mansión rodeado de odio cerval. Además era enclenque, enfermizo, alérgico a casi todo y pelín demasiado quisquilloso, lo que no hacía sino empeorar su ya de por si lamentable existencia.

 
Sin embargo, la adversidad crea callo por lo que a medida que Pompeyo crecía, lo hacía de igual modo su indiferencia por la especie humana, trayéndosela muy floja lo que pudiesen decir, hacer, dejar de decir o dejar de hacer sus semejantes. Pero había un rescoldo que aún atormentaba a Pompeyo, su apariencia física, pues desde temprana edad había sido objeto de burlas y mofas debido a sus escuálidos brazos, esa chepa incipiente o las pústulas de las piernas. Y aunque él siempre había albergado la esperanza de que cual puto pato feo, terminaría convirtiéndose en un majestuoso y apuesto “cisne” de cabello rebelde, casi metro noventa y espaldas de hijo de la anarquía, la genética no había estado de su parte, pasando así de patito feo a nauseabunda gárgola.

 
A los 17 años ya era un jodido monstruo destripa-gatos, quema-cobertizos y mea-camas que se resarcía de sus tormentos con la flora y fauna más débil de Villahierbajos del Cuasi Centro tirando hacia Abajo, provocando dos infartos y medio a su padre, una tremenda paliza a su hermano quinto y la violación múltiple de su hermana octava. Hasta los cojones ya y apunto de descerrajarle de un tiro, su hermano primero; aquel al que la genética si había sonreído con ese cabello salvaje, aquel casi metro noventa y la espalda de algún hijo de la anarquía aunque fuese bastardo; le puso de patitas en la calle no solo de la siniestra mansión, sino también de Villahierbajos del Cuasi Centro tirando hacia Abajo bajo amenaza de muerte terriblemente lenta en caso de regresar.

 

En tales circunstancias Pompeyo Tronchapino decidió coger su petate, poner pies en polvorosa, pues aunque gustaba de tendencias psicopáticas, la valentía no era un punto fuerte, y vagar por el mundo en adelante sin conseguir, como era de esperar, encajar en ninguna parte. Y de este modo se fueron sucediendo los meses con la misma cantinela; trabajos esporádicos de cuatro o cinco días, pitorreo por parte de los machos alfas y rechazo continuo del sexo femenino.

 

Por ello no es de extrañar que Pompeyo Tronchapino en sus múltiples ratos libres se dedicase a evocar las mil y una maneras de torturar, violar, sodomizar, matar y al fin y al cabo, despedazar por completo a todo ser viviente posado en la faz de la tierra. Evocaciones estas que no se deberían haber puesto en práctica si no hubiera caído en sus manos “El guardián entre el centeno”, inexplicable libro de culto para carniceros varios, y en su camino no se hubiera cruzado Ricardo “La Hiena” Mingorance, sádico sexual con tendencias homicidas de manual.

 
El caso fue que una tarde cualquiera, en un parque de vaya usted a saber dónde, Pompeyo Tronchapino paseaba tranquilamente como llevaba haciendo desde hacía unos meses, pues le había cogido el gustillo a poner cara a cada una de sus terribles evocaciones, cuando por casualidad un banco le atrajo. ¿Qué banco?, uno un poco más allá, a la derecha, donde había un libro, ¿qué libro?, pues cual iba a ser, “El guardián entre el centeno”. Se sentó, cogió delicadamente el libro y comenzó a leer sin descanso hasta que lo hubo terminado. Subyugado en grado sumo por lo que aquel escritor narraba en aquellas páginas, se levantó con nueva determinación, chocándose violentamente con un sujeto que por allí, de nuevo casualmente, pasaba. Tras las disculpas pertinentes cada uno reanudó su camino, pero por alguna extraña razón que ignoramos, ambos echaron la vista atrás cruzándose así sus miradas. Podríamos decir que fue amor a primera vista, el inicio de una relación más que duradera y el comienzo del fin para aquellos que se interpondrían, o ni siquiera, en el camino de aquella jodida maldita pareja.

 
Famosos criminalistas del mundo entero han declarado numerosas veces que el asesino en serie es un sujeto que actúa en solitario, sin embargo, en ocasiones, quizás la puta excepción que confirma la regla, dos gilipollas descerebrados que no tienen donde caerse muertos en lo que al asesinato serial se refiere, tienen la suerte, mala para el resto, de toparse y comenzar así un viaje sangriento que va dejando muerte tras muerte tras su paso.

 
Y esto señores y señoras o señoras y señores es lo que hubiera pasado si de nuevo, los designios del destino no hubiesen actuado, o en este caso, si la escritorzuela de tres al cuarto que hace malabares con paquidermos y cetáceos varios para llegar a fin de mes; sabedora y apuntadora de todo para, con el rigor que le caracteriza, relatárselo a ustedes; no hubiera ido cagando leches a Villahierbajos del Cuasi Centro tirando hacia Abajo a contárselo todo al hermano primero; al que la genética había sonreído con ese cabello salvaje, el casi metro noventa y las espaldas de un hijastro o sobrino-nieto de la anarquía; y tras un buen polvo, pues servidora se lo merece; se lo hubiera cascado todo y cual dúo de héroes al más puro estilo de los Estados Juntitos de Allende los mares, hubiese cogido la moto, dirigido al motel de mala muerte donde se hospedaba la pareja de pre asesinos en serie dispuesta a cometer su primera matanza y se los hubiera cargado entre terribles sufrimientos.

 
De nada.

Veritas y Aequitas

Hace tiempo en Algún Lugar vivían dos hermanos, Veritas y Aequitas. Habían crecido sin figura materna ni paterna pero los principios de equidad y verdad les habían acompañado a lo largo de su vida. Tan férreos eran esos principios para los hermanos que, bueno, no nos adelantemos, empezaremos la historia como debe ser, por el principio.

Algún Lugar, aunque sin serlo, podía haber sido Sodoma y Gomorra ya que estaba habitado en su gran mayoría por gentuza de la peor calaña. Los habitantes de Algún Lugar mentían cual bellacos, robaban a manos llenas, se aprovechaban de aquellos seres en inferioridad de condiciones, se envidiaban, deseaban el mal a sus semejantes, en fin, lo mejor de la verbena.

Veritas y Aequitas bajo sus tan queridos principios, intentaban luchar con todas sus fuerzas contra las aberraciones que se cometían pero sin grandes éxitos. El que más o el que menos de Algún Lugar era culpable, por lo que lo de lanzar la piedra, complicado, otros tenían miedo de las posibles represalias de aquellos más poderosos y los de más allá, oye, convencidos de que no había nada reprochable en su comportamiento. Esto desanimaba profundamente a los hermanos, porque a pesar del gran tesón con que acometían la injusticia, gilipollas no eran y la parte práctica que tenían, aunque poca, les decía que por mucho que intentaran convencer de que la verdad y la equidad haría libres a los hombres, nada cambiaría.

Sin embargo estos raptus prácticos no duraban mucho y Veritas y Aequitas erre que erre, que si no se intenta cambiar, nada cambiará, obvio sí, pero jodido que te pasas de lograr.

Los pobres hermanos no eran muy valorados en Algún Lugar, de hecho eran más bien considerados despojos humanos con ínfulas mesiánicas. Nada más lejos de la realidad, de verdad, ellos pretendían que cada hombre y mujer, mujer y hombre disfrutara de sus derechos y acatara sus obligaciones sin joder al prójimo. Pero aunque de cajón, los poderosos no estaban dispuestos a tolerar que sus súbditos se rebelaran y las cosas como son, también mucho súbdito se revolcaba y vendería a su padre por dos duros para despertar las simpatías de los poderosos.

Veritas y Aequitas comenzaban a desesperarse, difícil era de digerir que hubiera gente mala como la quina pero que la gente medianamente normal no hiciera nada al respecto, les superaba. Hartos ya hasta límites insospechados se presentaron un día ante dos de aquellos poderosos, si empezaban a cortar la cabeza de las víboras igual acababan con el problema de raíz pero la cosa no funcionó, cuando Veritas y Aequitas cogieron sus espadas y decapitaron a los poderosos firmaron su sentencia de muerte. Al igual que las serpientes de Medusa, la cabeza de los poderosos volvió a crecer y estos como no, avisaron a las autoridades, las cuales apresaron a los hermanos. Fueron juzgados y condenados por intento de magnicidio y aunque recurrieron, pues ya ves tú lo que es cortar una cabeza si luego sale otra vez, finalmente les enviaron al corredor de la muerte.

Actualmente Veritas y Aequitas esperan su hora.

Aequitas ha perdido un poco la olla aunque yo intento que la cosa no vaya a más, sé que la incertidumbre es dura pero llegado el momento seremos libres. Les puedo asegurar señores y señoras mías que esta historia es cierta, ¿cómo lo sé? Porque el que se la cuenta no es sino el otro hermano, Veritas.

PD. La incertidumbre no es dura es una grandísima putada, joder, cada vez que el cabrón del carcelero pasa por delante de mi celda creo que ha llegado mi hora y el corazón se me contrae pero luego pasa de largo y un gran alivio me invade sin embargo esto no es vida, no sé, algún día de estos, algún día de estos le corto la puta cabeza al cabrón del carcelero y que me peguen un tiro entre ceja y ceja.

PD2. No tengo espada, porras, tendré que hacerme un apaño con lo que tengo estilo Mcgyver.

PD3. Creo que estoy peor que Aequitas