Historias para no dormir

Llevaba meses sin saber absolutamente nada de mi amiga Franzina cuando cierto día y sin previo aviso, se presentó en mi casa. He de decir que en un principio no la reconocí, de hecho, estuve a punto de darle con la puerta en las narices creyendo que se trataba de un clásico exhibicionista de gabardina que abría mercado con la puerta fría. Por suerte soy de reacción lenta, hecho que me permitió percatarme de mi craso error y gentilmente invitarla a pasar. Y como también soy persona discreta y muy poco informada sobre los “outfits” del momento, me abstuve de abordar el tema del gorro calado hasta las cejas, las gafas de espejo naranja butano a las doce de la noche y la gabardina dónde hubiéramos cabido el vecino del cuarto y yo misma, a mayores.

 

Y habrían transcurrido diez minutos sentadas en el sofá, cuando aprecié, recordemos que soy de reacción lenta, que Franzina no había abierto la boca hasta el momento y que no dejaba de mirar furtivamente la única pequeña rendija de ventana que la cortina no cubría. Harta ya, atajé la situación anudando la cortina a la cinta de la persiana y preguntado a bocajarro por el motivo de su visita a horas tan intempestivas y la extrañeza de su comportamiento. Pero quizás fui algo brusca, porque Franzina se quitó las gafas de espejo naranja butano y se echó a llorar desconsoladamente.

 

Media hora de reloj me llevó tranquilizarla con estúpidas vaguedades, habida cuenta de que desconocía por completo si su berrinche se debía a alguna trifulca sentimental, a la guerra en Siria o al incremento del precio de la sepia, pues con Franzina nunca sabías.  Sin embargo, nunca hubiera supuesto que se debiera a lo que a continuación paso a trascribir.

 

Hará cosa de seis o siete meses recibí un e-mail en el que se podía leer en letras muy mayúsculas y muy rojas “es la última cuenta atrás”, yo no le di importancia, ya sabes cuan agresivos se han vuelto los publicistas hoy en día, pero es que, desde entonces, todos los días recibo uno. Pero eso no es todo, en mis perfiles de redes sociales varios, si ya se lo que me vas a decir…, recibo también a diario comentarios con esa maldita “última cuenta atrás” firmados por “el hombre de negro”. Pero espera que hay más. Desde hace tres meses me llaman todos los días a las once y seis minutos AM y PM y tras un nueva “es la última cuenta atrás” con voz distorsionada, suena “this is the end, my only friend, the end” y cuelgan. Y lo último, lo de este lunes, un jodido trozo de papel negro en mi buzón con “la cuenta atrás” de las narices firmado por “el hombre de negro”.

 

Y volvió a echarse a llorar.

 

Yo, ojiplática a la par que aterrorizada me había quedado tras escuchar su espeluznante relato, sin embargo, quería transmitir a mi amiga una imagen de mí misma cual roca al borde del acantilado que sigue impertérrita a pesar del azote cruel y continuo de la mar bravía. Pero ello no implicaba que no necesitara una cerveza o medio litro de absenta con láudano, mezclado, no agitado. Así que me levanté para ver por cual me decantaba a la par que meditaba si era mejor recurrir a los Navy Seal, la Benemérita, el equipo de Mentes Criminales, el niño hacker cabrón del sexto o los hermanos Winchester, cuando Franzina desde el salón a grito pelado me espetó que la solución al problema era llamar a Paco Pérez Pasadoporagua del programa “Atrapadores de gnomos malvados jardín”.

 

Tras digerir aquellas palabras y beberme casi dos cervezas de un trago, pues se me había olvidado comprar absenta y láudano en el Mercadona, intenté convencerla de que probablemente era mejor opción acudir a la policía, que a un programa de televisión, por muy majo y valiente que fuera el tal Pasadoporagua. Pero ni que decir tiene que mis esfuerzos resultaron del todo inútiles, pues Franzina ya había llamado al programa, mejor dicho, Franzina ya tenía cita para el día siguiente con Paco Pérez Pasadoporagua y yo debía acompañarla en ese duro trance.

 

Desconozco si fue la amistad que nos unía, la lentitud de mi “estimulo-respuesta” o que soy gilipollas con letras muy mayúsculas, pero el caso es que a la mañana siguiente, tras la correspondiente y, desde mi punto de vista, breve entrevista, me hallaba yo en una furgoneta con cristales tintados, en compañía de Franzina, el señor Pasadoporagua y un experto informático que en vez de rastrear la IP o la señal del teléfono o algo así como más de hacker, se dedicó a crear un perfil falso en las diferentes redes sociales que utilizaba Franzina, para tenderle una trampa al gnomo malvado de jardín.

 

Después de tres tristes horas, el gnomo malvado de jardín había picado el anzuelo, o al menos eso se creían el tonto del culo del experto informático, el valiente y majo Pasadoporagua y la crédula Franzina. La cita, al día siguiente a las seis de la tarde en un banco del parque que estaba en frente de mi casa, y allí mismo el gancho, una rubia escultural que el gnomo creía ligera de cascos, que desaparecería tras un primer contacto, dando paso a la caballería conformada por el valiente y majo Pasadoporagua, la crédula Franzina y de nuevo yo misma, pues el experto informático debía preservar su integridad física dadas sus habilidades rastreadoras únicas.

 

Dormí poco y mal aquella noche, pues o se trataba de alguna broma de un gusto pésimo o nos enfrentábamos a un auténtico perturbado de eclécticos gustos musicales, cuyas posibles reacciones no me hacían augurar nada bueno.

 

A las seis menos diez estábamos sentados en un coche aguardando a que el gnomo malvado de jardín asomara la cabeza, a las seis y media seguíamos aguardando y a las ocho menos cuarto nos convencíamos de que algo había salido mal. Pasadoporagua se bajó del coche y se acercó a la rubia escultural aterida de frío, la que, tras varios improperios, salió por patas. Yo también salí del coche, pues necesitaba estirar las piernas y fumarme un cigarrillo, pero Franzina se quedó dentro. No transcurrieron ni dos minutos, cuando el coche arrancó y a toda velocidad desapareció calle abajo. Pasadoporagua, que estaba inspeccionando los alrededores, vino hacia mi corriendo y me preguntó qué había pasado, yo solo atiné a encogerme de hombros, pues es de sobra conocido el hecho de que soy de reacción lenta.

 

Continuará…

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7 pensamientos en “Historias para no dormir

  1. bosque baobab

    Ay joder me dejas medias con un terrible dolor de…
    Maldita sea… estaba leyendo y deseando que no acabara tu cuento porque me lo estaba pasando pipa. Y zas en toa’ la boca. Toma por desearlo… Sin acabar lo dejas… con dos webs.

    Espero que no me dejes así durante otros tres meses… Si me lo vas a hacer por entregas avisa jo.

    Que ya sabes. La continencia solo provoca perturbaciónes (que se lo digan a los curas) y esto puede salir por cualquier lao… 😉

    Jeje ya sin coñas. Cuánto te echaba de menos… Tienes mucho talento. Eres mi Eduardo Mendoza virtual “en plan” (como dicen los adolescentes) chica, en plan joven y en plan risa.

    Un beso en plan Ratanplan.

    Responder
    1. elcuadernodeclara Autor de la entrada

      Porras! Mis mas sinceras disculpas por ese “coi”, digo, “lecturatus interruptus”. Pero tranquilo, prometo continuación en un plazo no superior a 15 días naturales. No obstante, en caso de incumplimiento por mi parte, puedes presentar recurso al Maestro Armero, quién siempre está dispuesto a luchar contra las injusticias en materia de “lecturatus interruptus”.

      Y para la próxima, descuida, te aviso previamente de que me ha dado por el folletin. Jijiji. Lo dicho, tengo el día de lo más tonto.

      Para ir terminando, decirte que me encanta que me eches de menos en cuestiones literarias, que consideres que tengo un talento exacerbado, lo de exacerbado me lo plantifico yo misma porque si una no se lo cree, quién lo va a hacer si no… Y ya que me consideres tu Eduardo Mendoza virtual en plan chica, en plan joven y en plan risa, me saca los colores como a una chiquilla gafuda y pecosa de patio de colegio a quién guiña el ojo el capitán del equipo de ajedrez 😛

      Ahora sin coñas, mil gracias como siempre siempre por tus encantadores, graciosos e inspiradores comentarios mi querida Sylvia Plath en plan chico, en plan joven y en plan, en plan, en plan triste y melancólico, que carajo!

      Un besote grande grande!! 🙂

      Responder
      1. bosque baobab

        Jajaja yo soy más de tostadora en la bañera… pero no. A pesar de ser melancólico taciturno poeta me va alegría. Y el problema de morirse es que es demasiado defininitivo… (esto lo dicen en un libro de humor q te recomiendo La tienda de los suicidas).

        No tardes mucho. Vale?

        Pd: has visto que ya han vuelto las golondrinas? (No me hagas demasiado caso que ya estoy poniéndome en plan tristón jeje)

      2. elcuadernodeclara Autor de la entrada

        Me gusta lo de la tostadora en la bañera… Tiene estilo 😉

        Con respecto al libro, decirte que tocado y hundido, esto es, lo tengo y leído. Y ya que la tarde va de suicidios, te recomiendo, por si no lo tienes y/o no lo has leído “Delicioso suicidio en grupo” de Paasilinna, un finlandés que sabe mucho de estas lides.

        Prometido! no tardaré mucho, esta vez las golondrinas no irán muy lejos 🙂

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