caballero-con-lanza-en-batalla

Marchando una de caballeros

La historia que voy a narrarles a continuación nunca tuvo lugar, jamás de los jamases, así que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Hecha la oportuna advertencia por aquello de curarme en salud, me pongo manos a la obra.

Damisela En Apuros, si, de nombre Damisela y de apellidos En Apuros, estaba francamente enojada porque había sido expulsada sin contemplaciones de su amado palacio por un trío de concubinas de tres al cuarto. Quizás amado no era el adjetivo más adecuado, ya que aquello se parecía más a una casa de mujeres de reputación cuestionable o lo que es lo mismo, la casa de putas de toda la vida, que a un amado palacio, pero ¡que coño! era un palacio a fin de cuentas y en los tiempos que corrían, una sin palacio no era nadie.

Pero Damisela En Apuros, testaruda como una terca mula, no estaba dispuesta a dejarse vapulear por concubinas de tres al cuarto, así que todas las mañanas tras el desayuno, trazaba un plan para intentar colarse en palacio, conseguir partir el cráneo al triunvirato y recuperar el lugar que le correspondía. Sin embargo, todas las tardes después del té con pastas de las cinco, fracasaban, gracias a una no muy buena estrategia y a la mala follá de Arpía Panzonis, Malvada Villana y Zo Rupia, las ya mundialmente conocidas como las tres concubinas de tres al cuarto. Así las cosas, transcurrido mes y medio aproximadamente y desperadita en grado extremo, Damisela En Apuros decidió claudicar y emigrar al oeste, pues se decía, se comentaba que por allí la desaceleración comenzaba a acelerar.

Y efectivamente, hechas las gestiones pertinentes, que no eran muchas, Damisela En Apuros, petate en mano, puso rumbo al oeste. E iba andando el tercer día por un camino pedregoso cuando a caballo pasó un noble y talludo caballero de noble corazón, esto se captaba a primera vista, que, tras parar y echarle un vistazo, le preguntó:

-¿A dónde os dirigís buena señora?-.

-Señorita. Al oeste a la búsqueda activa de palacio buen señor-. Respondió Damisela En Apuros.

-¡Pero como una damisela como vos no tiene palacio!-. Declamó el noble y talludo caballero de noble corazón, que se captaba a primera vista, mientras se bajaba de Guirlache de Anacardo, rocín que llegó a enfrentarse por el primer puesto de la lista Horbes a los mismísimos Bucefalo, Othar, Bavieca y Lolly Jumper.

Damisela En Apuros se quedó algo descolocada por la desmesurada reacción del noble y talludo caballero y todo lo que sigue, pero como no tenía prisa, consideró que ya era hora de comer y que el hombre podría serle de alguna ayuda, así que de su petate extrajo un mantelito de cuadros rojos y blancos, un taper repleto de tortilla con pimientos e invitó al noble y talludo caballero de noble corazón que se captaba a primera vista, que resultó ser el gran Advocatus Heroicus, una especie de Rey Arturo pero en plan homemade, que para aquellos que no saben inglés significa hecho en casa, a que la acompañara mientras le relataba su desdichada historia.

Advocatus Heroicus no daba crédito a las palabras de Damisela En Apuros, ni entendía por qué la tortilla no llevaba cebolla. Y dado que con respecto a la tortilla no había nada que hacer pues ya se la había comido, resolvió que vengaría el honor de Damisela En Apuros siempre y cuando esta prometiera que la próxima tortilla tuviese cebolla, pues de los pimientos no tenía queja.

Sin mayor dilación tras su resuelta decisión, Advocatus Heroicus, Damisela En Apuros y Guirlache de Anacardo emprendieron el viaje de vuelta a palacio y dado que la empresa a la que se enfrentaban no era baladí, nuestros tres protagonistas optaron por alquilar una habitación de posta durante unos días, trazar bien la estrategia y actuar en consecuencia. Y aunque Advocatus Heroicus no andaba muy allá de reales o la moneda que hubiera entonces, sabía que la planificación era fundamental, pues su gran nombre se había forjado de éxitos y no de malogrados intentos.

Tras tazas de café a cascoporro, varios kilos de alubias pintas con chistorra, era año de superávit de alubias pintas y chistorras, y cientos de horas devanándose la sesera, Advocatus Heroicus por fin lo tuvo claro, Damisela En Apuros recuperaría su lugar en palacio gracias a la ley Caverna. Pero como la bombilla se había encendido el viernes por la noche, no quedó más remedio que esperar al lunes por la mañana para hacer cumplir la ley.

Ni Damisela En Apuros, ni Advocatus Heroicus consiguieron conciliar el sueño la noche del domingo al lunes, en parte por las jodidas alubias pintas con chistorra de la cena, en parte por los nervios que les suscitaban los acontecimientos que pudieran acaecer en unas horas, pues ambos sabían que se jugaban el todo o el nada a una sola carta.

Con los machos bien apretados, Damisela En Apuros, Advocatus Heroicus y Guirlache de Anacardo timbraron en palacio a las nueve de la mañana de aquel lunes de incertidumbre. Malvada Villana abrió la puerta y zas, estacazo en toda la jeta. Bajó Zo Rupia alertada por el estruendo y zas, segundo estacazo. Solo quedaba Arpía Panzonis que estaría por supuesto en el comedor.

Sigilosos, nuestros tres protagonistas se allegaron hasta el habitáculo donde Arpía Panzonis comía desaforadamente una cazuela de alubias pintas con chistorra, no era normal el superávit de ese año ni el apetito de la concubina, y tras unos momentos para recuperarse de tanta emoción, zas, cayó cual bloque de hormigón con la cuchara repleta de alubias pintas con chistorra en la boca.

Damisela En Apuros saltaba de alborozo, Advocatus Heroicus apuntaba su nuevo triunfo en su cuaderno de gestas y Guirlache de Anacardo medía las ventanas para cambiar las cortinas, cuando el malvado Asesor de la Corte, Picapleitus Histericus, hizo su entrada berreando y braceando como un poseso.

-¿Qué habéis hecho panda de cafres?-. Espetó Picapleitus Histericus.

-Aplicar el artículo 5.7.a) de la Ley Caverna, de 7 de mayo de vaya usted a saber qué año, del Consejo de Cavernarios de la Unión-. Respondió sonriente Advocatus Heroicus.

-Ni artículo, ni artícula. Esto es del todo inapropiado y no me deja otra opción que presentar una denuncia por concubicidio en grado de tentativa y allanamiento de palacio-. Vociferó Picapleitus Histericus.

Advocatus Heroicus muy traquilamente, a pesar de que Picapleitus Histericus le sacaba de quicio, le dio un estacazo y musitó:

-Artículo 5.7.a) de la Ley Caverna. El atizador que tuviera el palo más grande que consiguiera atizar al morador, en nuevo morador se convertirá, debiendo el antiguo morador atizado abandonar el lugar en donde el nuevo morador atizante le atizó.

Con la ley en la mano todo se consigue, nunca mejor dicho,  por lo que Damisela En Apuros recuperó su lugar en palacio, Advocatus Heroicus por supuesto sumó nueva gesta pero más importante aún, disfrutó de la suculenta tortilla con cebolla prometida, y Guirlache de Anacardo se retiró de la vida heroica para centrarse en su nuevo proyecto como decorador de interiores.

 

Y queridos y queridas, colorín colorado. esta historia que jamás de los jamases tuvo lugar, se ha acabado.

melocotonero

Jueeegooo, con mi melocotoneeerooo

Blanca estaba contenta, muy contenta, pues tras muchos meses de sequía había conseguido ligar, bueno, ligar lo que se dice ligar, no, pero estaba claro que Pruden estaba coladito por sus huesos. El problema era que Pruden era considerado un poco pardillo a la par que cerdo dentro del grupo del novio de su prima Laura, pero no era feo, quizás el bigote no le sentaba demasiado bien pero cuando se afeitaba tenía su gracia. Además, estaba bien de figura y para nada era tonto, de hecho quizás fuese el que tuviera más conversación de entre todos aquellos sacos de testosterona, aunque claro, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Pero no, estaba claro, si escribía, accedería a verse con él.

 

Y efectivamente Blanca no se equivocaba, Pruden le había echado el ojo nada más entrar al garito aquel sábado por la noche. Era perfecta, ni alta ni baja, de aspecto frágil, de una belleza natural que recordaba al campo y lo más importante, con esa mirada perenne de gacela momentos antes de ser devorada por un gato muy grande. Estaba claro, la escribiría y comenzaría el baile del cortejo que tan emocionante le resultaba a Pruden.

 

La pareja se vio un día y otro y otro más… el problema es que Blanca no se dejaba hacer. Ella era muy casta y muy pura, la prima Laura, un toro de Mihura, también guardaba a buen recaudo el honor del objeto de sus deseos más oscuros y su amigo Federico, el novio a la par que pitbull de presa, tampoco le ayudaba precisamente en su empresa. Pero Pruden gustaba de retos difíciles y no cejaría en su empeño hasta llevar al huerto a su tan deseada Blanca.

 

Casi medio año de rosas blancas, cafés a media tarde y zalamerías varias le costaron a Pruden el primer toqueteo indecoroso, pero estaba conseguido, el muro de contención o lo que es lo mismo, la barrera defensiva de la chica estaba franqueada. Blanca estaba enamorada hasta el tuétano y dispuesta a entregarse totalmente a su caballeroso y paciente galán, por lo que su plan podía llevarse a cabo sin problema alguno la semana que viene.

 

Viernes por fin y Pruden lo tenía atado, bien atado. Cena de raviolis a la marinara regados con lambrusco rosado en la trattoria de su amigo Giancarlo, bautizado por su madre como Luis Ricardo, después unos elegantes cócteles en el chill out de moda y finalmente noche de desenfreno en su mansión, o casa de pueblo que viene a ser lo mismo. Aunque técnicamente, la mansión, o casa de pueblo que viene a ser lo mismo, era de sus padres, pero estos no estaban, por fortuna se encontraban jugando al limbo en Benidorm, lo que le permitía disfrutar sin prisas de la hermosa Blanca.

 

Pero como suele pasar, el plan no salió como Pruden esperaba. La trattoria había sido clausurada tres horas antes por sanidad, ya que el inspector Antúnez de paisano se había dado de bruces con dos trabajadores infectados de rabia, un dueño vestido de bailarina de ballet puesto de maría hasta el cuello y cinco manadas de rinocerontes o ratas, seguía sin tenerlo claro. De este modo, la pareja tuvo que cambiar los raviolis y el lambrusco en un coqueto aunque insalubre restaurante, por un bocata de panceta con queso y una cerveza de bote en la casa de comidas de un tal Manolo el Errante que cumplía a raja tabla con la normativa.

 

Por su parte, el chill out tenía tal cola, que esta se salía de la provincia, por lo que nuevamente el puto plan se venía abajo. Sin embargo, el alcohol era una pieza fundamental para su maquiavélico plan, ya que, sin este bebedizo mágico, Blanca no accedería bajo ningún concepto a lo que Pruden deseaba hacer. Así que no le quedó más remedio que dar una vuelta por los alrededores con el objetivo de encontrar un bar, pub o tasca de mala muerte que les pudiera servir un par de tragos. El destino estaba claramente en su contra, o lleno o cerrado, pero eso no le aguaría la fiesta, el chino de la esquina, pues siempre hay un chino en una esquina, les vendería un par de cervezas. No había chino en la esquina porras, pero si un rumano con clínex y bajo la chaqueta, botellitas de un brebaje artesano llamado tuica. No había más opción.

 

Parece que el destino cabrón empezaba a sonreír tímidamente, la tuica esa era fuerte y Blanca no bebía demasiado, por lo que la castaña que llevaba era más que idónea para las ideas que rondaban la cabecita de Pruden. Se montaron en el coche y allí que se fueron a la mansión, o casa de pueblo que viene a ser lo mismo, de los padres ausentes por estar jugando al limbo en Benidorm, del caballeroso y paciente galán.

 

Eran las diez de la mañana y aunque el sol brillaba, hacía un frío del carajo ya que el grajo volaba bajo. Todo estaba en su sitio y lo que no debía estar, quemado, la piscina limpia y cerrada con suelo corredizo de madera, el decimocuarto melocotonero plantado, la nueva hornada de confitura especial a punto para el concurso y hecho el hueco para el trofeo que Pruden también ganaría este año por conseguir inexplicablemente los melocotones más sabrosos de la región.

 

Fin!

 

caotica-marta-n

Caótica Marta

Era una tarde lluviosa, oscura y francamente desapacible, de esas donde la única opción disponible parece ser sofá-manta-peli o cocinar unas magdalenas, pero no para Marta, y no porque fuera de esas personas que van a contracorriente, en lo más mínimo, si no por el mero hecho de que ni se le había pasado por la cabeza ver el parte meteorológico de Roberto Braserillo o incluso más fácil, asomarse por la ventana y comprobarlo empíricamente.

 

Y mientras la lluvia arreciaba, Marta, ajena, iba del dormitorio al salón, del salón al cuarto de baño y de nuevo al dormitorio, intentando seleccionar todo aquello que debía llevarse para su escapada romántica, mientras hablaba con su madre por teléfono e intentaba depilarse sin gran éxito las piernas. Finalmente, hora y media después, conseguía colgar a su madre tras prometer por sus dignos antepasados que iría a comer cocido el domingo que viene, cerrar la coqueta bolsa de viaje con todo lo imprescindible y los “por si acasos” y lucir unas piernas de infarto libres de cualquier rastro de vello.

 

Arrebatadora, con el petate listo y tras haber comprobado en dos ocasiones la llave del gas, Marta se metió en el coche y repasó mentalmente el trayecto para recoger a Pepius 47, StathamRules y Lola Puerros, pues como los sueldos de hoy en día de unos muchos, no tanto de otros pocos, no son para tirar cohetes, no queda más remedio que compartir coche y por supuesto gastos a través de internet. Al salir del garaje, se dio cuenta, por fin, de que llovía, que no se veía un pijo y que Lola Puerros sería un problema muy gordo dado que no le había quedado demasiado claro el punto de encuentro y por supuesto, con este tiempo de perros la cosa se complicaba, por decirlo suavemente. Pero Marta era optimista y risueña por naturaleza, así que metió primera o tal vez quinta y allá que se fue.

 

Pepius 47, el primer pasajero, resultó ser José Escalope, un cetrino a la par que cretino contable de 47 años, divorciado, neurótico y un tanto resentido con la vida que desquició ligeramente a Marta con sus conflictos vitales, emocionales y digestivos. El segundo de abordo, StathamRules conocido por su madre como Moisés Colines, era un joven cuadrado entrenador personal de gimnasio, que sorpresivamente, estaba pelín obsesionado con Jason Statham y sus películas. Lo jodido venía ahora, encuentra tú en medio del monte con un tifón de cojones a Lola Puerros.

 

Vueltas y vueltas y más vueltas y como era de esperar, Lola Puerros no aparecía por ningún lado. Marta estaba ya al borde de un ataque de nervios teléfono en mano y gps en la boca, pues ya pasaban más de treinta minutos de la hora acordada. Y mientras, José Escalope de copiloto y mareado le contaba los problemas de erección que sufren los chipirones pirenaicos, Moisés Colines detrás y enloquecido veía Crank: veneno en la sangre en su tableta y un coche oscuro le daba luces en plena autovía.

 

Y en esa tesitura seguían Marta y sus acompañantes, cuando de forma súbita el coche oscuro les adelantó y se les cruzó violentamente impidiéndoles continuar la marcha. Marta solo pudo encomendarse al arcángel San Gabriel pues aquello pintaba mal, muy pero que muy mal. Quizás el psicoanalista de José Escalope harto de indigestiones y erecciones de chipirones de montaña había decidido liquidar a su cliente, puede que Jason Statham envenenado y colérico buscase un antídoto para no sé qué coño de droga asiática o tal vez un militante de Somos Capaces quisiese la cabeza de Marta por no manifestarse contra el imperialismo de la paella mixta en detrimento de la de verduras. Sin embargo, del coche salió un señor bajito y con bigote que después de dar gritos y exigir de malos modos el carné de identidad y los papeles del coche, se identificó como miembro de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y juró y perjuró que no era cierto dictador resucitado.

 

Marta temblaba como un grácil junco a la orilla de un riachuelo en pleno huracán de categoría 5, José Escalope, lívido, ni se movía, Moisés Colines a su puta bola con Jason Statham y Crank 2: alto voltaje, los papeles del coche no aparecían por ningún lado y el señor bajito con bigote cada vez más enfurecido no paraba de berrear. Ya hasta los mismísimos, Marta, en un acto de valentía o de idiotez extrema, pidió encarecidamente al bajito con bigote que por favor se metiera la puñetera lengua en el culo y la dejase tranquilamente buscar los malditos papeles y explicarle el motivo por el que iba sin luces, con un móvil en la mano, un gps en los dientes, un contable neurótico y un vigoréxico enamorado hasta las trancas del tal Statham.

 

Segundos más tarde, Marta se arrepentía en su fuero interno y se preparaba mentalmente para dormir en el cuartelillo en vez de en la acogedora habitación con vistas a la playa que tenía reservada para pasar el fin de semana con su novio. Sin embargo y de forma inesperada, el del bigote se tranquilizó, se disculpó por las formas y pacientemente esperó a que Marta encontrase los papeles mientras le relataba su disparatada, aunque veraz historia, con el milagroso resultado de solo 200 euros de multa. El arcángel San Gabriel o parientes es lo que tienen…

 

El viaje prosiguió sin más incidentes, con un José Escalope mudo y un Moisés Colines con auriculares. A las 9 de la mañana, Marta llegaba a su destino con el único propósito de darse una larga ducha y dormir como un lirón. El revolcón más tarde y los comentarios de los pasajeros en internet sobre la experiencia, quizás el año que viene.

farsa-comedia

Farsa comedia

Puede que llevase cinco años o tres eternidades, qué más da, en una empresa de cuyo nombre ahora no procede que me acuerde, cuando recibí por sorpresa un perfumado burofax. Excitada lo abrí, pensando en las tremendas posibilidades que aquel trozo de papel podría  contener. Sin embargo, esas ensoñaciones se disiparon de un plumazo, pues la bendita empresa tan solo me informaba de que era una empleada mala, mala, mala y que por ello me mandaban a la puta calle con una mano delante y otra detrás.

 

Ojiplática a la par que atónita me quedé. Como pude, me senté en las escaleras del portal y comencé a rememorar esos años o eternidades para intentar descubrir que grandes maldades había hecho yo para que me tildaran de empleada mala, mala, mala y me pusieran de patitas en la sucia rue.

 

Unas nubecillas salen de la desconsolada cabeza de la mujercilla sentada en el portal y se van sucediendo una serie de imágenes.

 

Corría una época jodida de narices cuando tras siete meses en el maldito paro conseguí un empleo en la empresa de cuyo nombre ahora no procede que me acuerde. Por supuesto, estaba mal pagado y aunque exigían mi título de “hasta aquí los rudimentos teóricos y ahora, hala y gánese la vida como pueda” también llamado licenciatura por abreviar, mi categoría laboral era la de aprendiz de auxiliar de taburete de ordeñador de cabras. Pero bueno, tenía trabajo y en una gran compañía, con tesón y trabajo duro convencida estaba de que medraría.

 

Mi gozo en un pozo, como no podía ser de otra forma. Los meses se iban sucediendo, mis tareas dificultando a la par que aumentando, pero yo seguía cobrando como aprendiz de auxiliar de taburete de ordeñador de cabras. Al principio de forma tímida, después con algo más de brío y finalmente amenazando con golpear la cabeza de mi jefa por entonces con el puñetero taburete fui exigiendo las perras que me correspondían pero sin ningún resultado.

 

Dispuesta estaba a quemar el chiringuito, cuando quiso ese caprichoso destino que tanto suelo mencionar, que, por necesidades de la compañía, nuestro departamento se desintegrara y por ende, nos recolocaran. De esta forma, los aprendices de auxiliar de taburete de ordeñador de cabras sin título fueron a parar al departamento de Alienación de Almas Errantes y aquellos con título lo hicimos al departamento de Legajos Cuquis.

 

He de confesar que aquello me emocionó, sinceramente pensé que se abría en ese momento la oportunidad de al menos llegar a auxiliar de taburete y que narices, hasta taburete. Pero esta es una historia española, no americana, y como buena historia española aquella oportunidad no se abriría jamás. Pero no nos adelantemos.

 

El caso es que mi compadre aprendiz y la que suscribe nos instalamos en Legajos Cuquis y que diferencia… espacio y luminosidad por doquier, folios rosas perfumados, bolígrafos de purpurina y macarons de diversos sabores para desayunar todos los viernes en grupo. Nuestra jefa encantada con nuestra incorporación y los compañeros deshechos en todo tipo de atenciones.

 

Sin embargo, poco o poco o a partir del tercer día, nos fuimos percatando de que Legajos Cuquis era una farsa, con un pésimo argumento y nefastos actores, por cierto. Aquellos con grandes sonrisas eran realmente hienas hambrientas esperando taimadamente despedazarse entre sí, el compañerismo un encubierto “baile de agua” para la abejorra reina, véase la directora de Legajos Cuquis, y el frenesí diario, no era sino un “desmonte la espoleta” para que el último desgraciado de la cadena se hiciera cargo.

 

Evidentemente mi palabra no vale más que la de cualquier otro, pero puedo prometer y prometo que hice lo que estuvo en mi mano para adaptarme a la pantomima que me habían asignado y asumí el papel de tres personajes protagonistas y un eterno secundario sin que por supuesto, modificaran mi exiguo sueldo de aprendiz de auxiliar de taburete de ordeñador de cabras.

 

De nuevo tímidamente, ya que era nuevo departamento, comenté a mi jefa que me maravillaba el hecho de que estuviera encantada conmigo pero que en fin, un pequeño incremento quizás no era un disparate. Ella me sonrió tipo hiena y me espetó en la cara “le daré una vuelta”, frase que le ha debido valer el puesto que tiene, dado que desde que entré hasta que me sacaron, no ha utilizado otra ya fuera para “necesito celo” o “¡pardiez! que nos fusilan a siete empleados en el frente”.

 

Así las cosas, me fui diez días de vacaciones por aquello de pensar que hacer con mi vida, pues es sabido por todos que un sueldo de aprendiz de auxiliar de taburete de ordeñador de cabras da para lo que da, esto es, na. Llegué un sábado a las once de la noche a mi destino vacacional, la casa de mis padres en el norte, aunque mis colegas de reparto pueden meditar si se van de safari a Kenia, digo yo que para hacer un seguimiento al comportamiento de las hienas, o si a esquiar a Aspen. El domingo a mediodía estaba en urgencias porque el brazo derecho se había desenroscado y puesto en huelga indefinida.

 

Pruebas y más pruebas hasta que llegaron a la conclusión de que necesitaba otra prueba que ya me harían en un futuro. El brazo derecho seguía erre que erre y yo tuve que volverme por ser anterior la fecha de mi incorporación a la fecha de la mencionada prueba futura. Mi jefa de lo más comprensiva me permitió ir a mi médico mediador de extremidades en huelga para tomar cartas en el asunto, pues como la sanidad es propia de cada comunidad, no hay interrelación posible, pero ese es otro tema que me anoto para comentar. El caso es que mi médico mediador de extremidades en huelga, habida cuenta de que yo era diestra, me dio la tan temida baja.

 

Y ese fue el principio del fin. Mi médico mediador de extremidades en huelga tuvo que pedir cita al traumatólogo del sindicato de brazos, este ver la situación, después pedir la prueba futura, tras los resultados y comprobar que las desavenencias venían de un tal nervio cubital, solicitar preconciliación para comprobar que todas las partes interesadas estuviesen en buena lid para negociar y finalmente intervenir para que el agitador nervio cubital dejase la huelga y se pusiera a trabajar de nuevo. En el trascurso de estos dimes y diretes, recibí el perfumado burofax.

 

La mujercilla sentada en el portal sale de su ensoñación.

 

Pues está claro, me han largado por no aceptar el quinto papel de cupletista, no cabe otra interpretación.

20071008003617-verja

La verja. Un relato que llegó, vio pero no venció

Se oye el sonido de la verja de entrada que se abre y Leocadio Zarcillo no puede reprimir que de su garganta brote un grito de espanto. La cabeza le da vueltas, arroyos de sudor gélido recorren su espalda y un temblor incontrolable se apodera de sus piernas, siente que la vida le abandona lenta pero inexorablemente. Y aunque sabía que este momento llegaría, ahora no, hoy no, no está preparado para enfrentarse al ente acechante que acaba de traspasar esa vieja verja herrumbrosa y chirriante que tantos sobresaltos le ha ocasionado a lo largo de su lóbrega existencia en la vieja mansión.

El terror le envuelve con su siniestro y sombrío manto pero Leocadio Zarcillo, firme conocedor de que no lo puede permitir, lucha estoicamente para calmar los nervios que ahora tiene a flor de piel y poder así, sopesar fríamente las escasas posibilidades de las que dispone.

Huir. No, solo una quimera, pues la maltrecha vieja mansión, que arpía tía Guillermina le dejó en herencia, está rodeada de un muro imposible de atravesar, imposible de saltar. El único acceso, la cochina verja, franqueada ahora por el nocturno merodeador y que curiosamente no se ha podido cerrar nunca, graciosas ironías de la vida.

Un escondite tal vez, pues la vieja mansión es pantagruélica a la par que intrincada, llena de redundantes recónditos rincones donde es fácil convertirse en el hombre invisible para el recién llegado. Pero dónde, dónde meterse para que aquel vil e implacable ser no consiga atraparlo con sus ponzoñosas garras, sabiendo como sabe que no se irá sin lo que ha venido a buscar.

El pánico incurre de nuevo, provocando que el corazón de Leocadio Zarcillo retumbe en las paredes; bum, bum, bum, cada vez más rápido, cada vez más fuerte; haciéndole creer que el hedor de la muerte brujulea a su alrededor impregnándosele poco a poco en su macilenta piel.

Ante tal situación, solo queda pues la lucha, enfrentarse como valeroso hombre que vende cara su piel, que se lleva todo lo que puede por delante y muere heroico con las botas puestas y la espada llena de sangre enemiga. Pero Leocadio es Zarcillo, de  los Zarcillos de toda la vida; estirpe cobarde, pusilánime, apocada y timorata donde las haya; por lo que rechaza la idea por completo, consciente como es, que al abrir la puerta su viejo y débil corazón dará tal vuelco que ni el último suspiro será capaz de dar.

Desolado en grado extremo, Leocadio Zarcillo llega a la conclusión de que no queda sino aceptar lo que el aciago, caprichoso y puñetero destino ha elegido para él. Así pues, con una determinación que detenta ahora en su propio ser, se acerca a la puerta, gira el pomo con mano temblorosa y aguantando la respiración, la abre de par en par.

Una historia, paquidermos y cetáceos varios y la espalda de un hijo de la anarquía

Una historia, paquidermos y cetáceos varios y la espalda de un hijo de la anarquía

Esta es una historia triste, una historia amarga, quizás agripicante, muy alejada de las que tengo por costumbre contar. Sin embargo, a veces, en la vida de una escritorzuela de tres al cuarto que debe trabajar haciendo malabares con paquidermos y cetáceos varios para conseguir llegar a fin de mes, tiene lugar una serie de sucesos a la que no se le debe volver la cara mientras se camina hacia el lado opuesto omitiendo lo acontecido. Todo lo contrario, una escritorzuela de tres al cuarto que hace malabares con paquidermos y cetáceos varios para llegar a fin de mes, debe tirar de libreta y lápiz, anotarlo todo, para después, con el rigor que le caracteriza, relatárselo a ustedes.

 

Pompeyo Tronchapino era el hijo undécimo del undécimo matrimonio de don Epopeyo Tronchapino, famoso cacique de Villahierbajos del Cuasi Centro tirando hacia Abajo. Su madre, la de Pompeyo, había muerto en el parto por una sobredosis de heroína y su padre y hermanos le habían odiado por ello. De este modo, la criatura en vez de crecer en un hogar afectuoso, lo hizo en una siniestra mansión rodeado de odio cerval. Además era enclenque, enfermizo, alérgico a casi todo y pelín demasiado quisquilloso, lo que no hacía sino empeorar su ya de por si lamentable existencia.

 
Sin embargo, la adversidad crea callo por lo que a medida que Pompeyo crecía, lo hacía de igual modo su indiferencia por la especie humana, trayéndosela muy floja lo que pudiesen decir, hacer, dejar de decir o dejar de hacer sus semejantes. Pero había un rescoldo que aún atormentaba a Pompeyo, su apariencia física, pues desde temprana edad había sido objeto de burlas y mofas debido a sus escuálidos brazos, esa chepa incipiente o las pústulas de las piernas. Y aunque él siempre había albergado la esperanza de que cual puto pato feo, terminaría convirtiéndose en un majestuoso y apuesto “cisne” de cabello rebelde, casi metro noventa y espaldas de hijo de la anarquía, la genética no había estado de su parte, pasando así de patito feo a nauseabunda gárgola.

 
A los 17 años ya era un jodido monstruo destripa-gatos, quema-cobertizos y mea-camas que se resarcía de sus tormentos con la flora y fauna más débil de Villahierbajos del Cuasi Centro tirando hacia Abajo, provocando dos infartos y medio a su padre, una tremenda paliza a su hermano quinto y la violación múltiple de su hermana octava. Hasta los cojones ya y apunto de descerrajarle de un tiro, su hermano primero; aquel al que la genética si había sonreído con ese cabello salvaje, aquel casi metro noventa y la espalda de algún hijo de la anarquía aunque fuese bastardo; le puso de patitas en la calle no solo de la siniestra mansión, sino también de Villahierbajos del Cuasi Centro tirando hacia Abajo bajo amenaza de muerte terriblemente lenta en caso de regresar.

 

En tales circunstancias Pompeyo Tronchapino decidió coger su petate, poner pies en polvorosa, pues aunque gustaba de tendencias psicopáticas, la valentía no era un punto fuerte, y vagar por el mundo en adelante sin conseguir, como era de esperar, encajar en ninguna parte. Y de este modo se fueron sucediendo los meses con la misma cantinela; trabajos esporádicos de cuatro o cinco días, pitorreo por parte de los machos alfas y rechazo continuo del sexo femenino.

 

Por ello no es de extrañar que Pompeyo Tronchapino en sus múltiples ratos libres se dedicase a evocar las mil y una maneras de torturar, violar, sodomizar, matar y al fin y al cabo, despedazar por completo a todo ser viviente posado en la faz de la tierra. Evocaciones estas que no se deberían haber puesto en práctica si no hubiera caído en sus manos “El guardián entre el centeno”, inexplicable libro de culto para carniceros varios, y en su camino no se hubiera cruzado Ricardo “La Hiena” Mingorance, sádico sexual con tendencias homicidas de manual.

 
El caso fue que una tarde cualquiera, en un parque de vaya usted a saber dónde, Pompeyo Tronchapino paseaba tranquilamente como llevaba haciendo desde hacía unos meses, pues le había cogido el gustillo a poner cara a cada una de sus terribles evocaciones, cuando por casualidad un banco le atrajo. ¿Qué banco?, uno un poco más allá, a la derecha, donde había un libro, ¿qué libro?, pues cual iba a ser, “El guardián entre el centeno”. Se sentó, cogió delicadamente el libro y comenzó a leer sin descanso hasta que lo hubo terminado. Subyugado en grado sumo por lo que aquel escritor narraba en aquellas páginas, se levantó con nueva determinación, chocándose violentamente con un sujeto que por allí, de nuevo casualmente, pasaba. Tras las disculpas pertinentes cada uno reanudó su camino, pero por alguna extraña razón que ignoramos, ambos echaron la vista atrás cruzándose así sus miradas. Podríamos decir que fue amor a primera vista, el inicio de una relación más que duradera y el comienzo del fin para aquellos que se interpondrían, o ni siquiera, en el camino de aquella jodida maldita pareja.

 
Famosos criminalistas del mundo entero han declarado numerosas veces que el asesino en serie es un sujeto que actúa en solitario, sin embargo, en ocasiones, quizás la puta excepción que confirma la regla, dos gilipollas descerebrados que no tienen donde caerse muertos en lo que al asesinato serial se refiere, tienen la suerte, mala para el resto, de toparse y comenzar así un viaje sangriento que va dejando muerte tras muerte tras su paso.

 
Y esto señores y señoras o señoras y señores es lo que hubiera pasado si de nuevo, los designios del destino no hubiesen actuado, o en este caso, si la escritorzuela de tres al cuarto que hace malabares con paquidermos y cetáceos varios para llegar a fin de mes; sabedora y apuntadora de todo para, con el rigor que le caracteriza, relatárselo a ustedes; no hubiera ido cagando leches a Villahierbajos del Cuasi Centro tirando hacia Abajo a contárselo todo al hermano primero; al que la genética había sonreído con ese cabello salvaje, el casi metro noventa y las espaldas de un hijastro o sobrino-nieto de la anarquía; y tras un buen polvo, pues servidora se lo merece; se lo hubiera cascado todo y cual dúo de héroes al más puro estilo de los Estados Juntitos de Allende los mares, hubiese cogido la moto, dirigido al motel de mala muerte donde se hospedaba la pareja de pre asesinos en serie dispuesta a cometer su primera matanza y se los hubiera cargado entre terribles sufrimientos.

 
De nada.

el huesped

El huésped

Enrique Arcipreste estaba pasando una temporada en la que no encontraba sentido en sí mismo ni al transcurso de la vida, ni a su propia existencia, ni siquiera al limonero que tiempo atrás le había dado tantas satisfacciones. Llevaba meses soñando con darle un buen puntapié a la rutina, girar su patética vida 360, digo 180 grados, y comenzar de nuevo en una realidad totalmente distinta de la que aquí tenía. Sin embargo, Enrique Arcipreste era de aquellos buenos perros ladradores pero no mordedores, esto es, pajas mentales a cientos pero hechos más bien pocos.

 
Los días iban pasando y Enrique Arcipreste seguía barruntando posibilidades sin mover un dedo para llevar nada a cabo. Prender fuego en la compañía donde trabajaba y huir como narco prófugo a México, prender fuego en la compañía donde trabajaba, a poder ser con todos dentro, y huir como foca monje prófuga al polo Norte, si es que las focas monjes eran autóctonas del lugar, prender fuego… Vamos, que lo de prender fuego y el “profuguismo” era una constante, lo único que variaba era el lugar, de México al Polo Norte, pasando por Sri Lanka o Guatemala.

 
Y en ese estado continuaba cuando recibió una inesperada llamada de teléfono, su amigo Epítome Valdeanacardo, que años atrás había dejado un trabajo que le generaba pingües beneficios, una encantadora esposa y tres adorables criaturas para dedicarse a la cría del chipirón pirenaico en aguas caribeñas, le anunciaba su inminente visita. “Un mes, dos a lo sumo, trabajo, si, necesario, casa, la tuya, no molestaré, gracias”. Enrique Arcipreste colgó con sentimientos encontrados, claro que se alegraba de ver de nuevo a Epítome Valdeanacardo pero le parecía ligera desfachatez la suya, un mes o dos en su casa de 30 metros cuadrados a mayor abundamiento parecía excesivo.

 
Dos semanas más tarde, un casi irreconocible Epítome Valdeanacardo aterrizaba en la terminal 4 y medio del aeropuerto de Ciudad Capital y se instalaba en el reducido apartamento de Enrique Arcipreste.

 
Los primeros días transcurrieron sin incidentes, ambos amigos tenían mucho que contar y aprovecharon las escasas horas libres de las que disponía Enrique Arcipreste para hablar y hablar sobre sus respectivas vidas. Epítome relataba a Enrique cuan fantástica era su vida por tierras caribeñas criando y domesticando chipirones pirenaicos, a la par que bebía ron y se follaba a un par de gemelas oriundas. Y por su parte, Enrique Arcipreste, consciente de la mierda vida que llevaba, hacía mayor hincapié a Epítome, de sus ganas de volar del nido y reescribir su historia.

 
Pero la segunda semana todo empezó a cambiar. Enrique Arcipreste comenzó a sentir cosas extrañas que achacaría en un primer momento a la edad que ya comenzaba a jugar malas pasadas. Algo así como estar convencido de haber lavado su taza de los power ranger texanos que utilizaba para el caocolat del desayuno y encontrarla sucia por la noche, perder todas las mañanas la camisa que quería ponerse o comprar matarratas en vez de azúcar moreno. Y algo más raro todavía, no ver apenas a su querido amigo y huésped Epítome Valdeanacardo, pues este llegaba siempre cuando Enrique Arcipreste dormía como un bendito y cuando Enrique Arcipreste se iba a trabajar, Epítome Valdeanacardo descansaba plácidamente en el colchón en el suelo del salón.

 
Los días iban pasando y Enrique Arcipreste cada vez estaba más agitado, las noches eran atroces pues matemáticamente a las 3:22 se despertaba sobresaltado convencido de que alguien acechaba en las sombras. También amigos, vecinos o meros conocidos daban fe notarial de haberle visto en tal o cual bar chulenado mujeres y bebiendo ron a mansalva. Y por supuesto, seguía sin poder coincidir momento alguno con el hijo puta de Epítome Valdeanacardo.

 
Desquiciado en grado máximo tras todo lo que su alrededor acontecía, Enrique Arcipreste decidió acudir a un psiquiatra para contarle con pelos y señales aquello que le atormentaba, que venía a resumirse en, “Epítome Valdeanacardo estaba sin duda alguna suplantando mi identidad”, y el buen doctor escuchó, anotó y recetó, valium para caballos exactamente. Convencido de que aquellas píldoras mágicas lograrían calmarle, se fue a la cama temprano y como no podía ser de otra forma, a las 3:22 se levantó, en este caso más saliendole el corazón por la boca que otra cosa. Pero esta vez no era una sensación, alguien aporreaba su puerta y vociferaba algo así como “abran, policía”. Se puso el batín y se dirigió a la puerta, quitó el cerrojo, giró el pomo y sin darse cuenta, tres armarios de siete cuerpos miembros de la policía, se abalanzaban sobre él.

 
Fue conducido inmediatamente a la comisaría e interrogado con diversas tácticas durante tres o cuatro eternidades cuando menos. Parece ser que alguien había quemado la compañía donde trabajaba con todo el mundo dentro, y en su casa había un billete destino al polo norte y la tarjeta del célebre cirujano plástico Norbert Reyezuelo, especialista en cambio de especie, concretamente humano-foca monje.

 
Enrique vivía sin vivir en él y no moría porque le tenían encerrado entre cuatro paredes acolchadas sin ningún objeto punzante, ni cordones, ni nada con lo que consiguiera quitarse de encima esa maldita vida de mierda que llevaba. Pues a pesar de las múltiples veces que había mencionado a Epítome Valdeanacardo, nadie le había hecho ni puñetero caso. Solo un chaval de practicas tuvo la decencia de investigar más o menos aquello, para llegar a la decepcionante conclusión de que el hombre al que mencionaba Enrique Arcipreste durante siete u ocho veces al día no existía.

 
En el juicio le declararon incompetente de sus actos por razón mental, cosa que no gustó a Enrique Arcipreste, pues aunque efectivamente él no había sido, que le llamaran incompetente le ponía del higadillo. Y como no podía ser de otra forma, fue recluido en un psiquiátrico de por vida. Y aunque los inicios fueron duros, poco a poco fue encajando entre Napoleones, María Antonietas y Buzz Lighyears.

 
Habrían transcurrido seis meses, o quizás dos días, desde su internamiento, cuando anunciaron visita para Enrique Arcipreste, un Enrique Arcipreste que ya no esperaba a nadie, habida cuenta de que ese mismo nadie había acudido a apoyarle a lo largo de su viaje por el Pandemonium. Entró en la sala de visitas y ojiplático se quedó el muchacho, allí estaba el hijo puta de Epítome Valdeanacardo con traje caro de raya diplomática. No hay definición posible para lo que sintió en esos momentos Enrique Arcipreste, vamos, que no es de extrañar que tuvieran que llevárselo con camisa de fuerza cogido en volandas por dos armatostes de celadores echando espumarajos por la boca, Enrique, no los celadores.
Pero Epítome Valdeanacardo siguió yendo día de visita si y día de visita también con el único propósito de preguntar a Enrique Arcipreste por su color favorito. Se repitieron episodios de camisa de fuerza y espumarajos, tras los que surgirían semanas y semanas de mutismo absoluto hasta que un buen día, hasta los cojones imagino ya el pobre Enrique Arcipreste, contestó, “el verde”.

 
“Mi lord, al fin. Fin de la farsa muchachos, fin de la farsa”.

 
Solo les haré mención del titular de los periódicos de aquel día. “Holocausto caníbal, zapatilla rusa al lado de Enrique Arcipreste”.

 
Parece ser que su madre preocupada por su ligeramente desequilibrado hijo, tuvo la genial idea de contratar esas experiencias extremas que actualmente están de moda. Ser secuestrado, torturado, cazado, involucrado en un cuasi genocidio… lo típico vaya, para recuperar el gustillo por la vida. Pero la señora en cuestión, pelín senil ya, no dejó muy claros ciertos puntos. Que vienen a ser los siguientes, si el sujeto desconoce la pantomima, es usted la debe pararlo en el momento clave, no dar la palabra clave como si de una experiencia sadomasoquista se tratara. En fin, aquello acabó como el rosario de la aurora, muertos a puñados y un pobre y desgraciado Enrique Arcipreste encerrado entre Napoleones, María Antonietas y Buzz Lighyear, quizás más conflictivos que los anteriores.

 

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado!