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Farsa comedia

Puede que llevase cinco años o tres eternidades, qué más da, en una empresa de cuyo nombre ahora no procede que me acuerde, cuando recibí por sorpresa un perfumado burofax. Excitada lo abrí, pensando en las tremendas posibilidades que aquel trozo de papel podría  contener. Sin embargo, esas ensoñaciones se disiparon de un plumazo, pues la bendita empresa tan solo me informaba de que era una empleada mala, mala, mala y que por ello me mandaban a la puta calle con una mano delante y otra detrás.

 

Ojiplática a la par que atónita me quedé. Como pude, me senté en las escaleras del portal y comencé a rememorar esos años o eternidades para intentar descubrir que grandes maldades había hecho yo para que me tildaran de empleada mala, mala, mala y me pusieran de patitas en la sucia rue.

 

Unas nubecillas salen de la desconsolada cabeza de la mujercilla sentada en el portal y se van sucediendo una serie de imágenes.

 

Corría una época jodida de narices cuando tras siete meses en el maldito paro conseguí un empleo en la empresa de cuyo nombre ahora no procede que me acuerde. Por supuesto, estaba mal pagado y aunque exigían mi título de “hasta aquí los rudimentos teóricos y ahora, hala y gánese la vida como pueda” también llamado licenciatura por abreviar, mi categoría laboral era la de aprendiz de auxiliar de taburete de ordeñador de cabras. Pero bueno, tenía trabajo y en una gran compañía, con tesón y trabajo duro convencida estaba de que medraría.

 

Mi gozo en un pozo, como no podía ser de otra forma. Los meses se iban sucediendo, mis tareas dificultando a la par que aumentando, pero yo seguía cobrando como aprendiz de auxiliar de taburete de ordeñador de cabras. Al principio de forma tímida, después con algo más de brío y finalmente amenazando con golpear la cabeza de mi jefa por entonces con el puñetero taburete fui exigiendo las perras que me correspondían pero sin ningún resultado.

 

Dispuesta estaba a quemar el chiringuito, cuando quiso ese caprichoso destino que tanto suelo mencionar, que, por necesidades de la compañía, nuestro departamento se desintegrara y por ende, nos recolocaran. De esta forma, los aprendices de auxiliar de taburete de ordeñador de cabras sin título fueron a parar al departamento de Alienación de Almas Errantes y aquellos con título lo hicimos al departamento de Legajos Cuquis.

 

He de confesar que aquello me emocionó, sinceramente pensé que se abría en ese momento la oportunidad de al menos llegar a auxiliar de taburete y que narices, hasta taburete. Pero esta es una historia española, no americana, y como buena historia española aquella oportunidad no se abriría jamás. Pero no nos adelantemos.

 

El caso es que mi compadre aprendiz y la que suscribe nos instalamos en Legajos Cuquis y que diferencia… espacio y luminosidad por doquier, folios rosas perfumados, bolígrafos de purpurina y macarons de diversos sabores para desayunar todos los viernes en grupo. Nuestra jefa encantada con nuestra incorporación y los compañeros deshechos en todo tipo de atenciones.

 

Sin embargo, poco o poco o a partir del tercer día, nos fuimos percatando de que Legajos Cuquis era una farsa, con un pésimo argumento y nefastos actores, por cierto. Aquellos con grandes sonrisas eran realmente hienas hambrientas esperando taimadamente despedazarse entre sí, el compañerismo un encubierto “baile de agua” para la abejorra reina, véase la directora de Legajos Cuquis, y el frenesí diario, no era sino un “desmonte la espoleta” para que el último desgraciado de la cadena se hiciera cargo.

 

Evidentemente mi palabra no vale más que la de cualquier otro, pero puedo prometer y prometo que hice lo que estuvo en mi mano para adaptarme a la pantomima que me habían asignado y asumí el papel de tres personajes protagonistas y un eterno secundario sin que por supuesto, modificaran mi exiguo sueldo de aprendiz de auxiliar de taburete de ordeñador de cabras.

 

De nuevo tímidamente, ya que era nuevo departamento, comenté a mi jefa que me maravillaba el hecho de que estuviera encantada conmigo pero que en fin, un pequeño incremento quizás no era un disparate. Ella me sonrió tipo hiena y me espetó en la cara “le daré una vuelta”, frase que le ha debido valer el puesto que tiene, dado que desde que entré hasta que me sacaron, no ha utilizado otra ya fuera para “necesito celo” o “¡pardiez! que nos fusilan a siete empleados en el frente”.

 

Así las cosas, me fui diez días de vacaciones por aquello de pensar que hacer con mi vida, pues es sabido por todos que un sueldo de aprendiz de auxiliar de taburete de ordeñador de cabras da para lo que da, esto es, na. Llegué un sábado a las once de la noche a mi destino vacacional, la casa de mis padres en el norte, aunque mis colegas de reparto pueden meditar si se van de safari a Kenia, digo yo que para hacer un seguimiento al comportamiento de las hienas, o si a esquiar a Aspen. El domingo a mediodía estaba en urgencias porque el brazo derecho se había desenroscado y puesto en huelga indefinida.

 

Pruebas y más pruebas hasta que llegaron a la conclusión de que necesitaba otra prueba que ya me harían en un futuro. El brazo derecho seguía erre que erre y yo tuve que volverme por ser anterior la fecha de mi incorporación a la fecha de la mencionada prueba futura. Mi jefa de lo más comprensiva me permitió ir a mi médico mediador de extremidades en huelga para tomar cartas en el asunto, pues como la sanidad es propia de cada comunidad, no hay interrelación posible, pero ese es otro tema que me anoto para comentar. El caso es que mi médico mediador de extremidades en huelga, habida cuenta de que yo era diestra, me dio la tan temida baja.

 

Y ese fue el principio del fin. Mi médico mediador de extremidades en huelga tuvo que pedir cita al traumatólogo del sindicato de brazos, este ver la situación, después pedir la prueba futura, tras los resultados y comprobar que las desavenencias venían de un tal nervio cubital, solicitar preconciliación para comprobar que todas las partes interesadas estuviesen en buena lid para negociar y finalmente intervenir para que el agitador nervio cubital dejase la huelga y se pusiera a trabajar de nuevo. En el trascurso de estos dimes y diretes, recibí el perfumado burofax.

 

La mujercilla sentada en el portal sale de su ensoñación.

 

Pues está claro, me han largado por no aceptar el quinto papel de cupletista, no cabe otra interpretación.

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Croquetas

Aviso: Ninguna croqueta ha sufrido ningún daño a lo largo del relato. Lo que van a leer a continuación es ficción, pura ficción.

 

No es nada personal, lo juro, la croqueta en sí me cae bien, es campechana como aquel que fue rey, hecha por y para el pueblo, sencilla, humilde… Pero es que a lo largo de todos mis años de existencia, en todo evento que se prestara, ¿qué había?, (redoble de tambor), correcto, las sempiternas croquetas…

Mi vida hasta el momento había sido normal, anodina, como cualquier mujer de clase media, con su familia, sus amigos y sus compañeros de trabajo, todos ellos normales, anodinos, de clase media. Clase media la que yo conozco que parece venerar las croquetas, así que por mucho que me reconcomiera, admitía que en toda reunión, festejo, celebración, velada, cumpleaños, acontecimiento, conmemoración o aniversario hubiera croquetas, ya fueran las clásicas de jamón, alguna más rebuscada de boletus, o las de la Encarni, de cocido.

Pero hete aquí que por caprichos del destino, conseguí ingresar en uno de los clubes más exclusivos de Ciudad Capital, “Los descendientes de la pierna del Cid”, cambiaron pata por pierna por aquello de que pata sonaba chabacano. Yo no me lo creía claro, lo de ingresar aunque lo de pata por pierna…, estaba extasiada, una persona como yo codeándose con la élite, la creme de la creme, la sangre azul. Sin embargo, no era oro todo lo que iba a relucir.

Como ya he dicho, mi ingreso en “Los descendientes de la pierna del Cid” fue pura chorra, un lío de nombres, documentos que se extraviaron, lo típico, vaya. Pero aunque yo mostraba gran entusiasmo, sus miembros no tanto. Me veían como si una vulgar rata sucia y tuerta de alcantarilla estuviese en el palco del Real Palacete disfrutando de Aída, la ópera, no la serie, aunque con sus cerebros vaya usted a saber, con sus correspondientes impertinentes.

Pero con el tiempo las cosas mejoraron nimiamente, alguno de sus miembros “obreros”, no porque trabajaran en la construcción sino porque allí había una sarta gilipollas que se creía la abeja reina y denominaba a todo aquel que no era lo suficientemente chachi como obrero, me fueron aceptando. Y qué queréis que os diga, al principio se me subió a la cabeza el hecho de pertenecer a un círculo tan sumamente selecto aún considerada en él como paria y después, cuando caí de la jodida burra, había gente que ya me importaba, así que decidí continuar.

Los meses siguientes transcurrieron tranquilos, sin grandes incidencias hasta que llegó lo que ellos denominaban como “Divine Bacanal”. Yo al principio me quedé a la expectativa, pues no sabía si aquello se trataba de una orgía masiva o de alguna otra memez de esas mentes privilegiadas del Club, por lo que empecé a indagar. Sin embargo, a pesar de mis dotes detectivescas, poco pude sacar. Parece ser que de sexo en grupo desenfrenado nada, solo una gran comilona en el salón de terciopelo azul índigo. Me apunté. Craso error.

La broma costaba nada más y nada menos que 780 euros, pero bueno que carajo, un día era un día. Por el precio, estaría sentada delante de cientos de exquisiteces regadas con el mejor champagne. Los cojones…

El día de la Divine Bacanal llegó y fuimos conducidos al Gran Salón Azul, joder que angustia. Una sala de terciopelo azul hasta con lazos de terciopelo azul en el puñetero terciopelo azul. Las sillas, las cortinas, las paredes, el techo, el suelo, hasta los camareros eran de terciopelo azul, pero bueno, podía pasar. Tomamos asiento, las abejas reinas a un lado y los “obreros” a otro, por supuesto. Yo excitada y medio en coma, pues no había comido en tres o cuatro días para poder atiborrarme de langosta, caviar, erizo de mar, solomillo… Los camareros al fin hicían su entrada triunfal y no, no puede ser…no…

No daba crédito, os juro que no daba crédito a lo que traían los camareros en esas fuentes de platino, que para qué coño usar platino. Kilos y kilos y más kilos de jodidas croquetas con simples jarras de agua para conseguir una deglución perfecta. Al principio lo achaqué a la falta de alimento pero pronto me di cuenta que no, que efectivamente este garçon solo traía croquetas y agua, al igual que este otro, y el otro y el de más allá y el de la esquina y el que entraba por la puerta… ¡Tocaríamos a  más de un centenar de croquetas por barba! Algo hizo clic o clac o crash.

Mi abogado alegó en el juicio enajenación mental transitoria, no lo sé, solo recuerdo que ver a aquel estúpido grupo que se creía por encima del bien y del mal deglutir croquetas a cascoporro, hizo que mi ira creciera y se descontrolara, lo que provocaría que mi psique, mi corazón y mi alma se quebraran y cogiera croquetas a discreción para metérselas por el gaznate a todo aquel atajo de soplapollas. El resultado, 7 víctimas mortales y 8 heridos, mi veredicto, el resto de mi vida en un psiquiátrico para maniáticos homicidas con problemas sin resolver con las croquetas.

Y aquí estoy, en mi habitación blanca, al lado de mi ventana con barrotes blancos, escribiendo este diario que tan encarecidamente me ha recomendado mi psiquiatra. Ahora les dejo, pues ya son horas y hay croquetas para comer.

 

 

The lion clown

Los acontecimientos se desarrollaron de tal modo, que no quise ver cuál sería el desenlace. Desenlace por cierto, que ahora, echando la vista atrás y asumiendo los hechos como fueron, estaba cantado.

Hubo una época en la yo tenía objetivos, inquietudes, perspectivas… cuestiones que ahora resultan lejanas e irreales pero que por aquel entonces estaban presentes en mi vida. El inglés era uno de aquellos obstáculos que debía superar para labrarme un futuro mejor, así que con gran decisión me matriculé en una academia de idiomas donde además de lo habitual, te ofrecían una parte impartida por ingleses nativos. Las clases me resultaban francamente duras, pues mi oído para captar la lengua de Shakespeare dejaba, y deja, mucho que desear y tampoco me terminaba de convencer ese carácter tan polite de los británicos. Sin embargo, un golpe de suerte hizo que mi camino se cruzara con el de Tom.

Que quede claro que esta no es una historia de amor, nada más lejos de la realidad, nunca existió entre él y yo atracción, tensión sexual o cualquier otra cosa relacionada con algo parecido a un romance. Simplemente conectamos a nivel intelectual, emocional o como quieras llamarlo, digamos que ambos teníamos un perfil neurótico de manual y el mismo absurdo sentido del humor.

Transcurridas apenas tres clases, la complicidad entre Tom y yo provocó que en vez de malgastar el tiempo con gramática y pronunciación, lo invirtiéramos en amenas charlas sobre nuestra vida y posteriormente, en la planificación de lo que nos encumbraría como “grandes artistas”, el guion de la tragicomedia, él quería tragedia y yo comedia, de “The Lion Clown”. Idea que surgiría de su desmedida pasión por los circos y de la mía por los zoos.

El guion avanzaba lento, pues aunque el título nos parecía sublime, ya he dicho que nuestro sentido del humor era un tanto particular, escasas ideas teníamos para desarrollarlo. Sin embargo, mi conocimiento sobre Tom si crecía cada semana, descubriendo así, mayor inseguridad y menor optimismo de lo que en un principio imaginaba pero sin que ello afectara a nuestra dinámica en lo más mínimo.

Pero todo cambió cuando Tom conoció a Tarantella, nombre que debía de haberle echado para atrás desde el primer momento. La tía estaba como una puta regadera y lo peor, era peligrosa, instintos suicidas a la par que alguno homicida se arrebujaban en sus entrañas, absorbiendo cual agujero negro a un Tom cada día más enamorado. Sé que mis palabras pueden sonar despechadas pero no lo son, lo que afirmo es que a medida que la relación entre ambos se estrechaba, Tom se iba sumiendo cada vez más en ese estado de desesperanza y rencor a todo en general, y a nada en particular, que dominaba la existencia de Tarantella.

Cierto que la vida de esta, siempre según Tom, no había sido precisamente agradable, padre alcohólico y dominante, madre ahogada en la piscina “oficialmente” de forma accidental, novio maltratador, hermano heroinómano… Demasiada tragedia para que aquello fuera verídico, desde mi punto de vista, pero nunca dije nada por temor a que Tom me considerara otro enemigo más y gracias a la discreción por mi parte, mi amistad con él siguió más o menos intacta hasta que su distancia emocional y la mía física fue tal, que hicieron casi el olvido y recalco lo de casi, pues Tom jamás desapareció del todo de mis pensamientos. Y ahora sé que yo tampoco de los suyos.

Los meses transcurrían y Tarantella cada vez estaba más chiflada, me da igual si había o no justificación, el caso es que su paranoia extrema provocaba que su vínculo con Tom se tornara más y más opresivo, alterando los nervios de este a tal extremo que terminó convirtiéndose en un auténtico demente. El día que me despedí de él, no era ya ni una sombra de lo que había sido, solo un guiñapo desaliñado y escuálido, sumido en un estado de desesperación y locura absoluta.

Transcurrirían casi dos años, cuando encontré en mi buzón un sobre negro sin nada que identificara al remitente, lo abrí y encontré la siguiente nota;

Noches sin dormir, sangre en mis brazos, un martillo golpeando perpetuamente mi cabeza, la araña ansiedad me acompaña allí donde voy, mucha cerveza, arcadas, necesito huir a ninguna parte, gritar, chillar, evasión, látigos, polla tiesa, monstruos, demonios, fantasmas acechan, sexo, creo que empiezo a oír voces, negro y rojo, miedo, vértigo, me mareo, se me va la cabeza, ira, las tetas de Tarantella, cansancio, dormir, solo quiero dormir en mi habitación con un payaso disfrazado de león.

Esa misma tarde, paseando sin rumbo con elevado aturdimiento, una pareja de arlequines o algo por el estilo llamó mi atención. Vestían ambos de negro, la cara totalmente blanca, lagrimas azabaches adornaban sus ojos y de repente en uno de ellos, los rasgos pintados de un león. Supe al instante que se trataba de Tom. Iba a acercarme cuando nuestras miradas se cruzaron, allí me quedé, frente a su “The lion clown” y sabiendo que jamás volvería a ver a Tom.

De dictadores, capitanes y otros hijos de puta

Hace muchos años yo formaba parte del escuadrón…, pensándolo mejor, prefiero omitir su nombre. Digamos que formé parte de un escuadrón en alguna parte del mundo cuya misión era salvar a sus ciudadanos de malvados dictadores que pretendían someterlos a su dominio. No era empresa sencilla ni mucho menos, pero cuando nos lo propusieron mostramos un gran entusiasmo ante la idea de llegar a ser salvadores de una patria que no era nuestra.

Durante un tiempo mis compañeros y el que suscribe estás palabras dimos todo por nuestro capitán y más importante aún, por aquellos ciudadanos que necesitaban nuestra ayuda. Sin embargo a medida que transcurrían los meses nos íbamos percatando que el plan no era salvar al individuo de la dictadura, sino salvarle del dictador de la competencia.

Esto era malo pero las cosas se pusieron peor, el dictador era un hijo de puta, eso estaba claro, pero dentro de lo malo malísimo respetaba en cierta manera la dignidad tanto física como moral de los ciudadanos “salvados” sin embargo, a mi capitán se le fue la olla de un modo atroz, con tal de conseguir galones, hacía lo que estuviera en su mano para conseguir el ganado que requería el dictador. Desconozco si este estaba al corriente de las artes que utilizaba el capitán, imagino que no pero tampoco interesaba indagar, lo único cierto es que estaba ganando terreno a otros dictadores que ansiaban el control absoluto del país.

El caso es que esto hizo mucha mella en nuestro equipo, Copito de Nieve desertó prefiriendo la cárcel y la tortura que se imponía por dicha conducta, Recluta Patoso calló en combate al igual que O’Neill y a Patton lo degolló nuestro propio sargento. El resto de compañeros sobrevivió pero a un precio muy alto a excepción del maldito Judas que disfrutaba con toda la mierda que hacíamos.

Yo fui uno de aquellos que sobrevivió pero rocé la locura extrema en varias ocasiones, mi inconsciente creaba fantasías para no tener que enfrentarme a aquella truculenta farsa. Sin embargo, un buen día, con una lucidez que creo que no se ha vuelto a repetir, me juré que todos mis esfuerzos se dirigirían a reventar el puto plan del capitán, del dictador o de la madre que los pariera a todos. El resto del equipo, a excepción del capitán, el sargento y Judas, me apoyaron pero como no, desde la distancia.

Conseguí sabotear varias “salvaciones” pero no fue suficiente, el capitán estaba bien anclado y yo solo era un insignificante recluta. Nunca cejé en mi empeño así que me queda la agridulce sensación que al menos conseguí que ciertos individuos fueran libres y huyeran de las garras de los dictadores varios que acechaban. Sin embargo, como digo, no fue suficiente.

Mi capitán se fue dando cuenta de los sabotajes por mi parte ya que cada vez era más descuidado, nada me importaba ya un carajo, las cosas como son. Y por supuesto llegó el día de mi consejo de guerra. Allí salió mucha mierda, demasiada y gracias a eso, seguramente, conseguí librarme de todo cargo pero con deshonor, ya ves tú. Desde entonces he llevado una apacible vida con mis demonios, mis perros y mi pequeño huerto.

Como ya voy viendo que el tiempo apremia he decidido plasmar aquella terrible experiencia por escrito. Con un poco de suerte, caerá en manos de alguien noble que decida investigar y así conseguir que salga a la luz aquel periodo para olvidar pero que debe recordarse a fin de que no vuelva a ocurrir, ilusiones de un pobre y viejo soldado…