Una historia, paquidermos y cetáceos varios y la espalda de un hijo de la anarquía

Esta es una historia triste, una historia amarga, quizás agripicante, muy alejada de las que tengo por costumbre contar. Sin embargo, a veces, en la vida de una escritorzuela de tres al cuarto que debe trabajar haciendo malabares con paquidermos y cetáceos varios para conseguir llegar a fin de mes, tiene lugar una serie de sucesos a la que no se le debe volver la cara mientras se camina hacia el lado opuesto omitiendo lo acontecido. Todo lo contrario, una escritorzuela de tres al cuarto que hace malabares con paquidermos y cetáceos varios para llegar a fin de mes, debe tirar de libreta y lápiz, anotarlo todo, para después, con el rigor que le caracteriza, relatárselo a ustedes.

 

Pompeyo Tronchapino era el hijo undécimo del undécimo matrimonio de don Epopeyo Tronchapino, famoso cacique de Villahierbajos del Cuasi Centro tirando hacia Abajo. Su madre, la de Pompeyo, había muerto en el parto por una sobredosis de heroína y su padre y hermanos le habían odiado por ello. De este modo, la criatura en vez de crecer en un hogar afectuoso, lo hizo en una siniestra mansión rodeado de odio cerval. Además era enclenque, enfermizo, alérgico a casi todo y pelín demasiado quisquilloso, lo que no hacía sino empeorar su ya de por si lamentable existencia.

 
Sin embargo, la adversidad crea callo por lo que a medida que Pompeyo crecía, lo hacía de igual modo su indiferencia por la especie humana, trayéndosela muy floja lo que pudiesen decir, hacer, dejar de decir o dejar de hacer sus semejantes. Pero había un rescoldo que aún atormentaba a Pompeyo, su apariencia física, pues desde temprana edad había sido objeto de burlas y mofas debido a sus escuálidos brazos, esa chepa incipiente o las pústulas de las piernas. Y aunque él siempre había albergado la esperanza de que cual puto pato feo, terminaría convirtiéndose en un majestuoso y apuesto “cisne” de cabello rebelde, casi metro noventa y espaldas de hijo de la anarquía, la genética no había estado de su parte, pasando así de patito feo a nauseabunda gárgola.

 
A los 17 años ya era un jodido monstruo destripa-gatos, quema-cobertizos y mea-camas que se resarcía de sus tormentos con la flora y fauna más débil de Villahierbajos del Cuasi Centro tirando hacia Abajo, provocando dos infartos y medio a su padre, una tremenda paliza a su hermano quinto y la violación múltiple de su hermana octava. Hasta los cojones ya y apunto de descerrajarle de un tiro, su hermano primero; aquel al que la genética si había sonreído con ese cabello salvaje, aquel casi metro noventa y la espalda de algún hijo de la anarquía aunque fuese bastardo; le puso de patitas en la calle no solo de la siniestra mansión, sino también de Villahierbajos del Cuasi Centro tirando hacia Abajo bajo amenaza de muerte terriblemente lenta en caso de regresar.

 

En tales circunstancias Pompeyo Tronchapino decidió coger su petate, poner pies en polvorosa, pues aunque gustaba de tendencias psicopáticas, la valentía no era un punto fuerte, y vagar por el mundo en adelante sin conseguir, como era de esperar, encajar en ninguna parte. Y de este modo se fueron sucediendo los meses con la misma cantinela; trabajos esporádicos de cuatro o cinco días, pitorreo por parte de los machos alfas y rechazo continuo del sexo femenino.

 

Por ello no es de extrañar que Pompeyo Tronchapino en sus múltiples ratos libres se dedicase a evocar las mil y una maneras de torturar, violar, sodomizar, matar y al fin y al cabo, despedazar por completo a todo ser viviente posado en la faz de la tierra. Evocaciones estas que no se deberían haber puesto en práctica si no hubiera caído en sus manos “El guardián entre el centeno”, inexplicable libro de culto para carniceros varios, y en su camino no se hubiera cruzado Ricardo “La Hiena” Mingorance, sádico sexual con tendencias homicidas de manual.

 
El caso fue que una tarde cualquiera, en un parque de vaya usted a saber dónde, Pompeyo Tronchapino paseaba tranquilamente como llevaba haciendo desde hacía unos meses, pues le había cogido el gustillo a poner cara a cada una de sus terribles evocaciones, cuando por casualidad un banco le atrajo. ¿Qué banco?, uno un poco más allá, a la derecha, donde había un libro, ¿qué libro?, pues cual iba a ser, “El guardián entre el centeno”. Se sentó, cogió delicadamente el libro y comenzó a leer sin descanso hasta que lo hubo terminado. Subyugado en grado sumo por lo que aquel escritor narraba en aquellas páginas, se levantó con nueva determinación, chocándose violentamente con un sujeto que por allí, de nuevo casualmente, pasaba. Tras las disculpas pertinentes cada uno reanudó su camino, pero por alguna extraña razón que ignoramos, ambos echaron la vista atrás cruzándose así sus miradas. Podríamos decir que fue amor a primera vista, el inicio de una relación más que duradera y el comienzo del fin para aquellos que se interpondrían, o ni siquiera, en el camino de aquella jodida maldita pareja.

 
Famosos criminalistas del mundo entero han declarado numerosas veces que el asesino en serie es un sujeto que actúa en solitario, sin embargo, en ocasiones, quizás la puta excepción que confirma la regla, dos gilipollas descerebrados que no tienen donde caerse muertos en lo que al asesinato serial se refiere, tienen la suerte, mala para el resto, de toparse y comenzar así un viaje sangriento que va dejando muerte tras muerte tras su paso.

 
Y esto señores y señoras o señoras y señores es lo que hubiera pasado si de nuevo, los designios del destino no hubiesen actuado, o en este caso, si la escritorzuela de tres al cuarto que hace malabares con paquidermos y cetáceos varios para llegar a fin de mes; sabedora y apuntadora de todo para, con el rigor que le caracteriza, relatárselo a ustedes; no hubiera ido cagando leches a Villahierbajos del Cuasi Centro tirando hacia Abajo a contárselo todo al hermano primero; al que la genética había sonreído con ese cabello salvaje, el casi metro noventa y las espaldas de un hijastro o sobrino-nieto de la anarquía; y tras un buen polvo, pues servidora se lo merece; se lo hubiera cascado todo y cual dúo de héroes al más puro estilo de los Estados Juntitos de Allende los mares, hubiese cogido la moto, dirigido al motel de mala muerte donde se hospedaba la pareja de pre asesinos en serie dispuesta a cometer su primera matanza y se los hubiera cargado entre terribles sufrimientos.

 
De nada.

El huésped

Enrique Arcipreste estaba pasando una temporada en la que no encontraba sentido en sí mismo ni al transcurso de la vida, ni a su propia existencia, ni siquiera al limonero que tiempo atrás le había dado tantas satisfacciones. Llevaba meses soñando con darle un buen puntapié a la rutina, girar su patética vida 360, digo 180 grados, y comenzar de nuevo en una realidad totalmente distinta de la que aquí tenía. Sin embargo, Enrique Arcipreste era de aquellos buenos perros ladradores pero no mordedores, esto es, pajas mentales a cientos pero hechos más bien pocos.

 
Los días iban pasando y Enrique Arcipreste seguía barruntando posibilidades sin mover un dedo para llevar nada a cabo. Prender fuego en la compañía donde trabajaba y huir como narco prófugo a México, prender fuego en la compañía donde trabajaba, a poder ser con todos dentro, y huir como foca monje prófuga al polo Norte, si es que las focas monjes eran autóctonas del lugar, prender fuego… Vamos, que lo de prender fuego y el “profuguismo” era una constante, lo único que variaba era el lugar, de México al Polo Norte, pasando por Sri Lanka o Guatemala.

 
Y en ese estado continuaba cuando recibió una inesperada llamada de teléfono, su amigo Epítome Valdeanacardo, que años atrás había dejado un trabajo que le generaba pingües beneficios, una encantadora esposa y tres adorables criaturas para dedicarse a la cría del chipirón pirenaico en aguas caribeñas, le anunciaba su inminente visita. “Un mes, dos a lo sumo, trabajo, si, necesario, casa, la tuya, no molestaré, gracias”. Enrique Arcipreste colgó con sentimientos encontrados, claro que se alegraba de ver de nuevo a Epítome Valdeanacardo pero le parecía ligera desfachatez la suya, un mes o dos en su casa de 30 metros cuadrados a mayor abundamiento parecía excesivo.

 
Dos semanas más tarde, un casi irreconocible Epítome Valdeanacardo aterrizaba en la terminal 4 y medio del aeropuerto de Ciudad Capital y se instalaba en el reducido apartamento de Enrique Arcipreste.

 
Los primeros días transcurrieron sin incidentes, ambos amigos tenían mucho que contar y aprovecharon las escasas horas libres de las que disponía Enrique Arcipreste para hablar y hablar sobre sus respectivas vidas. Epítome relataba a Enrique cuan fantástica era su vida por tierras caribeñas criando y domesticando chipirones pirenaicos, a la par que bebía ron y se follaba a un par de gemelas oriundas. Y por su parte, Enrique Arcipreste, consciente de la mierda vida que llevaba, hacía mayor hincapié a Epítome, de sus ganas de volar del nido y reescribir su historia.

 
Pero la segunda semana todo empezó a cambiar. Enrique Arcipreste comenzó a sentir cosas extrañas que achacaría en un primer momento a la edad que ya comenzaba a jugar malas pasadas. Algo así como estar convencido de haber lavado su taza de los power ranger texanos que utilizaba para el caocolat del desayuno y encontrarla sucia por la noche, perder todas las mañanas la camisa que quería ponerse o comprar matarratas en vez de azúcar moreno. Y algo más raro todavía, no ver apenas a su querido amigo y huésped Epítome Valdeanacardo, pues este llegaba siempre cuando Enrique Arcipreste dormía como un bendito y cuando Enrique Arcipreste se iba a trabajar, Epítome Valdeanacardo descansaba plácidamente en el colchón en el suelo del salón.

 
Los días iban pasando y Enrique Arcipreste cada vez estaba más agitado, las noches eran atroces pues matemáticamente a las 3:22 se despertaba sobresaltado convencido de que alguien acechaba en las sombras. También amigos, vecinos o meros conocidos daban fe notarial de haberle visto en tal o cual bar chulenado mujeres y bebiendo ron a mansalva. Y por supuesto, seguía sin poder coincidir momento alguno con el hijo puta de Epítome Valdeanacardo.

 
Desquiciado en grado máximo tras todo lo que su alrededor acontecía, Enrique Arcipreste decidió acudir a un psiquiatra para contarle con pelos y señales aquello que le atormentaba, que venía a resumirse en, “Epítome Valdeanacardo estaba sin duda alguna suplantando mi identidad”, y el buen doctor escuchó, anotó y recetó, valium para caballos exactamente. Convencido de que aquellas píldoras mágicas lograrían calmarle, se fue a la cama temprano y como no podía ser de otra forma, a las 3:22 se levantó, en este caso más saliendole el corazón por la boca que otra cosa. Pero esta vez no era una sensación, alguien aporreaba su puerta y vociferaba algo así como “abran, policía”. Se puso el batín y se dirigió a la puerta, quitó el cerrojo, giró el pomo y sin darse cuenta, tres armarios de siete cuerpos miembros de la policía, se abalanzaban sobre él.

 
Fue conducido inmediatamente a la comisaría e interrogado con diversas tácticas durante tres o cuatro eternidades cuando menos. Parece ser que alguien había quemado la compañía donde trabajaba con todo el mundo dentro, y en su casa había un billete destino al polo norte y la tarjeta del célebre cirujano plástico Norbert Reyezuelo, especialista en cambio de especie, concretamente humano-foca monje.

 
Enrique vivía sin vivir en él y no moría porque le tenían encerrado entre cuatro paredes acolchadas sin ningún objeto punzante, ni cordones, ni nada con lo que consiguiera quitarse de encima esa maldita vida de mierda que llevaba. Pues a pesar de las múltiples veces que había mencionado a Epítome Valdeanacardo, nadie le había hecho ni puñetero caso. Solo un chaval de practicas tuvo la decencia de investigar más o menos aquello, para llegar a la decepcionante conclusión de que el hombre al que mencionaba Enrique Arcipreste durante siete u ocho veces al día no existía.

 
En el juicio le declararon incompetente de sus actos por razón mental, cosa que no gustó a Enrique Arcipreste, pues aunque efectivamente él no había sido, que le llamaran incompetente le ponía del higadillo. Y como no podía ser de otra forma, fue recluido en un psiquiátrico de por vida. Y aunque los inicios fueron duros, poco a poco fue encajando entre Napoleones, María Antonietas y Buzz Lighyears.

 
Habrían transcurrido seis meses, o quizás dos días, desde su internamiento, cuando anunciaron visita para Enrique Arcipreste, un Enrique Arcipreste que ya no esperaba a nadie, habida cuenta de que ese mismo nadie había acudido a apoyarle a lo largo de su viaje por el Pandemonium. Entró en la sala de visitas y ojiplático se quedó el muchacho, allí estaba el hijo puta de Epítome Valdeanacardo con traje caro de raya diplomática. No hay definición posible para lo que sintió en esos momentos Enrique Arcipreste, vamos, que no es de extrañar que tuvieran que llevárselo con camisa de fuerza cogido en volandas por dos armatostes de celadores echando espumarajos por la boca, Enrique, no los celadores.
Pero Epítome Valdeanacardo siguió yendo día de visita si y día de visita también con el único propósito de preguntar a Enrique Arcipreste por su color favorito. Se repitieron episodios de camisa de fuerza y espumarajos, tras los que surgirían semanas y semanas de mutismo absoluto hasta que un buen día, hasta los cojones imagino ya el pobre Enrique Arcipreste, contestó, “el verde”.

 
“Mi lord, al fin. Fin de la farsa muchachos, fin de la farsa”.

 
Solo les haré mención del titular de los periódicos de aquel día. “Holocausto caníbal, zapatilla rusa al lado de Enrique Arcipreste”.

 
Parece ser que su madre preocupada por su ligeramente desequilibrado hijo, tuvo la genial idea de contratar esas experiencias extremas que actualmente están de moda. Ser secuestrado, torturado, cazado, involucrado en un cuasi genocidio… lo típico vaya, para recuperar el gustillo por la vida. Pero la señora en cuestión, pelín senil ya, no dejó muy claros ciertos puntos. Que vienen a ser los siguientes, si el sujeto desconoce la pantomima, es usted la debe pararlo en el momento clave, no dar la palabra clave como si de una experiencia sadomasoquista se tratara. En fin, aquello acabó como el rosario de la aurora, muertos a puñados y un pobre y desgraciado Enrique Arcipreste encerrado entre Napoleones, María Antonietas y Buzz Lighyear, quizás más conflictivos que los anteriores.

 

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado!

Cenizo Ciento Porciento y ya de paso, un homenaje a mi manera

En un lejano y cutre reino, un desgarbado damiselo malvivía en una destartalada mansión con sus estomagantes hermanastros y su pérfida madrastra. Su nombre, Cenizo Ciento Porciento y su historia, la que viene a continuación…. Que la disfruten.

Cenizo Ciento Porciento era el hijo único del gran y acaudalado señor Ciento y la encantadora dama Porciento, pero quiso el terrible destino que la encantadora dama Porciento se atragantara con un ganchito naranja con sabor a queso y dejara este mundo. El gran y acaudalado señor Ciento aunque apesadumbrado, resolvió que era necesario encontrar una nueva mujer que satisficiera sus necesidades, culinarias, y cuidara de su pequeño Cenizo.

Fueron semanas agotadoras de un descarte tras otro hasta que ese lunes cualquiera se hizo la luz. El gran y acaudalado señor Ciento se quedó al instante embelesado de aquella majestuosa criatura de moño tirante, ojos pequeños, nariz ganchuda y piel cerosa que respondía al nombre de señora Sotaine. La boda se celebró al día siguiente y el miércoles ya estaban enterrando al pobre gran y acaudalado señor Ciento. El forense dictaminó muerte accidental por estrangulamiento con cuerda de piano, sin embargo, siempre quedaría la alargada sombra de la sospecha, que no la del ciprés, en la figura de la señora Sotaine.

Lo que viene a continuación, se lo pueden imaginar. La señora Sotaine cual doberman psicótico, se hizo dueña y señora de la mansión junto con sus dos estúpidos vástagos, Platanasio y Patatuello, y relegaron al desgarbado heredero Cenizo a señora de la limpieza sin papeles.

“Cenizo lava la porcelana china, Cenizo friega los suelos de mármol, Cenizo plancha mis calzones de seda salvaje, Cenizo ordeña al cabrón montés para mi baño semanal, Cenizo ulula que eso me relaja, Cenizo, Cenizo, Cenizo…”

Los días, los meses, los años… pasaban tristes y anodinos en la vida fatigosa de Cenizo. Ni un ratillo libre para sus cosillas tenía el muchacho, pues se levantaba con los laudes y se acostaba con los maitines, una mierda de vida, vamos. Sin embargo, Cenizo no perdía la esperanza, era de natural alegre y soñador y todos los días imaginaba con Lola; la rata tuerta con la que compartía lúgubre sótano, escueto camastro y rancio pan; cómo sería su vida cuando consiguiera salir de semejante infiernito.

Un jueves cualquiera, como otros tantos jueves, Cenizo se encontraba encerando el parqué de cerezo bonsái cuando llamaron a la puerta. Se disponía a abrir cuando fue embestido por lo que parecía una horda de histéricas hienas que resultaría ser Platanasio y Patatuello, y con ese léxico tan cuidado que les caracterizaba, le espetaron al unísono “largo pringao”. Cenizo siguió a los suyo y ese par de cafres abrió la puerta. Ante ellos, un mensajero real que voceaba el siguiente mensaje:

El Rey de este lejano y cutre Reino se congratula en invitar a todos los damiselos casaderos del reino.

Mañana por la noche en el Palacio de Cristal Rosa Chicle.

Para un baile para con mi hijo heredero del trono, el Príncipe Leopoldete.

Les espero a todos,

Chaíto.

El mensajero real entregó sendas invitaciones a Platanasio y Patatuello, pero también a Cenizo que seguía zascandileando con la cera por allí cerca, cosa que no gustó a los psicopáticos hermanos.

La vida de Cenizo no había sido fácil, no estaba siendo fácil y no iba a ser fácil, al menos en un futuro próximo. Tras dejar todo al día siguiente como los chorros del oro, desempolvó el precioso traje que de su gran y acaudalado padre señor Ciento pudo conservar, lo arregló, se lo puso y como un guante, oye. Se calzó un par de zapatos aunque ligeramente grande que le había lanzado a la cara su dulce hermanastro Platanasio y se atusó el pelo. Radiante y guapo se encaramó a las escaleras y cuando se disponía a bajarlas, zas, colleja al canto de la soput… de su pérfida madrastra.

-¿A dónde vas cretino? Le preguntó.

-Al baile, buena señora. Le contestó.

-Estás muy equivocado gilipollas. Dijo a la vez que le lanzaba escaleras abajo para que los marranos de Platanasio y Patatuello hicieran trizas el traje y de paso, los sueños de Cenizo.

Abatido, regresó a su lúgubre sótano dispuesto a llorar a moco tendido, cuando por arte de birlibirloque se apareció el Duque Blanco con Lola en las manos, pero Cenizo estaba tan triste, que se limitó a decirle que la familia no estaba en casa, solo él, la pobre señora de la limpieza sin papeles. David Bowie se acercó a él y le posó afectuosamente la mano en el hombro.

–Cenizo, he venido por ti, soy digamos, una especie de hada madrina pero no al uso. Hoy irás al baile y triunfarás, brillarás por encima de todos, eso sí, el conjuro solo dura hasta las 12. Cuando se apague el eco de la última campanada, todo lo que de aquí salga volverá a su ser.

Cenizo boquiabierto solo acertó a mover afirmativamente la cabeza y entonces, David Bowie bastón mágico en mano empezó a cantar y hechizar.

I wish you could swim
Like the dolphins
Like dolphins can swim
Though nothing
Will keep us together
We can beat them
For ever and ever
Oh we can be Heroes
Just for one day

Cuando hubo terminado, Cenizo estaba irreconocible; un tío alto, con buen porte, un traje impecable y un pedazo de descapotable, la pobre Lola, que le esperaba en la puerta de la mansión.

Llegó al baile y efectivamente deslumbró, brilló, encandiló y enamoró a todos, incluida a la postiza familia de pacotilla que por desgracia su gran y acaudalado padre señor Ciento le había dejado por herencia y por supuesto, a Leopoldete. Pero como no podía ser de otra forma, llegaron las 12 de la noche y la campana empezó a sonar. Cenizo hizo de tripas corazón y de allí se largó dejándose un pedazo de zapato del 46.

Pero lo que son los caprichos del destino amigos míos. Cuando llegó para adoptar de nuevo su papel de señora de la limpieza sin papeles, allí estaba David Bowie con el príncipe Leopoldete a su lado, que estaba de toma pan y moja, zapato en mano. Qué puedo decir, solo magia, lo que allí sucedió fue magia. Cenizo se acercó, leopoldete también, Cenizo un poco más, Leopoldete otra tanto y así hasta llegar a casi rozarse. Leopoldete se arrodilló y le puso el zapato, era él, no había duda. Se levantó y ambos se fundieron en un apasionado y tierno beso.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado, que no, que es coña. Ahora viene cuando ponemos a todos en su sitio.

 

Cenizo y Leopoldete se casaron y fueron felices y comieron perdices a la par que adoptaron a dos niños preciosos.

Lola permaneció como mascota fiel de la familia hasta su muerte. Pero tranquilos, ya en ese otro mundo se unió con el Duque Blanco para seguir haciendo magia allá donde fuera necesario.

Patatuello se enamoró en el baile del ayudante de cocina que le rechazó al instante. Dolido, en vez de seguir pagándola con Cenizo en particular y con el mundo en general, se encontró a si mismo y se dispuso a enmendar todos sus errores y ya de paso, a luchar por un mundo mejor.

Platanasio corrió peor suerte, pues murió ahogado con un ganchito naranja sabor a queso… ahí lo dejo.

Y desgraciadamente, la señora Sotaine consiguió engatusar a otro y tras una boda y funeral relámpago, esta vez por muerte accidental por envenenamiento con cicuta, siguió haciendo de las suyas. Pero no os preocupéis, que tengo un final para ella de lo más ad hoc para su persona en otra entrega.

 

Hasta siempre Duque Blanco, nos vemos en el otro lado.

Porque los vampiros también lloran

Tras los extraños acontecimientos que rodearon la muerte de Fernanda Garrote, decidí tomarme un respiro e irme a Ciutat Paellil a visitar a mi queridísima y olvidada amiga de la infancia Casilda Becerra. Esta me acogió con gran entusiasmo y seguidora como era de la orden de la Virgen del Puño, me puso en menos que canta un gallo a desplumar clientes con mis recién adquiridos falsos poderes adivinatorios.

Los primeros meses estuvieron bien, sin embargo, en las últimas semanas empecé a notar cierta desazón y a darme cuenta de que mi vida carecía de cualquier sentido. La emoción que pudiera haber tenido en sus comienzos al recibir al pobre diablo y hacer mi paripé con la bola de cristal y mi turbante, habían desaparecido. El aburrimiento y la depresión corrían a sus anchas por todo mi ser. Estaba claro que necesitaba un cambio y de manera urgente si no quería perecer con foie en vez de hígado.

Una noche, de esas de ahogar penas que tan habituales empezaban a ser, me hallaba yo en el sofá en estado de semiembriaguez cuando quiso el destino que atinara con el mando a distancia y sintonizara “Cuarto y mitad de milenio” de  Ícaro Gimeno. Empecé a ver el programa y en algún preciso momento la vi, sí, eso era, ahí estaba la solución a mis problemas existenciales. Resuelta me levanté, apagué el televisor y me dispuse a hacer la maleta ipso facto pero me percaté que quizás fuese mejor posponerlo para el día siguiente y así poder dormirla.

Tras un sueño reparador, con todo recogido y con la pertinente despedida lacrimógena, puse rumbo al aeropuerto para coger el primer vuelo a Drakulvania, sede oficial del vampirismo, a dónde llegaba tres días más tarde por aquello de no estar en temporada alta.

Me instalé en un coqueto motelito al lado de un idílico acantilado, que ríete tú de Despeñaperros, y me dispuse a investigar. El plan era muy sencillo, debía encontrar a un tal Vizconde Drámula para que este me convirtiera en vampiro, pues por lo que había leído, vampiros hay muchos pero vete tú a saber dónde han metido el colmillo, así que las páginas web especializadas recomendaban acudir al primigenio, un poco más caro sí, pero más seguro y con pedigrí.

La cosa fue más compleja de lo que había pensado, el ciudadano drakulniano educado como nadie pero la madre del cordero para sacarles una jodida palabra. Veintitantas botellas de algo parecido al alcohol de quemar tuve que pagar para conseguir saber que el Vizconde se encontraba en el Castillo del Vizconde Drámula, en la ladera noroeste de las Montañas Oscuras, esto es, enfrente del coqueto motelito.

Allí que me presenté dispuesta a que me mordiera el pescuezo para iniciar una vida en la oscuridad, al margen de la sociedad y envuelta en un halo de misterio y glamour gótico. Timbré y la puerta se abrió con ese sonido característico que tienen los porteros automáticos al abrir. Entré y me di de bruces con un apuesto y atlético tiarrón, vestido de punta en blanco, con una sonrisa encantadora y que se presentaba como Vladco no sé qué, asesor personal en lides vampíricas.

Yo flotaba en éxtasis y solo en aquellos escasos momentos en los que conseguía dejar de imaginar todo tipo de cochinadas con Vladco no sé qué, asesor personal en lides vampíricas, escuchaba palabras como mordisco básico, con extras o kit especial. Iba a optar por el kit especial, el favorito de Vladco, pero descubrí que el precio era desorbitado, muy por encima de mis posibilidades como exfalsa pitonisa, así que me tuve que conformar con el básico con tirita.

La experiencia un poco decepcionante, he de decir que el Vizconde se ha vuelto muy comercial. Aquello parecía más una cola para hacerte una analítica que tu gran momento de conversión a ser de las tinieblas. “Que pase el siguiente, gire el cuello, ñam, Lucrecia póngale la tirita, no se la retire hasta dentro de dos minutos si no quiere que le salga moratón, Vladco le cobrará, disfrute de su eternidad y no olvide leerse el manual de instrucciones”. Y ya, a casita rica, sin ningún ritual, ni siquiera una palmadita en la espalda…

En el avión, de vuelta a casa, descubrí que aquello tenía más contraindicaciones que mezclar ácido acetil salicílico con ibuprofeno, que si cuidado con la luz, cuidado con el ajo, los crucifijos, el agua bendita… Y tampoco me había sentado muy allá, estaba como destemplada, algo pálida y así como inapetente. Y quiso además el caprichoso destino que el avión se equivocara de ruta y aterrizáramos en Rancholand, en Estados Juntitos. ¿Perdona?

En el aeropuerto nos dijeron que lamentablemente no sabían cuando conseguiríamos volver debido a la fuga de un tal Telesforito López, conocido por ser un siniestro y peligroso terrorista. Yo desesperadita, mi maleta, mi nueva condición como vampiro y en medio de un puñetero desierto con un bar de mala muerte cada nosecuantas millas y una perenne música country de fondo.

Esta vez me había lucido y de qué manera. Cogí mi maleta y me dirigí al primer bar de mala muerte que pudiera encontrar, para comprobar si el whisky seguía haciéndome el bendito efecto de hace tan solo unos días. Tras veinte o cien o mil millas se hizo la luz, de neón, y entré, me aposenté en la barra y pedí uno doble. Tal como entró aquel brebaje que tan mágico me había parecido antaño salió, con la mala pata de esparcírselo a dos fulanos que tranquilamente conversaban a mi lado.

El más bajito de los dos, de aproximadamente uno noventa, se giró bruscamente con el puño levantado, yo le miré con ojos de cordero degollado y le mostré la mejor de mis sonrisas, lo que no tenía en mente era que la dulce sonrisa fuese acompañada de dos colmillos descomunales. La leche puta, pensé. El fulano, que en un principio había bajado la guardia, al ver semejantes piños, me cogió de las solapas y me sacó fuera escoltado por el otro bigardo de dos metros.

Y allí estaba yo, en medio de ninguna parte con dos fulanos enormes, aunque francamente atractivos, con cara de pocos amigos, sendas estacas, de madera que conste, y balbuciendo latinajos. He de confesar que me puse a llorar desconsoladamente y a farfullar algo así como que me cagaba en mi puta suerte, a la vez que mentaba a mi santa madre por el momento en el que había siquiera considerado que ser vampiro era la solución a mi falta de proyección profesional.

Tras horas de explicaciones en un inglés cuando menos deficitario, conseguí hacerles entender que era mi segunda noche como vampiro, que antes había sido autónoma en el Jardín del Encantado Encantador Descanso pero que debido a ciertos hechos y a mis excesos con la maría había ido a Ciutat Palleil para descansar, pero que por una amiga me hice falsa vidente y que como ello no me realizaba, una noche borracha perdida decidí que mis problemas existenciales se resolverían de un plumazo al hacerme vampiro.

Que pensándolo ahora, me pregunto por qué carajo decidí yo hacerme vampiro, que vería aquel día…

El caso fue que el corazón de los cazavampiros se debió ablandar y me tendieron un pañuelo para que pudiera enjugarme las lágrimas, porque los vampiros también lloran, y sonarme los mocos, y si, los vampiros también tienen mocos. Me recompuse como pude y les invité, por aquello de no haberme matado, a una cerveza, que conseguí beber gracias a un truco de uno de ellos que consistía en verter algunas gotas de sangre en la misma. Después de esta vino otra, y otra y otra…hasta que perdí la cuenta.

Amanecí en el asiento trasero de un coche en marcha con una resaca considerable. Mi primera reacción, saltar por la ventana, sin embargo mi cuerpo no respondió. Pensé que había llegado mi final en manos de un sádico granjero estadojuntinense pero de pronto caí en que era inmortal, jojojo, pues te vas a enterar so cabrón. Abrí los ojos y descubrí que quién conducía era Jake, uno de los cazavampiros y que el otro, Tommy, dormía plácidamente en el asiento del copiloto, entonces recordé la noche anterior, al menos en parte. Me habían contado su vida de caza monstruos variados, que sobrenatural, y yo, cateta de mí, me había unido a su lucha. Decidí que lo mejor era volverse a dormir con el ferviente deseo de despertarme en Ciutat Paellil al lado de mi bola de cristal y mi turbante.

Me desperté unas horas más tarde al anochecer, justo cuando el coche paraba enfrente de otro bar de mala muerte. Salimos, entramos, esto es, del coche y al bar respectivamente, nos sentamos en una mesa y pedimos tres cervezas. Cuando el camarero, si es que a eso se le puede llamar camarero, nos trajo la ronda, alzamos las botellas y brindamos, que carajo, por mi nueva incorporación como cazamonstruos variados aun siendo uno de ellos y por una feliz y plácida Nochebuena.

Feliz Navidad y próspero año nuevo!!

Fin por ahora!

 

 

Croquetas

Aviso: Ninguna croqueta ha sufrido ningún daño a lo largo del relato. Lo que van a leer a continuación es ficción, pura ficción.

 

No es nada personal, lo juro, la croqueta en sí me cae bien, es campechana como aquel que fue rey, hecha por y para el pueblo, sencilla, humilde… Pero es que a lo largo de todos mis años de existencia, en todo evento que se prestara, ¿qué había?, (redoble de tambor), correcto, las sempiternas croquetas…

Mi vida hasta el momento había sido normal, anodina, como cualquier mujer de clase media, con su familia, sus amigos y sus compañeros de trabajo, todos ellos normales, anodinos, de clase media. Clase media la que yo conozco que parece venerar las croquetas, así que por mucho que me reconcomiera, admitía que en toda reunión, festejo, celebración, velada, cumpleaños, acontecimiento, conmemoración o aniversario hubiera croquetas, ya fueran las clásicas de jamón, alguna más rebuscada de boletus, o las de la Encarni, de cocido.

Pero hete aquí que por caprichos del destino, conseguí ingresar en uno de los clubes más exclusivos de Ciudad Capital, “Los descendientes de la pierna del Cid”, cambiaron pata por pierna por aquello de que pata sonaba chabacano. Yo no me lo creía claro, lo de ingresar aunque lo de pata por pierna…, estaba extasiada, una persona como yo codeándose con la élite, la creme de la creme, la sangre azul. Sin embargo, no era oro todo lo que iba a relucir.

Como ya he dicho, mi ingreso en “Los descendientes de la pierna del Cid” fue pura chorra, un lío de nombres, documentos que se extraviaron, lo típico, vaya. Pero aunque yo mostraba gran entusiasmo, sus miembros no tanto. Me veían como si una vulgar rata sucia y tuerta de alcantarilla estuviese en el palco del Real Palacete disfrutando de Aída, la ópera, no la serie, aunque con sus cerebros vaya usted a saber, con sus correspondientes impertinentes.

Pero con el tiempo las cosas mejoraron nimiamente, alguno de sus miembros “obreros”, no porque trabajaran en la construcción sino porque allí había una sarta gilipollas que se creía la abeja reina y denominaba a todo aquel que no era lo suficientemente chachi como obrero, me fueron aceptando. Y qué queréis que os diga, al principio se me subió a la cabeza el hecho de pertenecer a un círculo tan sumamente selecto aún considerada en él como paria y después, cuando caí de la jodida burra, había gente que ya me importaba, así que decidí continuar.

Los meses siguientes transcurrieron tranquilos, sin grandes incidencias hasta que llegó lo que ellos denominaban como “Divine Bacanal”. Yo al principio me quedé a la expectativa, pues no sabía si aquello se trataba de una orgía masiva o de alguna otra memez de esas mentes privilegiadas del Club, por lo que empecé a indagar. Sin embargo, a pesar de mis dotes detectivescas, poco pude sacar. Parece ser que de sexo en grupo desenfrenado nada, solo una gran comilona en el salón de terciopelo azul índigo. Me apunté. Craso error.

La broma costaba nada más y nada menos que 780 euros, pero bueno que carajo, un día era un día. Por el precio, estaría sentada delante de cientos de exquisiteces regadas con el mejor champagne. Los cojones…

El día de la Divine Bacanal llegó y fuimos conducidos al Gran Salón Azul, joder que angustia. Una sala de terciopelo azul hasta con lazos de terciopelo azul en el puñetero terciopelo azul. Las sillas, las cortinas, las paredes, el techo, el suelo, hasta los camareros eran de terciopelo azul, pero bueno, podía pasar. Tomamos asiento, las abejas reinas a un lado y los “obreros” a otro, por supuesto. Yo excitada y medio en coma, pues no había comido en tres o cuatro días para poder atiborrarme de langosta, caviar, erizo de mar, solomillo… Los camareros al fin hicían su entrada triunfal y no, no puede ser…no…

No daba crédito, os juro que no daba crédito a lo que traían los camareros en esas fuentes de platino, que para qué coño usar platino. Kilos y kilos y más kilos de jodidas croquetas con simples jarras de agua para conseguir una deglución perfecta. Al principio lo achaqué a la falta de alimento pero pronto me di cuenta que no, que efectivamente este garçon solo traía croquetas y agua, al igual que este otro, y el otro y el de más allá y el de la esquina y el que entraba por la puerta… ¡Tocaríamos a  más de un centenar de croquetas por barba! Algo hizo clic o clac o crash.

Mi abogado alegó en el juicio enajenación mental transitoria, no lo sé, solo recuerdo que ver a aquel estúpido grupo que se creía por encima del bien y del mal deglutir croquetas a cascoporro, hizo que mi ira creciera y se descontrolara, lo que provocaría que mi psique, mi corazón y mi alma se quebraran y cogiera croquetas a discreción para metérselas por el gaznate a todo aquel atajo de soplapollas. El resultado, 7 víctimas mortales y 8 heridos, mi veredicto, el resto de mi vida en un psiquiátrico para maniáticos homicidas con problemas sin resolver con las croquetas.

Y aquí estoy, en mi habitación blanca, al lado de mi ventana con barrotes blancos, escribiendo este diario que tan encarecidamente me ha recomendado mi psiquiatra. Ahora les dejo, pues ya son horas y hay croquetas para comer.

 

 

Telesforito López y su cúmulo de terribles desdichas

Telesforito López era gafe, muy gafe, tremendamente gafe, vamos, gafe de cojones y el pobre lo sabía, lo que no sabía aún era como de feas se le iban a poner las cosas…

Telesforito López era un hombre apegado a sus rutinas y como cada sábado, salía a dar su paseo matutino de media hora tras el cual, tomaba su café descafeinado con leche desnatada y sacarina en el bar de Manolo, para luego encaminarse al quiosco de la Gertru a comprar el CBA. Pero ese fatídico sábado, su destino se iba a truncar y de qué manera.

Salía del bar para ir al quiosco cuando ante sus ojos se apareció un magnifico teléfono móvil en el suelo, la pantalla estaba rota pero se trataba de un i-pone de ultimísima generación, de los que vienen con pedigrí y todo. No se pudo resistir y rápidamente lo asió para meterlo en el bolsillo de su sempiterno pantalón de pana verde. En su mente se dibujaba una y otra vez el i-pone, así que corrió, que digo corrió, voló a su casa para ver el i-pone, oler el i-pone, lamer el i-pone…

Sin embargo, Telesforito López era un hombre bueno o más bien temeroso de su madre, a la vez temerosa de algún ser supremo, por lo que a pesar de morirse de ganas de quedarse el i-pone, pensó que debía hacer lo correcto. Como el teléfono estaba encendido y el código de desbloqueo era 1, 2, 3, Responda otra vez, justamente lo primero que le vino a la mente, Telesforito López pudo acceder al menú de llamadas y marcar el número con el que se había mantenido la última comunicación. Sin resultado, apagado o fuera de cobertura, lo mismo con el siguiente, el siguiente y el siguiente. Harto ya de tanto apagado o fuera de cobertura decidió quedarse con el móvil. Él había hecho todo lo posible.

Pero la imagen de su madre cogiéndole de una oreja y amenazándole con el dedo índice de la otra mano, le interceptó en la nevera en el momento justo en que cogía una botella de Lambrusco rosado, su vino favorito, para celebrar su gran hallazgo. Volvió a dejar la botella y se dijo que haría un intento más, buscaría en contactos, intentaría localizar a su propietario y si esto no resultaba, estaba claro, el caprichoso destino estaba de su parte esta vez, tras tantos años de mala suerte.

Se sentó en su sillón de orejas de pana verde, le gustaba mucho la pana verde, y se puso a ello con los contactos, descubriendo solo dos números identificados como “bomba” y “bomba de repuesto por si la primera no explota”, y la siguiente dirección de correo electrónico: “terroristasanonimos#dinamitaacme.orrg”. Cuando menos sonaba extraño, los números no le daban buena espina pero su madre se iba a enfadar y mucho, si no justificaba haber hecho todo lo que había estado en su mano para devolver el i-pone.

Sopesando pros y contras, decidió enviar un correo electrónico a la dirección que figuraba en los contactos que decía así

Estimado señor/a desconocido/a,

Me llamo Telesforito López y creo, tengo algo que les pertenece. Si están interesados en recupéralo no duden en llamar al 777777777777.

Reciba un cordial saludo,

 Él había cumplido, ya está, daría un plazo de una semana y si nadie llamaba a casa, de su madre por cierto, pues le seguía produciendo ciertos escalofríos el contacto “bomba” y ya no digamos el de “bomba de repuesto por si la primera no explota”, se quedaría con su tan ansiado i-pone.

El miércoles, como cada miércoles, su madre le llamó para interesarse por su salud, su alimentación, su trabajo como auxiliar adjunto de picapedrero y de paso, comentarle el susto de la noche anterior. Un imbécil había llamado a las 3:30 de la madrugada preguntando por no sé qué cosa electrónica, sí, por poco se queda tiesa del infarto y claro, le había mandado al infierno y un poco más lejos si cabe. Telesforito López se calló como un puta, se limitó a consolarla y a colgar tres minutos más tarde para frotarse las manos. El i-pone ya era suyo.

El sábado, transcurridas dos semanas desde el hallazgo, Telesforito López era feliz con su flamante i-pone con pedigrí y pantalla nueva. Estaba entrando por la puerta del bar de Manolo para tomarse su café descafeinado con leche desnatada, sacarina y marcando teléfono en barra,  cuando fue interceptado por la Intersol, el TBI y la PÍA. Se hizo pis en sus amados pantalones de pana verde.

Tres días de interrogatorios que rozaron la tortura, otros cinco de propia tortura y un último de auténtica escabechina hicieron que el pobre Telesforito López confesara haber matado a Kennedy, a Lincoln, ser el asesino del Tarot, un alienígena espía y votar a la Colange. Pero por una extraña razón que solo Telesforito López sabía, siguió en sus trece con la historia del i-pone encontrado y negando el hecho de pertenecer a la organización terrorista más carnicera del planeta.

Decir, como era de esperar, que Telesforito López desapareció del mapa, unos dicen que anda por Cuantínamo, otros con los pies de plomo en el río Manzanillez y otros, en alguna cueva dirigiendo la organización terrorista más carnicera del planeta.

Fin! O no, nunca se sabe…

Fin.

Escarlata

Tras los acontecimientos acontecidos, valga la redundancia, necesitaba unos días de asueto, lejos de El Jardín del Encantado Encantador Descanso y más aún de Ciudad Capital, así que hice el petate, cogí el primer bus a Ciutat Paellil y transcurridas más o menos cuatro horas, me hallé en el rellano del segundo piso de una finca de mala muerte, haciendo acopio de valor para poder llamar a la puerta de mi antigua amiga de jardín de infancia Casilda Becerra.

Casilda Becerra había sido mi mejor amiga desde los ¿tres?, ¿cuatro años?, ¿Cuándo entra uno en jardín de infancia?, bueno, Casilda había sido mi amiga desde que entré en jardín de infancia, fuese a la edad a la que fuese, hasta que nuestros caminos se separaron. A mi me dio por labrarme un futuro lleno de éxitos y dinero matriculándome en filosofía y a Casilda por liberar suuuu, suuuu, su lo que fuera haciéndose pitonisa. Así que con una mano delante y otra detrás se fue a Ciutat Paellil y allí se instaló. Durante los cinco años siguientes mantuvimos el contacto pero la distancia hace el olvido, la cosa se fue enfriando sin que pasara nada… y vamos, que llevaba casi diez años sin saber nada de ella hasta que decidí plantificarme en su casa, a ver si por allí seguía, con todo el morro, para que nos vamos a engañar.

¿Por dónde iba? Ah sí, en el rellano, allí estaba yo deshojando la cuarta margarita para decidir si llamaba o no, cuando un fulano bajito, calvo y rechoncho salió del ascensor secándose el sudor de la cabeza con un pañuelo y con un elevado estado de excitación, no en plan cachondo, sino en plan histérico perdido. Sus ojos desorbitados chocaron bruscamente con los míos y sin mediar palabra me apartó de un manotazo y comenzó a timbrar frenéticamente.

-Va, que ya va, deja de timbrar joder que me lo vas a gastar-. Eso se oía tras la puerta hasta que esta se abrió, dejando al descubierto a una descomunal señora ataviada con una túnica magenta con estampado aleopardado, un turbante también magenta y unas babuchas de, de ¿cristal?

-Pedret, te lo tengo dicho, sin dinero no te echo las cartas, vete a hacer puñetas por ahí, coñe ya”- Dijo la gran valkiria magenta. Pedret el pobre gordito sudoroso, con ojos de cordero degollado dio media vuelta y se fue, y allí me quedé yo sintiéndome David ante Golitat, la venganza, la de Goliat, claro. Sin embargo, aquella que podría haber sido una musa de Rubens, con su mejor sonrisa me invitó a pasar y así lo hice. Cerró la puerta tras de mí y me preguntó qué quería saber sobre mi futuro, yo le intenté explicar qué futuro ninguno el mío pero ella erre que erre con que se vislumbraba amor, pasión y grandes fortunas a la vuelta de la esquina, un huevo de pato viudo.

Conseguí sentar a tan pantagruélica mujer y decirla quien era yo y porqué estaba allí, bueno, lo del porqué me lo inventé, es más fácil aducir una truculenta ruptura que un amago de apocalipsis con ponis incluidos.

-A mis brazos, cuanto tiempo, ya creí que me habías olvidado mala pécora- Afortunadamente recordaba quien era yo, porque yo jamás hubiera imaginado que aquella jovencita de patas largas y medio famélica se convertiría en el gigante verde, perdón, magenta, que era ahora.

Tras un par, vale, cuatro cervezas per cápita, volvíamos a ser las súper mejor amigas del mundo mundial. Me contó que la casa, aunque algo destartalada, era suya, que más o menos llegaba a fin de mes, que su nombre era La Gran Escarlata, de ahí tanto magenta, perdón, escarlata, que tenía un cubano que se la follaba de vez en cuando y que la gente era gilipollas profunda. Poderes ninguno, evidentemente, pero tipos como Pedret, a cientos, solo necesitaban alguien con quién desahogarse y si encima le decías que una rubia despampanante se encontraría en su camino en algún momento no muy lejano, ni te cuento. Yo sentí lástima por aquel pobre diablo, pero he de confesar que la cosa fue efímera porque en ese momento la Casi, como la llamaban en el instituto, entraba con un par de vasos y una botella de Jack Daniels.

Me levanté con una resaca de cojones, la edad que empieza a no perdonar, y fui directa a hacer pis y a beberme al menos un litro de agua. Salía ya del baño para dirigirme a la cocina cuando me interceptó Casilda.

-Hombre, la bella durmiente, menuda mierda la de ayer criatura- Asentí como pude, intentando que dejara libre la entrada de mi oasis particular, el grifo de la jodida cocina. No pudo ser, me cogió de un brazo y me llevó casi en volandas a la “salita de estar”, nunca he entendido el concepto de las salitas de estar, para sentarme en un sillón y enseñarme una sarta túnicas, de las cuales debía elegir una para empezar a construir mi nuevo yo, Constelación Celeste. ¿Perdona? ¿Conste que?, desgraciadamente esas cuestiones vitales se quedaron en mi cabeza pues me dolía tanto, estaba claro que aquello que había bebido era puto matarratas en una botella de Jack Daniels, que seguía sin poder articular palabra.

Tras horas de dimes y diretes sobre mi atuendo, dos litros de agua, tres cervezas, una pizza guarrindonga con mucho queso y una siesta reparadora, estaba lista para mi gran debut, probaría suerte como pitonisa aquí en Ciutat Paellil. Parece ser que durante mi carrera de fondo para conseguir un coma etílico, confesé a Casi que mis aspiraciones de llegar a ser una gran filosofa se habían fosfatinizado, quién hubiera previsto que aquello no tendría ninguna salida, que nada me retenía en Ciudad Capital y que estaba del origami hasta la punta del cipote. Ella me ofreció su casa durante el tiempo que quisiera y me aconsejó que probara en esto del esoterismo. Dado como debía ir, la idea me pareció estupenda.

Y de nuevo allí estaba yo, plantificada en la puerta, esta vez en la parte interior, con un exceso de tela color azul celeste en todo mí ser y una diadema blanca con dos antenas, presentándome ante mi primera, y puede que última, clienta. Suerte que llevaba un par de vasos de matarratas.

Continuará…