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El huésped

Enrique Arcipreste estaba pasando una temporada en la que no encontraba sentido en sí mismo ni al transcurso de la vida, ni a su propia existencia, ni siquiera al limonero que tiempo atrás le había dado tantas satisfacciones. Llevaba meses soñando con darle un buen puntapié a la rutina, girar su patética vida 360, digo 180 grados, y comenzar de nuevo en una realidad totalmente distinta de la que aquí tenía. Sin embargo, Enrique Arcipreste era de aquellos buenos perros ladradores pero no mordedores, esto es, pajas mentales a cientos pero hechos más bien pocos.

 
Los días iban pasando y Enrique Arcipreste seguía barruntando posibilidades sin mover un dedo para llevar nada a cabo. Prender fuego en la compañía donde trabajaba y huir como narco prófugo a México, prender fuego en la compañía donde trabajaba, a poder ser con todos dentro, y huir como foca monje prófuga al polo Norte, si es que las focas monjes eran autóctonas del lugar, prender fuego… Vamos, que lo de prender fuego y el “profuguismo” era una constante, lo único que variaba era el lugar, de México al Polo Norte, pasando por Sri Lanka o Guatemala.

 
Y en ese estado continuaba cuando recibió una inesperada llamada de teléfono, su amigo Epítome Valdeanacardo, que años atrás había dejado un trabajo que le generaba pingües beneficios, una encantadora esposa y tres adorables criaturas para dedicarse a la cría del chipirón pirenaico en aguas caribeñas, le anunciaba su inminente visita. “Un mes, dos a lo sumo, trabajo, si, necesario, casa, la tuya, no molestaré, gracias”. Enrique Arcipreste colgó con sentimientos encontrados, claro que se alegraba de ver de nuevo a Epítome Valdeanacardo pero le parecía ligera desfachatez la suya, un mes o dos en su casa de 30 metros cuadrados a mayor abundamiento parecía excesivo.

 
Dos semanas más tarde, un casi irreconocible Epítome Valdeanacardo aterrizaba en la terminal 4 y medio del aeropuerto de Ciudad Capital y se instalaba en el reducido apartamento de Enrique Arcipreste.

 
Los primeros días transcurrieron sin incidentes, ambos amigos tenían mucho que contar y aprovecharon las escasas horas libres de las que disponía Enrique Arcipreste para hablar y hablar sobre sus respectivas vidas. Epítome relataba a Enrique cuan fantástica era su vida por tierras caribeñas criando y domesticando chipirones pirenaicos, a la par que bebía ron y se follaba a un par de gemelas oriundas. Y por su parte, Enrique Arcipreste, consciente de la mierda vida que llevaba, hacía mayor hincapié a Epítome, de sus ganas de volar del nido y reescribir su historia.

 
Pero la segunda semana todo empezó a cambiar. Enrique Arcipreste comenzó a sentir cosas extrañas que achacaría en un primer momento a la edad que ya comenzaba a jugar malas pasadas. Algo así como estar convencido de haber lavado su taza de los power ranger texanos que utilizaba para el caocolat del desayuno y encontrarla sucia por la noche, perder todas las mañanas la camisa que quería ponerse o comprar matarratas en vez de azúcar moreno. Y algo más raro todavía, no ver apenas a su querido amigo y huésped Epítome Valdeanacardo, pues este llegaba siempre cuando Enrique Arcipreste dormía como un bendito y cuando Enrique Arcipreste se iba a trabajar, Epítome Valdeanacardo descansaba plácidamente en el colchón en el suelo del salón.

 
Los días iban pasando y Enrique Arcipreste cada vez estaba más agitado, las noches eran atroces pues matemáticamente a las 3:22 se despertaba sobresaltado convencido de que alguien acechaba en las sombras. También amigos, vecinos o meros conocidos daban fe notarial de haberle visto en tal o cual bar chulenado mujeres y bebiendo ron a mansalva. Y por supuesto, seguía sin poder coincidir momento alguno con el hijo puta de Epítome Valdeanacardo.

 
Desquiciado en grado máximo tras todo lo que su alrededor acontecía, Enrique Arcipreste decidió acudir a un psiquiatra para contarle con pelos y señales aquello que le atormentaba, que venía a resumirse en, “Epítome Valdeanacardo estaba sin duda alguna suplantando mi identidad”, y el buen doctor escuchó, anotó y recetó, valium para caballos exactamente. Convencido de que aquellas píldoras mágicas lograrían calmarle, se fue a la cama temprano y como no podía ser de otra forma, a las 3:22 se levantó, en este caso más saliendole el corazón por la boca que otra cosa. Pero esta vez no era una sensación, alguien aporreaba su puerta y vociferaba algo así como “abran, policía”. Se puso el batín y se dirigió a la puerta, quitó el cerrojo, giró el pomo y sin darse cuenta, tres armarios de siete cuerpos miembros de la policía, se abalanzaban sobre él.

 
Fue conducido inmediatamente a la comisaría e interrogado con diversas tácticas durante tres o cuatro eternidades cuando menos. Parece ser que alguien había quemado la compañía donde trabajaba con todo el mundo dentro, y en su casa había un billete destino al polo norte y la tarjeta del célebre cirujano plástico Norbert Reyezuelo, especialista en cambio de especie, concretamente humano-foca monje.

 
Enrique vivía sin vivir en él y no moría porque le tenían encerrado entre cuatro paredes acolchadas sin ningún objeto punzante, ni cordones, ni nada con lo que consiguiera quitarse de encima esa maldita vida de mierda que llevaba. Pues a pesar de las múltiples veces que había mencionado a Epítome Valdeanacardo, nadie le había hecho ni puñetero caso. Solo un chaval de practicas tuvo la decencia de investigar más o menos aquello, para llegar a la decepcionante conclusión de que el hombre al que mencionaba Enrique Arcipreste durante siete u ocho veces al día no existía.

 
En el juicio le declararon incompetente de sus actos por razón mental, cosa que no gustó a Enrique Arcipreste, pues aunque efectivamente él no había sido, que le llamaran incompetente le ponía del higadillo. Y como no podía ser de otra forma, fue recluido en un psiquiátrico de por vida. Y aunque los inicios fueron duros, poco a poco fue encajando entre Napoleones, María Antonietas y Buzz Lighyears.

 
Habrían transcurrido seis meses, o quizás dos días, desde su internamiento, cuando anunciaron visita para Enrique Arcipreste, un Enrique Arcipreste que ya no esperaba a nadie, habida cuenta de que ese mismo nadie había acudido a apoyarle a lo largo de su viaje por el Pandemonium. Entró en la sala de visitas y ojiplático se quedó el muchacho, allí estaba el hijo puta de Epítome Valdeanacardo con traje caro de raya diplomática. No hay definición posible para lo que sintió en esos momentos Enrique Arcipreste, vamos, que no es de extrañar que tuvieran que llevárselo con camisa de fuerza cogido en volandas por dos armatostes de celadores echando espumarajos por la boca, Enrique, no los celadores.
Pero Epítome Valdeanacardo siguió yendo día de visita si y día de visita también con el único propósito de preguntar a Enrique Arcipreste por su color favorito. Se repitieron episodios de camisa de fuerza y espumarajos, tras los que surgirían semanas y semanas de mutismo absoluto hasta que un buen día, hasta los cojones imagino ya el pobre Enrique Arcipreste, contestó, “el verde”.

 
“Mi lord, al fin. Fin de la farsa muchachos, fin de la farsa”.

 
Solo les haré mención del titular de los periódicos de aquel día. “Holocausto caníbal, zapatilla rusa al lado de Enrique Arcipreste”.

 
Parece ser que su madre preocupada por su ligeramente desequilibrado hijo, tuvo la genial idea de contratar esas experiencias extremas que actualmente están de moda. Ser secuestrado, torturado, cazado, involucrado en un cuasi genocidio… lo típico vaya, para recuperar el gustillo por la vida. Pero la señora en cuestión, pelín senil ya, no dejó muy claros ciertos puntos. Que vienen a ser los siguientes, si el sujeto desconoce la pantomima, es usted la debe pararlo en el momento clave, no dar la palabra clave como si de una experiencia sadomasoquista se tratara. En fin, aquello acabó como el rosario de la aurora, muertos a puñados y un pobre y desgraciado Enrique Arcipreste encerrado entre Napoleones, María Antonietas y Buzz Lighyear, quizás más conflictivos que los anteriores.

 

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado!

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DARDOS BLOGGER AWARDS

Agradecer enormemente a José Cervera cuyo blog es “Ritual de las palabras” por el premio Dardos que me ha otorgado. Por otro lado, pedir disculpas por la demora, desconocía el procedimiento a seguir en este caso. Como excusa diré que soy novata en el mundo “bloggeriano” y que como suele decirse, no pierdo la cabeza porque va sujeta al cuerpo.

Tras los agradecimientos, disculpas y excusas, nos meteremos en faena y procederemos a conceder los 15 nuevos premios Dardos, me siento de un importante “concediendo” premios que el sábado cuando vaya a hacer la compra al Mercadona me sentiré como una eminencia con tan larga trayectoria literaria que exigiré me plantifiquen un alfombra roja y un carrito especial… en fin delirios de grandeza aparte (a ver si se me va a pegar la robustianitis cabezabuquitis anaranjada), allá van mis Dardos en plena diana.

  • ECOSOCIAL….OJO CRÍTICO – ecosocialojocritico.wordpress.com
  • Diario De Una Treintañera – annefriesner.wordpress.com
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  • Poesiaparavivir . juan Francisco Quevedo – poesiaparavivir.wordpress.com
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Como colofón final me gustaría expresar que considero este tipo de iniciativas muy positivas para conocer, dar a conocer, conocer, dar a conocer… y así hasta el infinito y más allá, nuevos, viejos, perennes, efímeros… blogs.